
Como he prometido, debo seguir escribiendo en este espacio que llenó mi vida a diario de alegría y paz.
Hoy ya no es así, la imagen que mostraremos indica el porqué; a todos los que lo seguían les agradezco, desde lo más profundo de mi corazón, sus muestras de cariño hacia él, el respeto a su talento y a su persona y la compañía que desde aquí me hicieron, con sus comentarios en los días más tristes de mi vida, que, por demás, siguen siéndolos, porque ya no tengo alegría ni mis días son iguales ni lo serán jamás.
Él ya no está físicamente, no sé si apruebe o no lo que intentaremos hacer, porque tenía una manera muy peculiar de ver la vida y la transmitía de esa misma manera, con su doble intención al escribir, al hablar sobre la vida, su jocosidad constante y su “burla” a la tristeza y las frivolidades. Era un ser muy especial, diferente, pero reunía tantos valores y tanta inteligencia y sabiduría, que para mí era mi dios, mi ídolo, mi guía, mi confesor, mi cómplice, además de mi hijo del alma, ese ser que engendré a los 21 años, casi una niña, pero deseado, felices de tenerlo.
Cuando se fue a España sufrí por tenerlo tan lejos, pero tuve la suerte (no todos la tienen en este país) de trabajar en un sitio con internet y mantenía diariamente comunicación con él. Mientras se ponía invisible para todos, cuando me veía conectarme, enseguida encontraba del otro lado la palabra “mama” o “mami” o “Lilita” como a veces me decía y yo sabía entonces cómo estaba él, qué hacía, qué había cenado, sus achaques, sus ansiedades, su entrega al trabajo día a día, sus proyectos, sus preguntas, sus consejos, de alguna manera me sirvió para sentirlo más cerca, más a mi lado.
Por eso hoy me es tan difícil escribir aquí. Pero también por eso ahora quiero contarles muchas cosas de su niñez, de la que él quería escribir sus memorias- y muchas veces lo dijo-. Quiero ir mostrándoles ese Félix niño, adolescente, las cosas que quizás él jamás hubiera contado por su sencillez y modestia y porque siempre me criticaba cuando yo hablaba de él, ese Hangelini que para mí viene de ángel, el ángel de mi vida, el ángel familiar y amigo, el ángel que ahora estará en el cielo mirándonos, quizás riéndose de todas estas cosas.
Quiero recordarlo con su amplia sonrisa, con su mirada penetrante, como si siempre adivinara lo que uno pensaba, con su andar ligerito y rápido, siempre apurado, con su blancura de piel y de alma, con su alegría, con su sentido del humor, con su vestir sencillo, pero elegante y de buen gusto, con su entrega incondicional a todos los que quería.
Gracias a todos nuevamente por quererlo, por adorarlo tanto…
Quiero dejarles esto que encontré entre sus archivos (poema publicado en este blog el 28 de diciembre de 2009):
El día que ya no esté
El día de mi muerte no me echarás de menos. Echar de menos es tener la esperanza de que asome mi rostro tras la puerta. Pero entonces ya no volveré.
No quedaré en nada, en nadie, no seré más que elemento transfigurado en otro elemento. Que no haya música, ni pierdas el tiempo pensándome fantasma o viento sobre el árbol. Todo puede seguir su misma rutina, a nadie le parecerá importante cualquier remota detención.
Mejor camina hacia otra parte. No te sientes a esperar. Sigue otra huella. La mía se habrá fundido en los mismos circuitos donde todos se calcan. Haz un montón de piedras e imagina que sobre ellas nacerá otro lirio, otra casa, otro libro, otro barco que ya no me llevará.
Que ninguna de mis fotos sirva para extrañarme: pues el de las fotos no soy yo, ni lo será este yo tampoco cuando acabe el poema. El pasado sólo existe en la idea del pasado.
El día que ya no esté que sea el día más común, el que te exija la mayor indiferencia. Total, ya no estaré para decirte que calles o que rías, ni podré acariciar tu cabeza con mi mano cuando llegue la noche. Es un hecho simple la naturaleza. ¿Por qué cuesta aceptarla?
No me iré a ningún sitio ni me quedaré contigo. Siempre hay una maravillosa mentira en el para siempre. Quizás creerás oír mi voz, grave o nublada, en cada palabra mía que recuerdes, en cada diminuto personaje que me he inventado como justificación. Mi voz sobre el armario y los papeles. Pero será la forma en que imagines lo que fui, o sea, lo que no soy, lo que ya no seré.
Y si alguna vez trasmigro -si existiera al menos una de esas infinitas posibilidades, con el permiso de algún dios- sólo podré recordarme yo mismo a través de mi pálpito en el nuevo cuerpo habitado. No te preocupes: de algún modo puede que te lo haga saber. O puede que ya nunca más me acuerde de ti y no te venga a buscar.
Así veía él la vida. Hoy yo lo tengo en mi casa por todas partes y sus fotos me lo recuerdan, siempre sonriente, siempre alegre, hoy mis lágrimas no cesan, y aunque respeto su manera de ver la vida, hoy para mí es la compañía perenne en mi andar por la senda del dolor y del silencio, pero a la vez es la luz y la fuerza que me mantiene firme para seguir mostrando su vida y su obra.
Compartirá conmigo estas entradas en este espacio (un nuevo espacio que trataremos de mantener para todos los que deseen seguirlo) Yoandy Cabrera, alguien que no sólo como su amigo, sino como un hijo más para mí, me ha demostrado su lealtad y su cariño sincero y desinteresado hacia él y hacia mí y a quien desde aquí también le agradezco su apoyo, ayuda y amor sin límites.
Lidia, su mamá.
Escrito en Miscelánea
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