Día de las madres

•mayo 14, 2013 • 7 comentarios

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Este fue el último año que pasé junto a mis dos hijos el Día de las Madres. Este fue el último año que fui completamente feliz un Día de las Madres, que los abracé, los besé y les dije “gracias” por darme ese amor y ese cariño que siempre me han dado.

Siempre hemos tenido la costumbre en la familia de esperar los aniversarios de fechas señaladas a la media noche, los cumpleaños, los días de las madres y de los padres los hemos celebrado a media noche, a esa hora son las felicitaciones y los regalos, los besos y los cariños, siempre nos quedamos despiertos esperando el día.

Mis hijos son muy exquisitos en esos detalles, esta postal es símbolo de ello. Esta postal la escogió mi Félix Ernesto, para la familia siempre Ernesto, para mí siempre Ernestico. Sus flores amarillas, sus predilectas, su preciosa caligrafía y su don de poeta siempre presentes.

Después de ese año 2002 habría siempre una llamada por teléfono – él viajó a España el 2 de marzo del 2003- pasadas las 4 de la tarde en Cuba siempre sonaba el teléfono con su felicitación, con su “mami, felicidades”; nunca dejó de hacerlo en diez años, siempre se comunicaba, a pesar de que las líneas se congestionan, él siempre comunicaba, este año no lo hizo, pero estuvo conmigo todo el día, como siempre, junto a Mayito, su hermanito del alma, mi niño pequeño y malcriado, el niño que me queda para darme su cariño, su atención y su amor, tal y como lo aprendió de su hermano mayor, de su ídolo y guía. Y lo hace. Sí, lo hace. Pero me falta una mitad…

Este año recibí el cariño de muchos de sus amigos y amigas. Gracias por recordarlo en mi nombre y en mi día. Y a su padre que a esa misma hora me llamó, no para felicitarme sino para que supiera que estaba en su pensamiento, hoy le dije que cuando el teléfono sonó y vi el 119 (código internacional) me dio un vuelco el corazón, cuando escuché que era su padre pensé que él lo había enviado… Nada, cosas de madre…

Hijo mío: siempre estás en mi pensamiento y en mi corazón.

Tu mamá.

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BUENAS NOCHES DIGO SIEMPRE AL PARTIR

•mayo 4, 2013 • 3 comentarios

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He borrado tantas cosas que habrían servido para el camino

porque a ratos olvido lo que es el camino:

acaso una enredadera de hojas inexistentes un blanco guarecerse

la filigrana de tantas expresiones acumuladas

había una en tu rostro

allí la línea perdida

¿recuerdas?

 

habría simulado no haberme dado cuenta

si esa simulación hubiera servido para algo

hay tantas formas escritas al azar

pero eras el fin simplemente

así como terminan todos los veranos eres el fin

y el principio

sin saber exactamente dónde voy

o quién me espera

buenas noches digo siempre al partir

nunca sé si volveré

no sé si he de volver alguna vez

o si ya he vuelto y hay un espeso silencio

en todas las cosas estoy condenado apenas

a encontrarte:

en la última página

el gran pájaro olvidó su canción

y aún no vuelve la cabeza.

 

Félix Hangelini

Barcelona, 22 de mayo de 2005.

VUELTA AL BOSQUE CUANDO YA NO ESTÁS

•abril 30, 2013 • 17 comentarios

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Como he prometido, debo seguir escribiendo en este espacio que llenó mi vida a diario de alegría y paz.

Hoy ya no es así, la imagen que mostraremos indica el porqué; a todos los que lo seguían les  agradezco, desde lo más profundo de mi corazón, sus muestras de cariño hacia él, el respeto a su talento y a su persona y la compañía que desde aquí me hicieron, con sus comentarios en los días más tristes de mi vida, que, por demás, siguen siéndolos, porque ya no tengo alegría ni mis días son iguales ni lo serán jamás.

Él ya no está físicamente, no sé si apruebe o no lo que intentaremos hacer, porque tenía una manera muy peculiar de ver la vida y la transmitía de esa misma manera, con su doble intención al escribir, al hablar sobre la vida, su jocosidad constante y su “burla” a la tristeza y las frivolidades. Era un ser muy especial, diferente, pero reunía tantos valores y tanta inteligencia y sabiduría, que para mí era mi dios, mi ídolo, mi guía, mi confesor, mi cómplice, además de mi hijo del alma, ese ser que engendré a los 21 años, casi una niña, pero deseado, felices de tenerlo.

Cuando se fue a España sufrí por tenerlo tan lejos, pero tuve la suerte (no todos la tienen en este país) de trabajar en un sitio con internet y mantenía diariamente comunicación con él. Mientras se ponía invisible para todos, cuando me veía conectarme, enseguida encontraba del otro lado la palabra “mama” o “mami” o “Lilita” como a veces me decía y yo sabía entonces cómo estaba él, qué hacía, qué había cenado, sus achaques, sus ansiedades, su entrega al trabajo día a día, sus proyectos, sus preguntas, sus consejos, de alguna manera me sirvió para sentirlo más cerca, más a mi lado.

Por eso hoy me es tan difícil escribir aquí. Pero también por eso ahora quiero contarles muchas cosas de su niñez, de la que él quería escribir sus memorias- y muchas veces lo dijo-. Quiero ir mostrándoles ese Félix niño, adolescente, las cosas que quizás él jamás hubiera contado por su sencillez y modestia y porque siempre me criticaba cuando yo hablaba de él, ese Hangelini que para mí viene de ángel, el ángel de mi vida, el ángel familiar y amigo, el ángel que ahora estará en el cielo mirándonos, quizás riéndose de todas estas cosas.

Quiero recordarlo con su amplia sonrisa, con su mirada penetrante, como si siempre adivinara lo que uno pensaba, con su andar ligerito y rápido, siempre apurado, con su blancura de piel y de alma, con su alegría, con su sentido del humor, con su vestir sencillo, pero elegante y de buen gusto, con su entrega incondicional a todos los que quería.

Gracias a todos nuevamente por quererlo, por adorarlo tanto…

Quiero dejarles esto que encontré entre sus archivos (poema publicado en este blog el 28 de diciembre de 2009):

El día que ya no esté

El día de mi muerte no me echarás de menos. Echar de menos es tener la esperanza de que asome mi rostro tras la puerta. Pero entonces ya no volveré.

No quedaré en nada, en nadie, no seré más que elemento transfigurado en otro elemento. Que no haya música, ni pierdas el tiempo pensándome fantasma o viento sobre el árbol. Todo puede seguir su misma rutina, a nadie le parecerá importante cualquier remota detención.

Mejor camina hacia otra parte. No te sientes a esperar. Sigue otra huella. La mía se habrá fundido en los mismos circuitos donde todos se calcan. Haz un montón de piedras e imagina que sobre ellas nacerá otro lirio, otra casa, otro libro, otro barco que ya no me llevará.

Que ninguna de mis fotos sirva para extrañarme: pues el de las fotos no soy yo, ni lo será este yo tampoco cuando acabe el poema. El pasado sólo existe en la idea del pasado.

El día que ya no esté que sea el día más común, el que te exija la mayor indiferencia. Total, ya no estaré para decirte que calles o que rías, ni podré acariciar tu cabeza con mi mano cuando llegue la noche. Es un hecho simple la naturaleza.  ¿Por qué cuesta aceptarla?

No me iré a ningún sitio ni me quedaré contigo. Siempre hay una maravillosa mentira en el para siempre. Quizás creerás oír mi voz, grave o nublada, en cada palabra mía que recuerdes, en cada diminuto personaje que me he inventado como justificación. Mi voz sobre el armario y los papeles. Pero será la forma  en que imagines lo que fui, o sea, lo que no soy, lo que ya no seré.

Y si alguna vez trasmigro -si existiera al menos una de esas infinitas posibilidades, con el permiso de algún dios- sólo podré recordarme yo mismo a través de mi pálpito en el nuevo cuerpo habitado. No te preocupes: de algún modo puede que te lo haga saber. O puede que ya nunca más me acuerde de ti y no te venga a buscar.

Así veía él la vida. Hoy yo lo tengo en mi casa por todas partes y sus fotos me lo recuerdan, siempre sonriente, siempre alegre, hoy mis lágrimas no cesan, y aunque respeto su manera de ver la vida, hoy para mí es la compañía perenne en mi andar por la senda del dolor y del silencio, pero a la vez es la luz y la fuerza que me mantiene firme para seguir mostrando su vida y su obra.

Compartirá conmigo estas entradas en este espacio (un nuevo espacio que trataremos de mantener para todos los que deseen seguirlo) Yoandy Cabrera, alguien que no sólo como su amigo, sino como un hijo más para mí, me ha demostrado su lealtad y su cariño sincero y desinteresado hacia él y hacia mí y a quien desde aquí también le agradezco su apoyo, ayuda y amor sin límites.

Lidia, su mamá.

IMPASSE

•junio 3, 2012 • 73 comentarios

Estoy en la Ciudad de México y llueve. El silencio de mi estancia se interrumpe por estridentes tonos telefónicos o por la cercanía con que parecen volar los aviones, no sé si despegando o a punto de aterrizar. Cumplo mi cuarto día en un sitio donde pude una vez emigrar, y que hoy me recibe de paso; una ciudad monumental, caótica, desmesurada, como si la extensión sobre la altiplanicie pretendiera llenar un vacío en una forma barroca contemporánea. De día, sentado en la cocina mientras tomo una taza de chocolate, he sentido repicar en la calle las estridencias del carro de la basura. Todo en el Distrito Federal es estridencia: las voces de los comerciantes, los conductores gritando, los atestados comercios, los colores y olores, la brutal uniformidad de ciertas expresiones, la risa y la alegría, el horizonte volcánico, la fértil imaginación. También las esperanzas y los silencios.

Paseo de noche por la ciudad, y todo termina por ocultarse tras las luces. Toda esa maraña histórica, tremendamente rica, se difumina con las luces nocturnas, y sientes respirar la ciudad a pesar de sus contrastes, de sus avenidas incesantes, de sus iglesias, de sus glorietas donde puedes ver ensayar a jóvenes actores como si se tratase de una pareja de enamorados siendo filmados desde una esquina desconocida. Todo es como un comienzo, como una pregunta nunca hecha. Como un nido de vastedades sucesivas, interminables.

Estoy en la Ciudad de México y tengo gastritis mientras veo caer grandes chaparrones del cielo, y se mojan las sillas de madera de la terraza, la mesa llena de queso traído de Zacatecas, los enormes cristales impolutos. El cielo más cercano que nunca, antojadizo, volátil. Nada, sin embargo, me resulta familiar. Y me pregunto qué habría sido de mi vida hace más de diez años si hubiera empezado por aquí.

LOS NIETOS DE LA REVOLUCIÓN CUBANA

•abril 29, 2012 • Dejar un comentario

¿POR QUÉ NO ESCRIBO?

•abril 28, 2012 • 1 comentario

Es una pregunta que me he hecho una y otra vez las últimas semanas: ¿por qué he abandonado el blog? ¿Qué impulso me repele de seguir actualizando esta bitácora, cuando tengo aún muchas cosas que contar? Reconozco que mi trabajo consume casi todas mis energías. Que he pasado momentos de mucha exigencia física y mental y que este país no ayuda tampoco a que uno se sienta con la debida paz a hablar de temas que sobrepasen la hostilidad en que vivimos. De todo un poco. Pero lo cierto es que no escribo, que el blog lleva más de mes y medio sin una nueva entrada y hoy he recordado que ni siquiera he podido acusar una entrada en abril. Así que aquí estoy, enfrentado con el fantasma de la página en blanco -bendito lugar común- y lanzando un atisbo de escritura para que el otro que soy no se sienta solo.

Supongo que el impulso regresará, encontraré esa necesidad imperiosa de volver a narrar, aunque ahora mismo en mi cabeza el laberinto se va llenando de curvas y líneas centrífugas que apuntan hacia otros sitios. Los siglos XIX y XX me consumen las fuerzas, y me las exigen diariamente. La urgente realidad me desgasta; ya no en lo económico, sino en lo moral. Pero no hay nada mejor que un día tras otro -dicen- y aquí espero, sobre mi mesa negra llena de papeles, el instante apropiado para lanzarme de nuevo a la palabra. A la palabra escrita de este lugar que de algún modo también me ha venido creando.

Ninguna justificación es suficiente para no ser. Pensemos que estos días son meros espacios en blanco. Prefiero verlos así. Permitidme la licencia.

ESO NO SE LE HACE A UN GATO

•marzo 14, 2012 • 9 comentarios

Para Alejandro (1965-2012)

Ahora que hablamos en confianza, debo confesaros que hace ya poco más de un mes, en unas pruebas de control, mi médico me confirmaba que tenía un nuevo nódulo en el cuello, con sospechas de hiperplasia paratiroidea. Obviamente, para una persona que ya tuvo un tumor extraído en una cirugía hace once años, esta no es una noticia que alegre el día. En lo mental implica adaptarte a una nueva circunstancia: volver a luchar contra un huésped no deseado en una batalla larga en la que no se pueden adivinar los contratiempos que podrían sobrevenir. No obstante uno se prepara para todo, y piensa en todas las posibilidades; a veces también se asusta en noches solitarias, reflexiona en lo que ha vivido, en la intensidad de lo que se ha vivido y si ha sido capaz de cumplir ciertos sueños. Y el vaso comienza a vaciarse hasta alcanzar un estado de satisfacción con la experiencia, una especie de resignación en la que el final es visto solo como un proceso natural que a todos, más tarde o más temprano, nos llega. Con el vaso ya vacío, es más fácil irse.

Si os fijáis, este año me ha costado mucho encontrar un tema para mi primera entrada de enero. Y no porque no los hubiera, sino porque todos o casi todos los que me afectaban, tenían un tono triste y estaban relacionados con la muerte. El fallecimiento de dos de mis ídolos de juventud, Theo Angelopoulos y Wislawa Szymborska, por distintas circunstancias, habría podido provocar que me sentara a escribiros largamente. Pero después de tanto tiempo reconozco que soy un poco supersticioso, y no creí que hablar de muertes fuera una forma optimista de comenzar un año. Así que lo pospuse, tanto que me adapté a sus ausencias y ahora solo prefiero evocarlos en aquella época cuando marcaban las inquietudes del adolescente que fui.

En medio de las incertidumbres sobre el futuro, sobre la continuidad laboral, sobre la próxima ciudad que me habrá de acoger, de mis achaques y tribulaciones, he recibido la noticia de que en la repetición de la ecografía el diagnóstico se ha rectificado y al parecer en mi cuello todo sigue normalmente. Que la zona operada sigue tan inestable como antes, pero libre de huéspedes inesperados. Reconozco que mi cabeza dio un vuelco de alivio, como si de pronto ordenaran desarmarse a un ejército a punto de entrar en combate. En poco más de un mes, todo ha vuelto a la normalidad, y me pregunto si ha sido una prueba más para corroborar la fortaleza de mi carácter, para aflorar mis miedos más ocultos, una nueva advertencia de que efectivamente todo esto que conocemos se puede acabar mañana mismo, no importa lo que hagas, cómo estés, todo lo que te cuides o lo que seas capaz de dar. De pronto, mi vida se vuelve a llenar de las mismas variables que tenía a principios de enero, y sobre todo de variables más impredecibles, más fortuitas (que desaparecen extrañamente cuando el tribunal emite una condena).

En semejante grado relativo de quietud os escribo estas líneas. Como en una felicidad en ruinas. Mucha gente sigue en cambio muriendo ahí fuera, conocidos y desconocidos, y seguimos y seguiremos viendo un proceso natural como dolorosa pérdida. A veces incluso pienso en el “antojo” de esa pérdida como el destino de ciertos personajes dentro de una novela, mala, buena o regular. Vivir tiene esto, pérdidas y ganancias; saber que una de mis mejores amigas está a punto de conseguir engendrar su primer hijo tan deseado y buscado desde hace años, el mismo día en que acaba la terrible y angustiosa agonía del compañero de mi madre en una habitación a miles de kilómetros de Madrid. Literalmente. En agarrar la “suerte” con las dos manos, agradecer con humildad lo que nos ha sido concedido y levantar los ojos al camino que se despereza y llama. Porque amamos la vida, y porque somos como ese gato de la Szymborska que queda en el piso vacío tras la tormenta, y podríamos repetir con ella (con la nostalgia que nos da no tenerla ya para que nos pueda escribir o decir):

Morir, eso no se le hace a un gato.
Porque qué puede hacer un gato
en un piso vacío.
Trepar por las paredes.
Restregarse entre los muebles.
Parece que nada ha cambiado
y, sin embargo, ha cambiado.
Que nada se ha movido,
pero está descolocado.
Y por la noche la lámpara ya no se enciende.

Se oyen pasos en la escalera,
pero no son esos.
La mano que pone el pescado en el plato,
tampoco es aquella que lo ponía.

Hay algo aquí que no empieza
a la hora de siempre.
Hay algo que no ocurre
como debería.
Aquí había alguien que estaba y estaba,
que de repente se fue
e insistentemente no está.

Se ha buscado en todos los armarios.
Se ha recorrido la estantería.
Se ha husmeado debajo de la alfombra y se ha mirado.
Incluso se ha roto la prohibición
y se han desparramado los papeles.
Qué más se puede hacer.
Dormir y esperar.

Ya verá cuando regrese,
ya verá cuando aparezca.
Se va a enterar
de que eso no se le puede hacer a un gato.
Se irá hacia él
como si no quisiera,
despacito,
con las patas muy ofendidas.
Y nada de saltos ni maullidos al principio.

 
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