EL DESENCANTO

•febrero 22, 2012 • 4 comentarios

“El desencanto” es un admirable y brutal retrato de una de las familias más enigmáticas del siglo XX español. Con la firma de Jaime Chávarri en 1976, este documental recoge un fresco de la España postfranquista en la voz de los Panero, un prestigioso clan familiar con tradición en el falangismo, y nos acerca a las diferencias, los fracasos, los temores que inundaron los paisajes de todos ellos. Sitios -en Astorga o en Castrillo de las Piedras- por donde se ven desfilar además nombres como Luis Felipe Vivanco, Luis Rosales, Vicente Molina, o hasta la sombra alargada y última de un errabundo Calvert Casey.

En una entrevista despiadada hacia los finales del reportaje, Leopoldo María Panero achaca a su madre la cobardía y el haber sido responsable de su desgracia personal, en el momento -pienso- más duro de todo el documental, sin reparar en que la más observada y peor juzgada, fue ella, viuda, débil y desprotegida, mientras lo visitaba en la cárcel o se enfrentaba a los comisarios políticos del régimen franquista. Leopoldo María habla también de la muerte de su padre como ‘un acontecimiento feliz’, dada la figura autoritaria y cruel que para él y para sus hermanos representó. Énfant terrible de las letras españolas del XX, Leopoldo María aparece en estas imágenes como un ser inaccesible, de un razonamiento lúcido y contradictorio a la vez, despojado por momentos (a sus entonces 26 años) de toda esa aura del esquizofrénico con que se le juzga hoy, y a pesar incluso de la censura del franquismo tardío sobre sus relatos de experiencias sexuales en la cárcel y el manicomio.

Aquí aparecen además el infravalorado Juan Luis Panero, el mayor de los hijos, en su pose intelectual que me hace recordar ciertos tics arrabalescos y sus continuas alusiones a su estrambótica personalidad, su esnobismo y su experiencia con grandes figuras de la época. Y el menor, Michi, con su discurso nervioso y quizás menos permeado de asombros, con una vitalidad mucho más contagiosa que todos sus hermanos, pero también con una personalidad excéntrica y esquizoide como se vio más tarde.

La de los Panero es una sinceridad sin cortapisas, legitimada por el paso del tiempo, donde se nos descubre una voz que intenta sobrevivir a las nuevas generaciones, una voz cada vez más lejana, la de la madre, Felicidad Blanc, de una admirable lucidez lo mismo en el autorreproche que en la preocupación por sus vástagos, que en el análisis de los eventos de sus vidas -incluso aquellos relacionados con otras almas atormentadas que acudían al entorno familiar- y su rol doméstico subyugado al de su esposo, y más tarde a los vaivenes sociopolíticos. Y detrás de todos, la poderosa figura del padre, el también poeta Leopoldo Panero, inundando la casa aún catorce años después de su muerte, como un martillo incesante que va golpeando sobre las cabezas familiares.

Muy recomendable para aquellos que gustan de acudir a testigos y protagonistas de la historia (literaria y social) de un país. Un relato cargado de una poesía distinta; la poesía en estado primitivo, en la cantera del verso, donde son engendrados los monstruos de la imaginación.

ALMA

•febrero 17, 2012 • 3 comentarios

Un hermoso e inquietante cortometraje dirigido por Rodrigo Blass.

(Agradezco a Zaida Vila por su recomendación.)

ERRORES MARAVILLOSOS

•diciembre 19, 2011 • 6 comentarios

Anota el teléfono la noche anterior en un trozo de papel: 626 xxx xxx. Anota el nombre de la chica: Amanda. Bebe un vaso de agua y se va a dormir. Encontrar piso en Madrid, dadas las condiciones actuales, no debe ser algo difícil.

Amanece y se despierta a media mañana. Se toma la pastilla. Espera media hora para desayunar. Recuerda que lo primero que debe hacer es llamar a la tal Amanda, concertar una cita para ver el piso. Coge el móvil, el trozo de papel y marca. Primer intento: “el número al que usted llama está apagado o fuera de cobertura en este momento”. Aprovecha para revisar el email. La carpeta de spam tiene 720 mensajes en menos de nueve horas. Pasan diez minutos, coge de nuevo el teléfono y se atreve a marcar de memoria. Timbre. Rápidamente sospecha y comprueba con el papel que ha marcado un número equivocado, en vez de 626 ha marcado un 629… Cuelga al momento después de un tono apenas. Llama al número correcto y le sale Amanda, una graciosa chica argentina. Puede ir al piso esta misma tarde, pero lo recibirá el portero del edificio, Amanda está trabajando en Buenos Aires. Quedan para la próxima semana, los contratos desde la distancia no son fiables en los tiempos que corren.

Cinco minutos después suena su propio móvil. Un 629 xxx xxx:

-¿Sí? -responde.
-Hola -dice una voz al otro lado. Una dulcísima voz que parece esperar una llamada y tal vez sea esta.
-Hola, dígame- insiste, a secas.
-He recibido una llamada suya desde este móvil…
-¡Ah sí!, perdone, ha sido una equivocación. Marqué un número equivocado. Disculpe. Buscaba a otra persona.
-Ah vale.- La voz hace una pausa de cinco segundos, como quien piensa la siguiente frase o como quien se ha entretenido en otra cosa… -Comprendo, no pasa nada.
-Lo siento. Buen día, adiós.

Cuelga el móvil y se queda pensando en esas maravillosas casualidades que le permiten conocer esas dulcísimas voces inesperadas al otro lado del teléfono. Piensa en la fugacidad de estos encuentros. Imagina el rostro juvenil con vestigios adolescentes, tras la voz; la delicadeza más absoluta, el tono lúdico y desapacible como un pequeño gorrión que intenta guarecerse del frío (¿de Madrid?). Siente una pequeña necesidad. Aunque se ha quedado en su salón, absolutamente descolocado, no tendrá valor para volver a llamar. Lo dejará fluir. Sin más. Como otro accidente cotidiano. Aunque sabe que cuando desee escuchar de nuevo esa voz sólo tiene que marcar el mismo número de teléfono. Sí, a fin de cuentas es sólo eso: un simple error, un número equivocado.

Anota en sus contactos el número de Amanda, el único nombre (¿verdadero?) que conoce. Seguirá buscando piso.

SOBRE UNA TUMBA UNA RUMBA

•diciembre 10, 2011 • 4 comentarios

Es ancestral la fascinación de las culturas por lo necrológico, pero siempre me ha llamado la atención el culto reverencial y a la vez lúdico de los cubanos por la muerte.

Reírse de sus propias desgracias es algo muy típico de la cultura de la Isla, probablemente es lo que nos ha hecho resistir, sobrevivir. Somos dramáticos, desmesurados y exaltados por naturaleza. Los reyes de la tragedia y de la fiesta. Histriónicos en cada matiz hasta la saciedad, porque lo nuestro “es puro teatro”, como decía La Lupe. Escandalosos y extremadamente susceptibles, sin medias tintas. El centro del universo, porque para los cubanos Cuba es el ombligo de todo, como tiene que ser. Aunque pasen los años, seguimos con las mismas ideas, es algo inherente a nuestra tradición, a nuestra forma de ver el mundo. Nos mostramos bravucones porque no nos han enseñado a justificar nuestros miedos. No hay nada más triste que un cubano llorando, por lo que tiene de trasgresor y esencialmente de contracultural. No se nos enseña a llorar, ni a las mujeres ni a los hombres, y sin embargo somos tremendamente sentimentales y sufridores como nuestros ascendentes. Inventamos el son, la habanera, el danzón, el bolero, esas letras que te abren las venas en canal, con las que se ablandan corazones difíciles y que bailas despacio en la intimidad de un pequeño salón a media luz, o con un trago de ron. También inventamos la rumba, la salsa, la guaracha, la conga, todo eso que conduce al “despelote”, aquello que remueve los cimientos de cualquier edificio con el paso arrollador, los giros y movimientos frenéticos. Estamos acostumbrados a hablar de todas las cosas en voz alta, pero nuestras verdades más íntimas, por insignificantes que sean, las decimos en un susurro. Muy sensuales y carnales, pero muy escurridizos de conocer.

Siempre me ha parecido curiosa esa fascinación cubana por los muertos, a pesar de que comprendo su trasfondo antropológico y su contenido filosófico. Somos unos excelentes turistas de cementerios, y en cierta manera nos produce morbo conocer hasta el último detalle de cada deceso. Muchas veces para reírnos después de todo lo que rodea la tradición de los rituales y quitar peso a esa veneración por la memoria del difunto, más allá de nuestras creencias religiosas. En el cine lo hemos visto en películas como “La muerte de un burócrata” o su presunta secuela “Guantanamera”, ambas de Tomás Gutiérrez Alea (la segunda en colaboración con Juan Carlos Tabío). En música hay muchos más ejemplos. Una de las canciones que más recuerdo de adolescente es “El funeral de Papá Montero” que podéis escuchar haciendo click AQUÍ y que tuvo su versión en “La bella del Alhambra” que podéis escuchar AQUÍ. Pero también esta composición de Ignacio Piñeiro, guajira-son montuno que he encontrado esta tarde por pura casualidad, en versión de María Teresa Vera y Lorenzo Hierrezuelo: “Sobre una tumba una rumba”. La conocía en voz de Celeste Mendoza, pero la versión de María Teresa es impresionante, porque resume nuestra esencia en un equilibrio pocas veces visto, a la manera del sufrimiento que se expresa en “Lágrimas negras”, que acaba con un estribillo bailable, como en una alegre borrachera.

(PS Por cierto, el que estas líneas escribe fue bautizado en la histórica Capilla del Cementerio General de La Habana, en una mañana de invierno de 1978. Pero los motivos fueron coyunturales, no fue una elección morbosa.)

SOBRE UNA TUMBA UNA RUMBA

Enterrador, te suplico
que por mi bien cantes mucho
al recibir los despojos
de la que fue mis amores,

y en el lugar que reposa
en vez de lucidas flores
siembra una mata de abrojos
para no olvidar quién era.

Luego, en lugar de rezar,
por su descanso un requiem,
ruega que vaya al infierno
y que el diablo le haga bien,

y en el mármol de su tumba
de eterna recordación
pondremos esta inscripción
que es la copia de una rumba:

No la llores, no la llores
que fue la gran bandolera
enterrador no la llores

No la llores más
ni la sientas más,
que fue la gran bandolera
enterrador, no la llores

No la llores más
su lengua la mató
a esa conversadora,
enterrador no la llores

No la llores más
que en el infierno está
que fue la gran bandolera
enterrador no la llores

No la llores más
que ya me la pagó
a esa bandolera
enterrador no la llores

LAS SIETE EN PUNTO

•diciembre 8, 2011 • 4 comentarios

Un poema de uno de los mayores escritores cubanos del siglo XX, Virgilio Piñera (1912-1979), recitado/leído por él mismo e incluido en la edición de 1969 de La vida entera. Una voz para acompañar el invierno neblinoso de Madrid, recordando La Habana de los años sesenta del siglo pasado.

LAS SIETE EN PUNTO, Virgilio Piñera

Las tres y media de la tarde.
Las paredes, los cuadros, el sillón,
el escritorio lleno de papeles,
el cenicero lleno de colillas,
el timbre de la puerta, sin sonido.
En la siesta soñé que el timbre era
un timbre con sonido, y desperté.
Ya no sueño. ¿Y acaso he despertado?
¿O soy el que en el sueño
jura y perjura que despierto está?
Habrá que despertarse un poco más.
Así, medio dormido y resoñado,
si el teléfono suena,
yo sería el teléfono,
y él, como si fuera yo, diciendo: ¡Oigo!
Despierto con café o con la muerte.
En la cocina el colador, mojado,
me llama al orden: ¡Vamos, a despertar
y a despertarme! –porque también
yo estoy dormido.
Las paredes, los cuadros, el sillón
ahora son verdaderos,
y me siento, los cuadros miro, las paredes toco.
¿Te imaginas tú mismo mirando lo que has sido,
sentado en algo que no sienta a nadie?
Con vida aún, pero ya casi muerto
salgo de la cocina. Son las cuatro y diez.
Ahora a darme un duchazo.
Entono letanías bajo el agua:
¡Qué lejos, qué lejos de la vida,
tan lejos que casi no estoy;
qué cerca, qué cerca de la muerte,
tan cerca que casi no soy!
A mil novecientos veintiséis
desde el baño lo veo, en un papel que dice:
“Me salvé de ir a clases,
la maestra está enferma de los nervios…”
Me seco con cuidado.
Un viejo que se cae, cae todo,
y en su caída arrastra la toalla
en un coito final de grito y tumba.
Ahora el desodorante,
pero antes mira la hora en el reloj.
Tenla presente en medio de tu infierno,
hacia el último norte ella es tu brújula:
Muertenorte que mata los relojes.
Encima de la cómoda hay una foto:
soy yo en el veintiocho en una playa.
¿Cómo estás tú? –le digo al personaje–
¿Fría el agua? Pero él no me responde,
entre el cielo y el mar se tiene ausente;
le digo que se acerca el postrer viaje,
que se vaya vistiendo, que es inútil
seguir en esa playa imaginaria.
Pero él se queda en la fotografía.
Las cinco y veinte. Ahora la corbata.
Ante el espejo los dos somos iguales
mientras me hago el nudo:
los cuellos se distienden o contraen,
las cuatro manos ahorcan el presente,
las dos narices huelen el futuro,
las cuatro orejas oyen la sentencia,
y dos pares de ojos ven dos lenguas
salir como ratones de sus cuevas.
Vamos, apúrate, esperándote están,
deja de contemplarte, perfecto el nudo está,
nunca más volverás a hacer otro mejor.
Rápido: los pantalones, ahora el saco.
Las seis y media. ¿Por qué puerta salgo?
¿Por ésta que da al baño o por ésa
que el comedor separa de la sala?
Vestido ya. Las siete menos veinte.
Choco con las paredes, revuelvo las colillas
con la mano derecha, y con la izquierda
me cojo la corbata, tiro de ella,
caigo de espaldas, me doy con el sillón.
Se mece solo este sillón maldito.
La lengua se me preña y pare lengua
de idiota, toda envuelta en baba;
los ojos van a ser piedras preciosas,
pero antes de brillar se apagarán.

A mis oídos llegan las palabras
que antes nunca escuché:
son de un idioma intraducible, son palabras.
Las siete en punto y ni una hora más.
Ahora ya me posé. Que entren los fotógrafos.

MEMORIA SELECTIVA

•noviembre 29, 2011 • Dejar un comentario

La memoria te abandona entre la luz y ninguna parte. Te trata como a los niños pequeños, a quienes no les es permitido juguetear, hacer varias cosas a la vez, escurrirse en los corredores. Puedes luchar contra todo pero no contra tu propia memoria. Una vez que te deja desamparado, te pierdes a ti mismo. Por eso creo que a veces escribo en este blog, para ir dejando hilos de las costuras de mi memoria que quizás algún día reencuentre si me deja solo. Reconozco que me produce pavor. Reconozco que es una posibilidad.

Pero la memoria también es una barrera que protege del paso del tiempo. A pesar de todo te regala una inmensa alegría por lo vivido, te enseña quién fuiste, quién eres, hacia dónde caminas, con quién. Sobre todo con quién.

Hoy voy a contaros algunas cosas sin aparente conexión, pero que me apetece relacionar así, a renglón seguido. No quiero olvidarlas, a pesar de su circunstancia efímera o insignificante:

-El 29 de noviembre de 1987 -según fechado a mano- escribí “Tren de amor”, el primer texto mío que conservo, escrito para un concurso infantil del centro de trabajo de mi madre. Solía recordar siempre esa fecha como una especie de declaración de amor a la literatura, como el momento en que elegí una novia a la que sería fiel el resto de mis días. Cuatro estrofas de siete versos con alternancia de rima consonante y asonante y un verso suelto de vuelta o enlace. Todo lo que escribí anteriormente a ese poema, se extravió.

-El 29 de noviembre de 1993 me tocó entrar al internado donde cursaba el bachillerato. Recuerdo perfectamente que era de noche y llovía. No sé por qué recuerdo con tanta exactitud ese día cualquiera. El olor a hierba era muy intenso y caminé a través de los trillos de piedra con mucho cuidado para no ensuciarme el único pantalón limpio que tenía para la oncena.

-El 29 de noviembre de 1997, al mediodía, salí de la Facultad de Artes y Letras rumbo a casa, por la acera del comedor universitario. En aquel trozo de acera donde casi se repetiría el mismo suceso cinco años después, te vi. Ibas con una compañera de clase. Me miraste fijamente mientras pasaba a tu lado. Te había descubierto un mes atrás, en un kiosco, casi por casualidad. Pero aquel mediodía toda mi vida cambió, y lo que ha venido posteriormente es una consecuencia ineludible de aquel momento. No sé si te maldigo hoy o si me alegro. Supongo y quiero creer que me alegro.

-El 29 de noviembre de 1998 no creí que el año siguiente te fueras a morir. Más tarde supe que nunca te escribiría un poema mientras estuvieras viva, por mucho que me lo pidieses. No pude. No sé por qué.

-El 29 de noviembre de 2003 no sé qué hacía ni qué ocurría en el mundo exterior. Quizás pensaba demasiado en ti, tanto como para decidir que en menos de una semana me iría a intentar cambiar mi destino a Palma de Mallorca. Fracasé. Por suerte. Apenas un mes después regresé a Barcelona, en uno de esos pequeños actos heroicos que uno descubre con los años.

-Este último sábado al filo de la madrugada regresé de mi viaje relámpago a Paris. Tomé la línea 6 de metro de camino a casa, y en la parada de O’Donnell se subió un chico solitario de unos catorce o quince años, rubio, de pelo largo y liso y ojos azules y gafas, con una maleta, que se sentó frente a mí y me miró fijamente durante todo el trayecto hasta que me bajé. Llegué entonces a casa, encendí el ordenador y se me antojó escuchar a Marian Anderson. Entonces intuí que el 29 de noviembre de 2011 sería un día frío y tranquilo. Como de hecho. Y en cierto modo apenas en estas primeras horas del día sigo atrapado, con la Anderson, entre la luz y ninguna parte y escuchando sus graves:

LATINOAMÉRICA

•noviembre 11, 2011 • 1 comentario

“Latinoamérica”, una canción política de Calle 13, ganadora la pasada madrugada del Grammy Latino a la mejor canción y la grabación del año 2011, parte del disco Entren los que quieran, también mejor disco del año según la Academia Latina de Artes y Ciencias. Su letra me recuerda aquellos tiempos de la canción protesta y militante latinoamericana, que dispara directamente al corazón de un subcontinente.

Soy,
soy lo que dejaron,
soy toda la sobra de lo que se robaron.
Un pueblo escondido en la cima,
mi piel es de cuero por eso aguanta cualquier clima.
Soy una fábrica de humo,
mano de obra campesina para tu consumo.
Frente de frío en el medio del verano,
el amor en los tiempos del cólera, mi hermano.
El sol que nace y el día que muere,
con los mejores atardeceres.
Soy el desarrollo en carne viva,
un discurso político sin saliva.
Las caras más bonitas que he conocido,
soy la fotografía de un desaparecido.
La sangre dentro de tus venas,
soy un pedazo de tierra que vale la pena.
Una canasta con frijoles,
soy Maradona contra Inglaterra anotándote dos goles.
Soy lo que sostiene mi bandera,
la espina dorsal del planeta es mi cordillera.
Soy lo que me enseñó mi padre,
el que no quiere a su patria no quiere a su madre.
Soy América Latina,
un pueblo sin piernas pero que camina.

Tú no puedes comprar al viento.
Tú no puedes comprar al sol.
Tú no puedes comprar la lluvia.
Tú no puedes comprar el calor.
Tú no puedes comprar las nubes.
Tú no puedes comprar los colores.
Tú no puedes comprar mi alegría.
Tú no puedes comprar mis dolores.

Tengo los lagos, tengo los ríos.
Tengo mis dientes pa’ cuando me sonrío.
La nieve que maquilla mis montañas.
Tengo el sol que me seca y la lluvia que me baña.
Un desierto embriagado con peyotes, un trago de pulque
para cantar con los coyotes, todo lo que necesito.
Tengo mis pulmones respirando azul clarito.
La altura que sofoca.
Soy las muelas de mi boca mascando coca.
El otoño con sus hojas desmayadas.
Los versos escritos bajo la noche estrellada.
Una viña repleta de uvas.
Un cañaveral bajo el sol en Cuba.
Soy el mar Caribe que vigila las casitas,
haciendo rituales de agua bendita.
El viento que peina mi cabello.
Soy todos los santos que cuelgan de mi cuello.
El jugo de mi lucha no es artificial,
porque el abono de mi tierra es natural.

Você não pode comprar o vento
Você não pode comprar o sol
Você não pode comprar chuva
Você não pode comprar o calor
Você não pode comprar as nuvens
Você não pode comprar as cores
Você não pode comprar minha felicidade
Você não pode comprar minha tristeza

No puedes comprar al sol.
No puedes comprar la lluvia.
(Vamos dibujando el camino,
vamos caminando.)
No puedes comprar mi vida.
Mi tierra no se vende.

Trabajo en bruto pero con orgullo,
aquí se comparte, lo mío es tuyo.
Este pueblo no se ahoga con marullos,
y si se derrumba yo lo reconstruyo.
Tampoco pestañeo cuando te miro
para que te acuerdes de mi apellido.
La Operación Cóndor invadiendo mi nido,
¡Perdono pero nunca olvido!

(Vamos caminando)
Aquí se respira lucha.
(Vamos caminando)
Yo canto porque se escucha.

Aquí estamos de pie
¡Que viva la América!

No puedes comprar mi vida.

APRENDER A PERDER

•noviembre 11, 2011 • 1 comentario

Una de las lecciones que uno recibe con los años es la de que no todo lo que uno quiere o sueña es posible. No es un discurso desde el pesimismo sino desde lo realista. El inconformismo permitió a muchos superarse, buscar siempre más allá; gracias a él se han hecho posibles cosas que parecían imposibles. Pero el desgaste continuo y la experiencia me demuestran que la no aceptación de ciertos fracasos sólo es una fuente de desazón y angustia, y por lo tanto, el camino no lleva a ninguna parte sana.

Vivir es un juego enorme donde cada cosa que ocurre ha de tener su justo valor en su justo momento. Cuando el contratiempo es (o lo considero según mi percepción) una injusticia, suelo luchar como una fiera y me defiendo hasta donde me den las fuerzas. Cuando se genera desde un acto que no es responsabilidad directa, sino que se debe al carácter o personalidad de otros, (si ya no tiene remedio) hago hasta lo imposible por pasar, a sabiendas de que cada cual es libre de escoger y marcar un camino y las personas que los acompañen, como también lo soy yo, y -esto es importante- es mi responsabilidad aparecer y también desaparecer de la vida de alguien. Cuando es un simple antojo de mi competitividad, asumo el fracaso con carácter deportivo, este mundo es tan cíclico y siempre puede originarte nuevas oportunidades en el futuro. Como dice el refrán, quien no se consuela es porque no quiere. (También dicen que todo lo que sube baja.)

Pero pienso que una de las mejores enseñanzas que he tenido hasta ahora es haber aprendido a perder, o al menos haber conseguido tener conciencia de ello. Y sin que pase nada, sin tragedias. Saber que hay amistades que no se dan, por mucho que a uno le interese y ponga empeño. Que hay planes que no pueden culminarse por mucho que se intenten. Sueños que no pueden darse en una misma vida. Que hay amores imposibles, por mucho que uno luche o espere o resista; porque uno no es la elección de otra persona y es absolutamente respetable. Calibrar las verdaderas posibilidades, saber hasta dónde es posible o no llegar para no empantanarse o desgastarse en vano. También en mi profesión. Aceptar mi inutilidad, mis defectos, todo lo que no puedo hacer y, aunque parezca paradójico, aprender que nada está realmente perdido cuando se asimila una pérdida. Esto me ha hecho más fuerte como persona, aunque no haya borrado de mí la sed de expansión, el ansia de crecer y de seguir adelante. Si muchos aprendiéramos a perder, estaríamos más preparados para ganar todas aquellas cosas que el día después nos ofrecerá. La perserverancia es siempre una virtud; el encaprichamiento, un lastre del carácter.

Y el día que me quede sin pelo en la cabeza -si es que llega a ocurrir-, pues tendré que acostumbrarme a ser calvo con una sonrisa. Y nada más. Que hay cosas verdaderamente importantes en la vida y que no solemos ver porque vivimos demasiado entretenidos en ciertas trivialidades.

GALERÍA DE POETAS

•noviembre 7, 2011 • 3 comentarios

En una entrada reciente -”Retrato del monstruo”- hablaba de los escritores como aquellos seres que respiraban y trabajaban en la sombra porque históricamente nunca han vivido de su imagen pública. Cuando uno piensa en un escritor, tal vez se lo imagine calvo o feo, con un cigarrillo en la mano, con mirada profunda, o bien ante una máquina de escribir, con pose intelectual, circunspecta. Ninguna de estas imágenes que sobrevienen lindan con las de un modelo o una estrella de cine o un cantante, por ejemplo. No se les presume apostura. Todos saben que Pablo Neruda atraía a las mujeres por sus versos y actos de caballerosidad, o que Allen Ginsberg vivía tan al límite como le fue posible. Las conquistas amorosas de cada uno de ellos han estado más asociadas siempre a un poder de atracción verbal, a una puesta en escena privada, de enigmáticos signos, rituales y sobre todo, palabras. Wilde decía que los hombres se enamoran a través de los ojos y las mujeres a través del oído. Aunque ciertos códigos han cambiado, en el fondo el irlandés lleva su parte de razón.

Hoy quiero traeros una pequeña galería de veintiún retratos de (en su momento) jóvenes escritores y escritoras que a su forma cumplieron con los cánones de belleza de su tiempo (y del nuestro, creo, aunque ya se sabe sobre la subjetividad de toda belleza). Voy a sacarlos de su oscuridad para romper un poco el mito del escritor-horrible, de la bestia escondida, recluida para el cumplimiento de la obra. Muchos de ellos son hoy literatura en sí mismos; sus vidas, lo que se conoce, lo que se deduce…

1. Anna Ajmátova (1889-1966) en su juventud. De ella escribió Joseph Brodsky: “Su sola mirada te cortaba el aliento. Alta, de pelo oscuro, morena, esbelta y ágil, con los ojos verdosos de un tigre polar, durante medio siglo la ha dibujado, pintado, esculpido en yeso y mármol, fotografiado un sinnúmero de personas.”

2. Robert Frost (1874-1963), junto con Whitman el poeta mayor de los Estados Unidos. El que siempre me acompaña con su “The Road Not Taken” o “Stopping By Woods on a Snowy Evening.”

3. El poeta ruso Vladimir Maiakovski (1893-1930). Todo un punto de partida de la poesía del siglo XX.

4. La inconfundible Sylvia Plath (1932-1963), intensa y bipolar. Un frágil pajarillo, como confesó su ex-marido Ted Hughes en Cartas de cumpleaños. Prefirió “ser horizontal” y acabó con su vida metiendo su cabeza en un horno de gas.

5. El renombrado escritor alemán Hugo von Hoffmannsthal (1874-1929), que además puso letra a las óperas de Richard Strauss.

6. Una fotografía del joven periodista Ernest Hemingway (1899-1961) antes de marcharse como corresponsal de guerra.

7. Una jovencísima Marguerite Yourcenar (1903-1987), años antes de emprender la escritura de Memorias de Adriano.

8. Una foto autografiada del húngaro Attila József (1905-1937), que murió prematuramente atropellado por un tren en Balatonszárszó. Todavía se especula si fue un suicidio o un accidente.

9. Otra renombrada suicida, Virginia Woolf (1882-1941). Todavía parece que la vemos entrando al río, con sus bolsillos llenos de piedras, para huir de esas voces que la atormentaron.

10. Los años de juventud de Stefan Zweig (1881-1942). Zweig acabaría sus días décadas después en Brasil, suicidándose junto a su esposa.

11. La enigmática Djuna Barnes (1892-1982), una escritora de culto que ha visto incrementar el interés por su obra de forma póstuma, amparada también en sus tormentosas relaciones.

12. La maravillosa Anne Sexton (1928-1974), uno de los hitos de la literatura norteamericana, otra mente atormentada que se suicidó inhalando monóxido de carbono, tras una crisis de angustia.

13. El Premio Nobel de Literatura ruso, Boris Pasternak (1890-1960), en sus años de juventud. Pasternak intentó incluso seducir a Ajmátova. No tuvo éxito.

14. No necesita presentación. El dandy Oscar Wilde (1856-1900) posando años antes de su caída en desgracia en Inglaterra.

15. Una foto de juventud de André Gide (1869-1951), en la época en que conoció a Rimbaud, Verlaine o Wilde. Todo un centro de la literatura europea de finales del XIX y principios del XX.

16. Una fotografía de la bellísima María Teresa León (1903-1988), esposa de Rafael Alberti. Esta fotografía aparece en portada de una de las ediciones de su Memoria de la melancolía.

17. Dylan Thomas (1914-1953), el galés cuya voz enamoró a todo un país.

18. La cubano-francesa nacida en Paris, Anaïs Nin (1903-1977), cuyos diarios han marcado la literatura del siglo XX con una gran impronta erótica.

19. El alemán Klaus Mann (1906-1949), hijo del enorme novelista Thomas Mann y con una relación muy tormentosa con su padre hasta el final de sus días. En esta época aún no había escrito su famosa novela Mephisto.

20. Una jovencísima Simone de Beauvoir (1908-1986), filósofa y paradigma del feminismo contemporáneo. Todos se acercan a ella por su espíritu diletante, su intensa vida amorosa y su relación con Jean Paul Sartre, con quien comparte túmulo en el Cementerio de Montparnasse, en Paris.

21. Esta última fotografía es del “poeta campesino” Sergei Esenin (1895-1925), una de las figuras centrales de la literatura rusa de principios del XX, y quien en tan breve tiempo de vida se casó cinco veces y tuvo cuatro hijos. Entre sus esposas, la archifamosa bailarina Isadora Duncan o la nieta de León Tolstoi, Sofía Andreyevna. Esenin acabó con su vida ahorcándose a los 30 años en un hotel en Inglaterra, el 17 de diciembre de 1925.

TODO LO QUE NECESITAS ES UN POCO DE BELLEZA

•noviembre 6, 2011 • 2 comentarios

A los quince años se sentó en su cama del albergue en el internado. Sin televisión ni móviles ni ordenadores, ni siquiera radio ni fax, sólo un teléfono institucional con acceso limitado que usó una sola vez en tres años. Todavía nadie imaginaba lo que podía ser internet: los laboratorios de computación eran ya de por sí noticia, como aprender a programar en Turbo Pascal en aquellas máquinas con pantallas de fondo negro. Sólo libros, papeles, lápices, apuntes para exámenes (un examen cada semana, trece materias distintas al año), libretas rústicas sin ningún tipo de dibujo añadido. En el albergue, duchas de agua fría (cuando subía el agua al cuarto piso), colchonetas de guata de 5 cm de grosor, frazadas de piso en ripios y un uniforme (con una sola camisa de repuesto) para casi dos semanas. El pelo corto, las taquillas sin candados, los baños sin puertas, la comida escondida (de ladrones e insectos), las botas de trabajo con restos de tierra descansando en una zona oculta sobre unos periódicos viejos. La cama tendida, la sábana impecable, con olor a limpio agrio (a jabón sin procesar). Las toallas semiharapientas colgadas al costado de la cama. El aire del campo metiéndose por los ventanales y celosías y el olor a fango, a sol y a veces a estiércol o hierba quemada atravesando paredes. Ni una sola nevera, ni un calentador de agua, ni un ventilador siquiera. El incesante ruido nocturno de los mosquitos y las colonias de ranas y murciélagos.

Tenía quince años y a su alrededor sus compañeros crecían, correteaban, estudiaban, explotaban la juventud, jugaban a pasatiempos inventados (con monedas, dados, cubiletes o con simples pelotas de goma), esculpían sus cuerpos, hablaban de novias y amores platónicos, casi ninguno de futuro. El futuro a los quince años no es más que un día, una semana, un mes o como mucho un verano después. No se es consciente de la belleza de esa edad, la belleza propia de la piel, de la mirada, de la propia inocencia, de la idea espontánea. Nos detenemos demasiado en escudriñar el entorno con aires de gente mayor, queriendo siempre crecer, romper todo obstáculo; es evidente que entonces todo parecía más fácil, se manejaba siempre una vía más directa y una solución más lógica para todo. Sufrir era otra cosa: quizás la imposibilidad de no tener lo que uno soñaba, la ansiedad de todo límite. Se tiene un inmenso pánico a la fustración.

Tenía quince años. No era un chico hermoso, probablemente nunca lo fue. Delgado, con gafas, demasiado común, demasiado blanco, de labios gruesos y boca grande, ni siquiera con vello facial suficiente para una cuchilla de afeitar. No conocía el amor. No entendía esos códigos, aunque siempre diera los mejores consejos a sus amigos. Jamás soltó un taco. Le llegaron a tomar mucho afecto. Gente que no ha vuelto a ver, otras que sí, nada fuera de lo habitual.

A los quince años se sentó en su cama y pensó que la única belleza que entonces necesitaba estaba en sus libros. En llegar a entender toda aquella realidad, la propia y la ajena. Todo lo demás le sobraba. Incluido su propio cuerpo.

A los quince años -según las normas del mundo posterior- eligió el camino equivocado. (La felicidad siempre es otra cosa.)

RETRATO DEL MONSTRUO

•noviembre 2, 2011 • 8 comentarios

“Mi nombre es K. Tengo 34 años. Soy semivegetariano, abstemio total y no fumador. Jamás he probado el efecto de ninguna droga salvo la literatura que estudio o cierta música del siglo XVIII o XIX. No creo en la virtualidad, para mí las relaciones humanas necesitan de un obvio contacto físico, al nivel que sea. A estas alturas de mi vida lo que piensen los demás sobre mí me da absolutamente igual (siempre me ha importado poco). A los 18 años, recién salido del Servicio Militar Obligatorio, me dejé crecer el pelo casi hasta la cintura (por temporadas lo sigo llevando largo). A los 19 me horadé los lóbulos de las orejas sólo porque lo quise, a contracorriente, aunque sólo llevo un pendiente hoy en recuerdo de mi madre. A esa edad, a los 19, me enamoré por primera vez (algo que sólo ha ocurrido dos veces en toda mi vida, cada vez con mayor intensidad). Siempre he sido muy delgado; sé que me ha afectado en mi autoestima física, y hoy -ya asimilado el hecho de que no engordo ni aunque me llenen de aire- lo veo como un enorme privilegio en relación con los chicos de mi edad. Siempre he sido muy blanco de piel, por eso las alergias y los lunares se me han notado más. Soy una especie de eremita. Soy monógamo. Soy perseverante y extremadamente competitivo. Creo en ciertos conceptos quizás de otras épocas, porque me reconozco fácilmente en los textos que leo, aunque no me hace mucha gracia. En el XIX probablemente hubiese sido un tísico común.”

Si alguna vez alguien se presenta así y te extiende su mano, te aconsejo huir. Huir, de cualquier modo, con cualquier pretexto. Quien así habla es un monstruo que se ha inventado a sí mismo a lo largo de los años, y no tendrá absolutamente ninguna piedad contigo ni con lo que piensas. Ni siquiera con tu olor. Diseccionará tus gustos cuando menos te lo esperes y te dejará en la total desprotección una vez que te fíes. Aunque no hará escarnio público de lo que le confieses (eso sí, este tipo de monstruo es sumamente leal y generoso por naturaleza), recordará todas y cada una de tus palabras, incluso cuando tú mismo las hayas olvidado. Te recitará poemas de memoria como quien lee su propia vida y si te descuidas algún día te tocará una fibra dolorosa que nunca esperaste tener. No podrás mirarle a los ojos sin sentir que te pregunta cosas de las que no has hablado y que no quieres contar o responder. Te invadirá. Te hará sentir que eres lo único que existe, si se lo propone. Te apoyará en todos tus sueños, incluso los imposibles, y a cambio sospechosamente no te pedirá nada. Creerás que la ternura que te da es especial para ti, cuando es otro rasgo de su comportamiento habitual. Creerás que cada palabra que te dice las elige cuidadosamente con algún macabro fin que nunca verás. Te equivocarás frecuentemente. Patinarás siempre entre tantos significados. No será nada de lo que esperas, y si no esperas nada de él, se transformará en todo aquello que te sorprenda.

En esencia, ese tipo de monstruo es la raza más frágil que ha existido. Frágil a la belleza, a pequeños gestos de seducción, frágil a la espontaneidad y a la risa como una bocanada intensa de vida. Casi todos los monstruos que han existido han obrado en ese tipo de sombras. Se esconden en sus refugios a escribir sobre realidades que sólo ellos comprenden, o piensan comprender. Los que aparentemente se han dado a la vida son unos grandes mentirosos; no les creas. Ni Baudelaire pasó su vida en lupanares ni Whitman salió nunca de New York… ni siquiera bebía alcohol ni tuvo los amantes que decía. Cada desorden literario implica un orden vital exquisito, meticuloso. Ninguno en realidad fue bello (salvo Keats o Byron; no cuenta la animal simetría de Wilde). Ninguno coqueteó con perfecciones. Ninguno fue feliz o al menos ninguno expresó cabalmente su felicidad. Todos murieron inconformes.

Cuando se acerque un muchacho y te muestre una gran sonrisa, con su pausa introspectiva y la apariencia frágil de un adolescente o de un joven de veintipocos y te diga “¡Hola! Me llamo K. Tengo 34 años…” no le respondas: es una trampa. Un artilugio para que rompa un deslumbramiento. Aunque la trampa que usa para capturarte es la misma que te dejará para siempre en los oscuros laberintos de su imaginación.

EL CIELO

•octubre 28, 2011 • 3 comentarios

Cielo de Madrid al amanecer - 28 de octubre de 2011

I

Tocan a la puerta. Suena el teléfono
o una alarma lejana. Una bandada de aves
hace crujir los resortes de la madera.
Silencios intermedios, ecos, agujas
de significados. El cuerpo apenas.
El movimiento de una mano con la inercia
de lo gris. Una taza de té hipotética,
un vendaval súbito, una sonrisa fácil.
La ansiedad de un corazón con veinte minutos
de retraso. Un cuerpo enfermo
de sí mismo bajo las uñas de un trasgo.
Un horizonte que no distingue
tu inmensidad de la mía. Un horizonte
apenas suficiente. La oscuridad de aquello
que nadie nos concedió. O la del cuerpo
repartido en inservibles proporciones
de azar.

II

Si te levantas de la cama nada ha cambiado.
Tu nombre allí, a la espera.
El animal silvestre. Como si
la sombra de tantos días muertos
se dispersara. La habitación tranquila,
el aire calmo. Una luz bajo absoluto control
planea fuera. Y luego el cielo.
La abrupta geografía de cosas
intensas, asimétricas, cíclicas, con ciertos trazos
obvios. Intuyes
aquello que bajo el cielo se construye y avanza
a meta: troncos perfectamente delineados,
gatos, filas de hormigas invadiendo
la casa, el amarillo en la pared, el césped,
la soledad del otro, el rostro repetido.
El rostro al que extiendes la mano de un verano
inútil y sin músculo. Un simple rostro
amado.

III

La casa flota en una intensa luz. Los animales
de los últimos días vociferan,
echan bolas de pelo. Un vecino muerto
me ha debido llamar. Escucho un frío
de grandes carcajadas y de piedras
lanzadas contra un reflejo. Se oye un tac tac
insistiendo sobre la madera. En este estrecho campo
que llaman naturaleza han asomado
treinta y tres árboles, como ha sido posible
plantarlos. No hay sombra sin rebaño.
Miro la mano que apenas despereza
y me pregunto si estás, si no ha sido todo
la invención de esta bestia exhausta. Si el mundo
ha entrado al cuerpo y se ha instalado, si
en el oleaje de la víspera
algo quedó en el vacío corazón,
en la vacía víscera, la enorme.
Y el cuerpo apenas alcanza a ser ciudad, país,
a ser cielo (no nube), a ser fragmento
de cadáver hermoso, montaña,
valle, o una nada peligrosa
atenida a un pie de página, a una breve nota
en un informe.

En este pequeño reino sin huéspedes
todo se esfuma
si cierras la ventana, si despiertas.
Si no miras
arriba
al cielo.

Félix Hangelini
Madrid, 28 de octubre de 2011

DE COSAS QUE DEBO Y QUE NO DEBO HACER

•octubre 26, 2011 • 15 comentarios

Pues sí, me estoy poniendo viejo. Viejo viejete viejuno. Y es hora de llamarme un poco a capítulo. Ya pronto tendré que sumar una rayita más, y estos últimos dos días han sido muy intensos, emocionalmente intensos. Caóticos, desmesurados, llenos de esas pinceladitas nerviosas con que pintaba sus series Monet (que no falte un buen hipotexto). Hasta me he herido un dedo y llevo una curita. De farmacia, auténtica, no de las low-cost que se te caen cuando soplas para sacarte una pestaña de dentro del ojo. Mi dedo lo vale. El índice. De la mano izquierda. Me siento como el Cristo de Limpias después de una sesión de láser colorante pulsado.

Bien, después del breve preámbulo he de deciros que, como quien no quiere las cosas y como quien las quiere todas, he pensado en lo que debo o no debo hacer ahora que entraré en una nueva edad donde presuntamente tendré menos pelo, más achaques y menos posibilidades de que se me considere “joven investigador” en el mundo académico español (lo de engordar no lo digo porque algún día ocurrirá, pero por suerte aún no, al menos no en los últimos diecisiete años). He hecho incluso un plan de vuelo. Reconozco que los exámenes de conciencia son perversos y suelen ser infinitos para que los psicoanalistas no se queden en paro y para que nunca llegues a conclusiones definitivas sobre tu propia inutilidad y la propia inutilidad de pasarte la vida autoanalizándote; pero con la pereza que da dormir bajo un edredón, mientras llueve afuera y Tiberio me observa, he decidido plantearme tres metas para los próximos meses, y prohibirme tres cosas más. No hay que ser demasiado ambiciosos. Ya sé que os mata la curiosidad, pero son como los secretos que se le piden a la tarta, que si los dices la tarta no te los cumple. Lo siento si habéis picado con el título de la entrada.

En fin, que en unas treinta horas enfrentaré otro calvario de felicitaciones y llamadas y mensajes de email (entre todas serán cinco o seis, ahora que desde hace ocho meses ya no estoy en facebook y que facebook es como la televisión, que si no sales en ella ¡no existes!), y supongo que no importarán las heridas del Cristo de Limpias y me sentiré feliz, muy feliz. Hay un par de personas responsables de este estado de euforia y demencia senil temporal, pero si las menciono la tarta también se las traga y no es plan. Eso sí, sigo teniendo claro algo: en la vida no te ilusiones jamás, las ilusiones son muy mentirosas, nunca son un camino y te puedes pegar el batacazo con sólo creer que en las cimas del Himalaya habita el verdadero Yeti.

También estoy pensando seriamente publicar el largo relato que me ha regalado mi madre por mi cumpleaños… (anticipadamente porque en Cuba hay ciclón y si cortan la electricidad el mundo se apaga… mi madre siempre tan previsora, como cuando me mandó a echar en el equipaje hilo y aguja y papel higiénico el día que me vine a España, “porque me iba a hacer falta”). Dejad que lo piense un poco más. Es precioso. Entre otras cosas, ayer supe que fui un incómodo macrofeto con un pie mal colocado, que nació con una oreja morada y se pegaba a cualquier teta disponible. Muy majo yo. Majo, que no guapo. El más grande y gordo del cunero, JA. Pero el relato es intenso e íntimo y es lo más bonito que nadie me podrá regalar jamás, aunque acepto que intentéis regalarme algo mejor, todo esfuerzo es bienvenido. Cuando acabé de leerlo, quise un poco más a mis pobres padres veinteañeros. (¡Te quiero, mamá!)

Sed generosos y pasaos por aquí el viernes y dejad vuestros mensajes de aliento, que a mis años esas cosas hacen ya falta.

UNA LÁMPARA A LA CABECERA

•octubre 24, 2011 • 8 comentarios

La noche del 25 de octubre de 1938 Alfonsina Storni, afectada por un cáncer de mama extendido, por graves dolores que ni siquiera podía calmar ya la morfina y por una terrible depresión, tras escribir unas líneas a su hijo decidió acercarse al muelle del Club Argentino de Mujeres en Mar del Plata, y bajo la lluvia constante se lanzó al mar desde la escollera para no regresar. Su cadáver fue encontrado a la mañana siguiente. La simple acción, así contada, tuvo la intensidad habitual de todo suicidio, sin mucho halo de romanticismo. La maestra de escuela, siempre asediada por la pobreza desde niña, había escrito cinco días antes de morir y enviado al diario La Nación este imperfecto soneto sin rima, como nota de despedida:

VOY A DORMIR

Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes…
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases

para que olvides… Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido…

Varios años más tarde, Ariel Ramírez y Félix Luna escribían una zamba inspirada en este poema final, canción que interpretó por primera vez Mercedes Sosa, la Negra, hacia finales de los años 60. Su título -ya sabemos- “Alfonsina y el mar”:

Mañana se cumplen 73 años de la muerte de Alfonsina Storni, un verdadero lujo para las letras hispánicas, un sitio ella misma al que siempre se regresa, acantilado y guarida para sus lectores, espectro incesante. En ese mundo de sirenas, caracolas, corales y caballos de mar se nos ha quedado su imagen última, como si la letra de Luna se hiciera real y oyésemos a la poeta pedirnos que le bajemos un poco más la lámpara, su lámpara que fue también su propia constelación.

(Lámpara de un alma con las mismas hechuras que décadas más tarde hicieron que Sylvia Plath prefiriera, tristemente, ser también “horizontal”, su forma auténtica y escurridiza de “alcanzar la perfección”.)

Alfonsina Storni (1892-1938)

MI BISABUELO EL DR. JULIO JANÉ

•octubre 22, 2011 • 3 comentarios

Dr. Julio Jané Jané (1901-1972). Hombre de ciencia. Estudioso de las escuelas norteamericana y francesa. Educador, médico social.

Hoy 22 de octubre se cumplen 110 años del natalicio de mi bisabuelo, el Dr. Julio Jané Jané, uno de los médicos radiólogos más relevantes de la medicina cubana. La biografía de mi bisabuelo está aún por escribirse, pero sin duda sería uno de los documentos imprescindibles en el estudio científico y social del siglo XX cubano. Hace ya algunos años la revista Bohemia publicó algunas cartas inéditas entre el Dr. Jané y el Dr. J. Robert Oppenheimer -famoso como padre de la bomba atómica-, un tesoro desconocido por la familia y que supuestamente deben hallarse en el Museo de la Ciencia de La Habana. A Oppenheimer y a mi bisabuelo los unió una amistad de varios años y una estrecha relación profesional.

No conocí a mi bisabuelo. Murió en 1972, cinco años antes de yo nacer. Pero las anécdotas familiares han sido muchas, y van desde su ímpetu y su carácter algo venático hasta una extrema amabilidad en el trato social y un comportamiento de auténtico caballero. Vivió enamorado hasta la médula de su joven esposa (mi bisabuela Juana falleció hace apenas dos años en Miami), con quien tuvo dos hijos. Se preparó en las más importantes plazas de Europa y Estados Unidos (obtuvo varios títulos de prestigio), y su ascendencia era catalana -como se intuye por los apellidos-, de por la zona de Mataró. Cuenta mi abuela que en época de Eduardo Chibás, su amigo personal, el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) donde mi bisabuelo perteneció se reunía en ocasiones en su casa, y en alguna de aquellas sesiones el ya prestigioso Dr. Jané se encontró, entre muchas otras figuras históricas de aquellos tiempos, con un jovencísimo Fidel Castro. Al triunfar la Revolución en 1959 y siguiendo el flujo de las nuevas normas sociales, mi bisabuelo entregó al joven Gobierno el grueso de propiedades de la familia, que incluían desde bloques de apartamentos en El Vedado hasta ingenios azucareros en Guantánamo. Siendo yo niño mi abuela me enseñó algunas de las actas y volantes que mi abuelo conservaba aún del Partido Ortodoxo, verdadera alternativa al poder de los “Auténticos” y cuyo ascenso posibilitó el tristemente célebre golpe de estado del General Fulgencio Batista en 1952, que dio al traste con las aspiraciones democráticas de la República.

A veces me asombra el hecho de que me guste escribir sobre personalidades de mi país que vivieron épocas muy lejanas, personas cuyos troncos familiares no conozco ni conocí y que me seducen en su distancia. Luego vuelvo los ojos a mi entorno, y me percato de que tengo -como muchos- la Historia en mi propia casa, en mi propia familia, y no sé por qué no me decido -en vida de muchos de los que conocieron a mi bisabuelo- a contar su vida, a reconstruir su recorrido. No sé si podré ser suficientemente objetivo, pero creo que alguna vez debería intentarlo al menos.

Sirva esta entrada (la primera entrada doble que hago desde el nacimiento de mi blog) como homenaje-recordación a una figura casi olvidada del movimiento científico en Cuba, uno de los médicos más prestigiosos de la República. Y doy gracias a mi abuelo Pablo por haberme enviado esta mañana la foto que hoy con orgullo comparto.

MÁSCARA CON UNA CORTINA NEGRA

•octubre 22, 2011 • 2 comentarios

Me apetece -por el poder que tengo en este espacio- compartir una vez más un pintor que me seduce, Fernand Khnopff, cuya obra conocí en el Beaux-Arts de Bruselas en 2005, en una tarde-noche lluviosa que acabó con una leve nevada. Me quedé prendado entonces de la obsesión de Fernand por representar a su hermana Marguerite, de ese vínculo emocional y artístico que hizo que repitiese hasta la saciedad su rostro, esos perfiles inquietantes, tímidos, hieráticos, provocadores, sensuales, ambiguos.

Esta noche os dejo esta (otra) imagen de Marguerite -que integra una serie- y también delego sus disímiles interpretaciones simbólicas. Esta es la “Máscara con una cortina negra”, de Fernand Khnopff. Pienso en las máscaras que usamos como rostros y en los rostros que usamos como máscaras, como sugería entonces Wilde. Estamos en los finales del siglo XIX. Que nada os sorprenda.

 

LOS PÁJAROS PERDIDOS

•octubre 1, 2011 • 1 comentario

El año pasado mi buena amiga Carme -a quien no conozco aún en persona- me dedicó el día de mi cumpleaños un video de otro amigo, cantando “Los pájaros perdidos” de Astor Piazzolla (1921-1992). Hoy he estado revisando aquella entrada y he encontrado una grabación mejor -y completa- de la presentación de Philippe con L’Arpeggiata de Christina Pluhar en el Teatro Juárez de Guanajuato, México, en el Festival Cervantino de 2010. Es curioso escuchar un tango de 1973 acompañado por instrumentos de música barroca.

No tengo que decir que octubre es un mes que siempre trae una dosis extra de melancolía con la llegada del otoño. Un otoño que en mis antiguas latitudes era ficticio y que aquí se intensifica, sobre todo en mis alergias.

Amo los pájaros perdidos
que vuelven desde el más alla,
a confundirse con un cielo
que nunca más podré recuperar.

Vuelven de nuevo los recuerdos,
las horas jóvenes que di
y desde el mar llega un fantasma
hecho de cosas que amé y perdí.

Todo fue un sueño, un sueño que perdimos,
como perdimos los pájaros y el mar,
un sueño breve y antiguo como el tiempo
que los espejos no pueden reflejar.

Después busqué perderte en tantas otras
y aquella otra y todas eras vos;
por fin logré reconocer cuando un adiós es un adiós,
la soledad me devoró y fuimos dos.

Vuelven los pájaros nocturnos
que vuelan ciegos sobre el mar,
la noche entera es un espejo
que me devuelve tu soledad.

Soy sólo un pájaro perdido
que vuelve desde el más allá
a confundirse con un cielo
que nunca más podré recuperar.

TRATANDO A UNA SOMBRA COMO UN CUERPO SÓLIDO

•septiembre 27, 2011 • 3 comentarios

El tiempo es un animal cíclico, de costumbres fijas. El mismo sol otra tarde, los mismos elementos bajo cambios imperceptibles. El parque semivacío, las terrazas desoladas, el vaivén constante de la avenida. El mismo reloj con las mismas agujas en horas repetidas, aparentemente nuevas. Buscar un libro del siglo XIX en la Oficina de Correos. El mismo camino nunca recorrido de idéntica forma, aun desde la misma forma de huella. La naturaleza urbana llena de lugares comunes, como la propia cotidianidad.

En casi trescientos metros no soy capaz de pensar en nada más que en objetivos inmediatos. Las llaves de casa en la mano, un aviso de recogida en otra, el paso acelerado. Por delante, la misma calle en línea recta. Las vías del tren al fondo, allá donde sólo se intuyen. Y en el aire un ruido, un ruido intenso de coches e ideas, ruido de verano en estertor y de belleza impalpable y monstruos y últimas ofrendas y promesas de pasado y futuro.

A punto de alcanzar la pared amarilla de la oficina, acordarme de ti. Hace dos meses que no te veo, y el camino es el mismo que la última vez. Los mismos árboles, el mismo tránsito hacia nuestra cita habitual. ¿Qué estarías haciendo? ¿Cómo estarías? ¿Estarías? Tres segundos después, ver un cuerpo caminar a mi encuentro. Desde lo lejos, sin prisa, divisar tus facciones, tu forma de andar, la expresión que creí varada en el fondo de mi cerebro de un modo fotográfico. Eras tú, sin duda.

Te detienes frente al cristal del bar. En otros tiempos habría tenido que pasar frente a ti -frente al bar-, pero hoy mi recorrido acaba un poco antes, justo en el portal contiguo. Te quedaste esperando quizás a que pasara; entré a Correos a recoger mi libro, a la salida ya tendría tiempo de saludarte, de preguntarte qué tal el verano, las vacaciones, la familia. Una conversación rutinaria, sin sobresaltos. La misma sensación de que pocas cosas han cambiado. Engañarme pensando que todo puede ser mínimamente distinto tras dos meses de ausencia mutua.

Dos minutos apenas dentro de la oficina. Libro en mano: mujeres y siglo XIX. Al salir ya no estás. Miro un poco más allá, pero me niego a seguir buscándote. Demasiado sol, demasiado vapor, la plazoleta vacía de palomas. Sonrío y deshago el camino de vuelta. La realidad cotidiana a veces tiene estas cosas.

GROUND ZERO

•septiembre 11, 2011 • 6 comentarios

Aquí estaban, hace diez años y unas horas, la Torre Norte y la Torre Sur del World Trade Center, en New York. Estas son imágenes de mayo pasado.

Hace diez años, aquel 11 de septiembre, estaba yendo a clase con mis estudiantes de la Facultad de Periodismo. Era incapaz de creer lo que sucedería minutos después de haber llegado a la Universidad. Cuando me dijeron sobre el impacto de los dos aviones, pensé que era un artilugio para saltarse la clase; incluso me pareció risible por lo hiperbólico. Cuando al acabar la lección supe del colapso de las Torres Gemelas, me quedé sin palabras. Era como asistir a una película catastrofista hollywoodense. Las imágenes fueron espantosas. En un país como Cuba, donde siempre uno tarda horas en ver las grabaciones y reportajes y donde la información está tan filtrada (para bien y para mal, puesto que el amarillismo está censurado), yo tenía la suerte entonces, al ser profesor universitario, de tener acceso a sitios de internet desbloqueados por el Gobierno, como CNN o algunos diarios españoles. Horas más tarde, la televisión hizo una cobertura bastante grande del suceso.

Diez años después, aún me conmociona el hecho. En mi último viaje a NYC me acerqué al lugar. Siempre he tenido mal estómago para el morbo, de ahí que nunca he sentido fascinación por acudir al antiguo emplazamiento de las torres. No obstante, con mucha cautela fui a un lugar en obras, donde aún se construía (o se construye) el Memorial a las miles de víctimas del atentado terrorista. La consternación, dicen, es como una marca en la piel difícil de borrar. No es tanto lo que vi sino lo que recordé, lo que recreé en mi cabeza. Esa tarde apenas pude comer. Un terrible coro de voces, de murmullos, de gritos, una energía tremenda, un sonido de acero y piedra, sigue apoderándose del lugar. Si uno se detiene y escucha, en medio del ruido incesante de la ciudad, puede aún encontrar ese eco. Un eco que no abandonará jamás la memoria de quienes de algún modo también “vivimos” en New York aquel 11 de septiembre de 2001.

SIN IR MÁS LEJOS

•septiembre 10, 2011 • 9 comentarios

Los recuerdos más intensos que tengo de mi niñez son olfativos. Caminar por las populosísimas calles de La Habana y respirar todo ese aire cargadísimo, caliente. Desde los solares de Regla hasta el olor a gas y a humedad del sótano del edificio donde nací, en el Vedado. Es curioso cómo siendo niño ya tenía una conciencia futura del recuerdo: me parece estar aún subiendo (creo que por única vez) la escalera mecánica de la tienda Fin de Siglo, o pararme frente a una de esas vidrieras de las calles San Rafael o Galiano, con sus escaparates que me parecían tan ajenos, los maniquíes cogiendo polvo, los mostradores con sus tapas de cristal grueso y el aire cargado de un olor a madera o a cajas de cartón o cola de pegar. Entonces me decía: “esto mismo algún día lo podré recordar con nitidez, así que presta atención a cada cosa”. Obispo y San Rafael dejan una sensación parecida en mi memoria: la enorme oleada de personas, con sus olores respectivos (talcos, desodorantes, perfumes, colonias, lociones, sudores) caminando en direcciones opuestas, los huecos de las calles y aceras con sus incrustaciones de churre, algún que otro charco, el eco tremendo repicando en los edificios antiguos de una piedra porosa, un eco parecido al de un hormiguero mezclado con los silbatos de los afiladores de cuchillos, los pregones de los vendedores de periódicos o los gritos del vecindario. Y en medio de aquella ola, un intenso olor a comida, a frijoles ablandándose, a especias, a sirope de granizado, a musgo en la pared, a zanja y agua albañal, que se lanzaba sobre mí con la lengua de fuego del trópico.

No podría olvidar nunca el implacable olor de la bahía, el petróleo que se adosaba a la parte inferior de las lanchas o a los pilotes y los muros… olor que llegaba hasta mi propia casa en días de cierta brisa. Tampoco el del humo contaminante y asfixiante de las guaguas, cuyos motores recuerdo aún, empinándose en medio de las calles. O la grasa de los pollos y cartones de los Pío Pío, el claustrofóbico olor de los ascensores de principios de siglo, la exquisita fragancia de violetas que mi madre guardaba en uno de los aparadores; el olor a limpio, entonces asociado con los jabones Nácar y Lux y los champús Fiesta; el olor a chícharo y huevo y marquesitas de la cocina de mi escuela primaria, el olor a tierra húmeda y papas del puesto de viandas y vegetales del doblar de mi casa; el olor del palmiche de la única palma sobreviviente del Parque de Las Madres; el de los tanques de aceite del puerto, donde solíamos ir a jugar a escondidas de nuestros padres; el olor a queso fundido y tomate de la pizzería Portobello o el de la letrina colectiva de mis primeros años en Rafaelli.

De alguna manera siento que mi niñez ha sido un evento necesariamente olfativo. Que mis recuerdos no serían los mismos si no estuvieran asociados con un perfume, una esencia, una fetidez o un simple olor que no pretendo clasificar. Esos mismos olores regresan a mí constantemente, como si me dieran una bienvenida continua al pasado. Y a pesar de sus distintos perfiles, todos son olores dulces que me conceden respuestas, que me enseñan el privilegio de haber sido testigo de un tiempo valioso. El privilegio de haber vivido y de poder contar con tanto detalle todos los eventos, los paisajes, las personas que vi y conocí. Como en esta canción de Martha Valdés cantada por Elena Burke, parece que esos recuerdos también apuntan hacia mí: “las cosas más absurdas me resultan claras, camino cuadras y cuadras cantando en voz alta, nadie se explica, nada me pasa…”

NADIR EL PESCADOR

•septiembre 7, 2011 • 4 comentarios

Ni Caruso ni Björling ni Gedda ni Kraus ni Domingo… ni siquiera en francés original en que está escrita la letra… el verdadero espíritu de esta aria está en la voz de Beniamino Gigli, una de las voces más hermosas y dotadas que he escuchado: “Je crois entendre encore”, de Les Pêcheurs de Perles, de Georges Bizet. Aquí en esta interpretación de 1929:

Esta tarde he leído sobre la trágica muerte de Salvatore Licitra (1968-2011) en un absurdo accidente de tráfico en el sur de Italia. Recuerdo aún su interpretación en italiano de esta aria, “Mi par d’udire ancora”, que me saca las lágrimas sin apenas darme cuenta.

Hoy no transcribiré la letra del aria… sólo quiero que escuchéis esta confesión de amor de Nadir a Leïla, desde lo profundo. En esa oscuridad donde los pescadores encuentran sus perlas más auténticas.

VERANOS CONGELADOS

•agosto 27, 2011 • 3 comentarios

A veces me sorprendo al constatar cuánta diferencia existe entre el recuerdo nítido de tiempos distantes que conservo en mi memoria, y las imágenes “reales”, plasmadas en soporte tecnológico, que existen de ellos. Los míos no son recuerdos fabricados, puedo definir piedra a piedra, bocanada a bocanada, cada evento que he vivido, cada hecho presenciado. De niño siempre dijeron que tenía yo un gran don -ciertamente exagerado- para recordar, aunque con los años ese don haya podido convertirse también en castigo para las personas implicadas en acontecimientos no siempre agradables. Últimamente he sentido la necesidad de evocar de una vez todos esos momentos, tal vez con el ánimo de exorcizarlos, tal vez para compartir esos fragmentos de realidad, o como un reto de fabulación para ver hasta qué punto soy capaz de dar forma viva a lo que hoy -muy probablemente- muy pocos recuerden o quizás nadie.

Voy a comenzar por cosas muy simples. Esta noche he revisado dos películas cubanas filmadas a finales de los ’80 y principios de los ’90 en el barrio donde crecí, en Regla. He conseguido hacer cuatro capturas de pantalla: dos de María Antonia (1990), de Sergio Giral; dos de Madagascar, de Fernando Pérez (1994).

La primera de las imágenes es de la calle donde crecí, Rafaelli, tal como era sobre 1989, antes de yo mudarme definitivamente de aquel lugar. Recuerdo perfectamente el momento de la filmación: regresaba yo de la escuela, y estaba la cuadra entera repleta de gente hacia las esquinas, mientras despejaban la calle para que los personajes transitaran, y recuerdo aquel muchacho joven vestido de monaguillo con aquel incensario… Esa era la escenografía natural de mi calle: no hizo falta ningún otro decorado.

En la segunda foto se ve una puerta: nada menos que un close up sobre la ya inexistente aldaba del portón principal de la casa de la calle La Piedra, donde murió Luisa Pérez de Zambrana en 1922, en franco estado ya de deterioro (hoy es una auténtica ruina). Lo recuerdo hoy como era entonces, como recuerdo las sombrías estancias del caserón.

Las últimas fotos corresponden a la famosa línea del tren de Regla, la calle 27 de Noviembre, con la cámara enfocando desde la calle Martí hacia las calles Bazo y Benito Anido. Al fondo de las fotos puede “intuirse” el estadio municipal de béisbol, donde solía pasar tantas tardes jugando voleibol o baloncesto en sus canchas contiguas, o haciendo atletismo en la pista. Con suerte, si algún día alguien rescata una serie cubana de aventuras de los años ’80, “Los campeones” (conocida también como “Los pequeños campeones”), puedan divisarme en uno de los capítulos finales, corriendo sin camisa, blanquito y delgadísimo como siempre, con un pantalón corto y mi pelo castaño liso, entrando y saliendo como figurante casual, con el entusiasmo de un niño inquieto (lo que exactamente era).

Todas estas imágenes siguen clavadas en mi cabeza como si las hubiera vivido ayer mismo. La bruma que atraviesa las capturas de pantalla no tienen que ver para nada con la lucidez de mis recuerdos. Imágenes que, mientras pasan más los años, devienen evocaciones, reconstrucciones cada vez más abigarradas e increíblemente dulces de lo que en realidad fueron. La memoria es un animal bastante travieso. Y feroz, muy feroz.

HAMBRIENTOS Y ALOCADOS

•agosto 25, 2011 • 2 comentarios

“Stay hungry, stay foolish”: así podría titularse este discurso de Steve Jobs en la Universidad de Stanford en la clausura del curso escolar el 12 de junio de 2005. Casualmente, hoy Steve Jobs ha dejado de ser el Consejero Delegado de Apple, casi seguro por problemas de salud, o quizás porque esté siendo fiel a lo que predica en estas palabras. Lo que entonces pronunció delante de los estudiantes es hoy una lección de vida, de su propia vida proyectada en los demás desde el triple relato sobre su teoría de los puntos, sobre el amor y la pérdida, y sobre la muerte.

Hoy es un día especial para mí, se unen dos efemérides que han marcado mi vida en los últimos años; hasta 1999 era un día cualquiera, pero los días también van alcanzando significados según vivimos. De pronto hay fechas en el calendario que uno marca en rojo casi involuntariamente, a través de la felicidad o del dolor. Hoy es uno de esos.

También es la única forma de constatar que al menos la vida no pasa sin que nos demos cuenta.

JUST LIKE A WOMAN

•agosto 24, 2011 • 1 comentario

Agosto es un mes para ausencias. En este hemisferio el calor es excesivo para lo que puedo tolerar, así que prefiero estarme tranquilito, incluso hablar sube más la temperatura.

Sentado en mi sofá rojo, escucho esta inolvidable versión de “Just Like a Woman”, de Bob Dylan, en la voz de Jeff Buckley (1966-1997). Una voz de culto para una tarde de agosto bajo el efecto de la canícula madrileña.

Nobody feels any pain
Tonight as I stand inside the rain
Ev’rybody knows
That Baby’s got new clothes
But lately I see her ribbons and her bows
Have fallen from her curls
She takes just like a woman, yes she does
She makes love just like a woman, yes she does
And she aches just like a woman
But she breaks just like a little girl.

Queen Mary, she’s my friend
Yes, I believe I’ll go see her again
Nobody has to guess
That Baby can’t be blessed
Till she finally sees that she’s like all the rest
With her fog, her amphetamine and her pearls
She takes just like a woman, yes she does
She makes love just like a woman, yes she does
And she aches just like a woman
But she breaks just like a little girl.

It’s was raining from the first
And I was dying there of thirst
So I came in here
And your long-time curse hurts
But what’s worse
Is this pain in here
I can’t stay in here
Ain’t it clear that.

I just can’t fit
Yes, I believe it’s time for us to quit
When we meet again
Introduced as friends
Please don’t let on that you knew me when
I was hungry and it was your world
Ah, you fake just like a woman, yes you do
You make love just like a woman, yes you do
Then you ache just like a woman
But you break just like a little girl.

LA ILUSIÓN Y LA DERROTA

•agosto 3, 2011 • 4 comentarios

“L’equip petit”, de Roger Gómez y Dani Resines, es la conmovedora historia de un equipo de fútbol de alevines de primero y segundo, que durante todo el campeonato escolar no consiguieron meter un solo gol. Una verdadera lección de pundonor, de esperanza, de respeto y de alegría de vivir.

Sin duda, tengo que conseguirme la camiseta de este equipo.

 
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