“El desencanto” es un admirable y brutal retrato de una de las familias más enigmáticas del siglo XX español. Con la firma de Jaime Chávarri en 1976, este documental recoge un fresco de la España postfranquista en la voz de los Panero, un prestigioso clan familiar con tradición en el falangismo, y nos acerca a las diferencias, los fracasos, los temores que inundaron los paisajes de todos ellos. Sitios -en Astorga o en Castrillo de las Piedras- por donde se ven desfilar además nombres como Luis Felipe Vivanco, Luis Rosales, Vicente Molina, o hasta la sombra alargada y última de un errabundo Calvert Casey.
En una entrevista despiadada hacia los finales del reportaje, Leopoldo María Panero achaca a su madre la cobardía y el haber sido responsable de su desgracia personal, en el momento -pienso- más duro de todo el documental, sin reparar en que la más observada y peor juzgada, fue ella, viuda, débil y desprotegida, mientras lo visitaba en la cárcel o se enfrentaba a los comisarios políticos del régimen franquista. Leopoldo María habla también de la muerte de su padre como ‘un acontecimiento feliz’, dada la figura autoritaria y cruel que para él y para sus hermanos representó. Énfant terrible de las letras españolas del XX, Leopoldo María aparece en estas imágenes como un ser inaccesible, de un razonamiento lúcido y contradictorio a la vez, despojado por momentos (a sus entonces 26 años) de toda esa aura del esquizofrénico con que se le juzga hoy, y a pesar incluso de la censura del franquismo tardío sobre sus relatos de experiencias sexuales en la cárcel y el manicomio.
Aquí aparecen además el infravalorado Juan Luis Panero, el mayor de los hijos, en su pose intelectual que me hace recordar ciertos tics arrabalescos y sus continuas alusiones a su estrambótica personalidad, su esnobismo y su experiencia con grandes figuras de la época. Y el menor, Michi, con su discurso nervioso y quizás menos permeado de asombros, con una vitalidad mucho más contagiosa que todos sus hermanos, pero también con una personalidad excéntrica y esquizoide como se vio más tarde.
La de los Panero es una sinceridad sin cortapisas, legitimada por el paso del tiempo, donde se nos descubre una voz que intenta sobrevivir a las nuevas generaciones, una voz cada vez más lejana, la de la madre, Felicidad Blanc, de una admirable lucidez lo mismo en el autorreproche que en la preocupación por sus vástagos, que en el análisis de los eventos de sus vidas -incluso aquellos relacionados con otras almas atormentadas que acudían al entorno familiar- y su rol doméstico subyugado al de su esposo, y más tarde a los vaivenes sociopolíticos. Y detrás de todos, la poderosa figura del padre, el también poeta Leopoldo Panero, inundando la casa aún catorce años después de su muerte, como un martillo incesante que va golpeando sobre las cabezas familiares.
Muy recomendable para aquellos que gustan de acudir a testigos y protagonistas de la historia (literaria y social) de un país. Un relato cargado de una poesía distinta; la poesía en estado primitivo, en la cantera del verso, donde son engendrados los monstruos de la imaginación.








































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