ERRORES MARAVILLOSOS

Anota el teléfono la noche anterior en un trozo de papel: 626 xxx xxx. Anota el nombre de la chica: Amanda. Bebe un vaso de agua y se va a dormir. Encontrar piso en Madrid, dadas las condiciones actuales, no debe ser algo difícil.

Amanece y se despierta a media mañana. Se toma la pastilla. Espera media hora para desayunar. Recuerda que lo primero que debe hacer es llamar a la tal Amanda, concertar una cita para ver el piso. Coge el móvil, el trozo de papel y marca. Primer intento: “el número al que usted llama está apagado o fuera de cobertura en este momento”. Aprovecha para revisar el email. La carpeta de spam tiene 720 mensajes en menos de nueve horas. Pasan diez minutos, coge de nuevo el teléfono y se atreve a marcar de memoria. Timbre. Rápidamente sospecha y comprueba con el papel que ha marcado un número equivocado, en vez de 626 ha marcado un 629… Cuelga al momento después de un tono apenas. Llama al número correcto y le sale Amanda, una graciosa chica argentina. Puede ir al piso esta misma tarde, pero lo recibirá el portero del edificio, Amanda está trabajando en Buenos Aires. Quedan para la próxima semana, los contratos desde la distancia no son fiables en los tiempos que corren.

Cinco minutos después suena su propio móvil. Un 629 xxx xxx:

-¿Sí? -responde.
-Hola -dice una voz al otro lado. Una dulcísima voz que parece esperar una llamada y tal vez sea esta.
-Hola, dígame- insiste, a secas.
-He recibido una llamada suya desde este móvil…
-¡Ah sí!, perdone, ha sido una equivocación. Marqué un número equivocado. Disculpe. Buscaba a otra persona.
-Ah vale.- La voz hace una pausa de cinco segundos, como quien piensa la siguiente frase o como quien se ha entretenido en otra cosa… -Comprendo, no pasa nada.
-Lo siento. Buen día, adiós.

Cuelga el móvil y se queda pensando en esas maravillosas casualidades que le permiten conocer esas dulcísimas voces inesperadas al otro lado del teléfono. Piensa en la fugacidad de estos encuentros. Imagina el rostro juvenil con vestigios adolescentes, tras la voz; la delicadeza más absoluta, el tono lúdico y desapacible como un pequeño gorrión que intenta guarecerse del frío (¿de Madrid?). Siente una pequeña necesidad. Aunque se ha quedado en su salón, absolutamente descolocado, no tendrá valor para volver a llamar. Lo dejará fluir. Sin más. Como otro accidente cotidiano. Aunque sabe que cuando desee escuchar de nuevo esa voz sólo tiene que marcar el mismo número de teléfono. Sí, a fin de cuentas es sólo eso: un simple error, un número equivocado.

Anota en sus contactos el número de Amanda, el único nombre (¿verdadero?) que conoce. Seguirá buscando piso.

~ por Félix Hangelini en diciembre 19, 2011.

6 comentarios to “ERRORES MARAVILLOSOS”

  1. Es increíble como pequeñas casualidades nos pueden dejar una noche sin dormir e imaginando mil cosas que nos gustaría que sucediesen.

    Desde luego, me ha encantado.🙂

  2. Me gusta. Me gusta mucho. Llámame 305….

  3. Genial… Pero ¿es realmente falta de valor? Muchas veces es la desgana en la que caemos pensando que “como siempre” -nos decimos a nosotros mismos- acabará de esa misma manera: desilusión…
    Pero si has guardado ese teléfono, es porque aunque nunca llegues a descubrirlo, quieres poder saber si ese interrogante no es otro “como siempre”.
    Buenas noches, Félix.

    (Me intento suscribir, con el mismo correo, aunque ya me llegó el aviso).

    Adriana (a.k.a. Caliophe).

  4. Por cierto, ¡hoy me acordé de esta entrada!:

    Temporalmente trabajo en una fábrica para pagarme la carrera de música y desde hace semanas, de manera más o menos aleatoria pero frecuente, me cruzo en el trayecto desde mi casa al autobús que me lleva con un chico. Nos hemos mirado todas las veces que nos hemos cruzado (siempre minuto arriba minuto abajo) y hemos ido “descubriendo” más camino el uno del otro: si yo llegaba más tarde él me veía más cerca de mi casa, y si yo salía antes me lo encontraba más arriba… así que nos hemos ido dibujando el uno para el otro la incógnita de desde dónde venimos y hacia dónde vamos.

    Hoy, tras una semana (semana de descanso laboral), iba pensando dónde lo vería. Y no lo veía. He llegado a la parada del autobús y justo cuando estaba pensando “si ahora hubiera pasado sabría que mi destino es éste cada vez que nos vemos”, he visto un chico en una bicicleta que ha cruzado el semáforo hacia donde estaba yo de pie y ha entrado a la acera pasando justo delante de mí, mirándome: era él. Ha modificado el trayecto, y la pregunta es, ¿por qué? Si hubiera hecho el trayecto que hace siempre no le habría visto porque entonces no tendría que haber cruzado ese semáforo en dirección opuesta.

    Mañana pasará, pero yo estoy en el centro de Barcelona, no cojo ese autobús, y pasado tampoco. Y el viernes probablemente será el último día que nos veamos porque se me acaba el contrato y no renovaré.
    A diferencia de ti, yo no tengo un teléfono, tengo un horario y un trayecto. Y así pensamos, “el viernes acabará otra curiosa y anecdótica historia más”.

    Adriana.

  5. Adriana, creo que has de levantar la mano y saludar. No te quedes con esa duda. Detenlo y pregúntale su nombre y una forma de contacto para que podáis conversar, que el silencio es elocuente pero no despeja según qué dudas. Si os volvéis a ver el viernes, no vaciles y saluda, un simple “hola” puede romper hielos impensables. Hazlo, no te quedes con el “y si…” dentro. Los chicos muchas veces solemos ser más tímidos que las chicas.

  6. Esto me recuerda el cuento de García Marquez , el del avión de la bella durmiente. Aquel en donde el le vela el sueño durante todo el viaje mientras se imagina una vida juntos y cuando se termina el trayecto ella se levanta,se maquilla, se pierde de su vista y ni le agradece el insomnio. Todos hemos vivido un poco de esto y es raro pero verdad que es maravilloso….

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