TODO LO QUE NECESITAS ES UN POCO DE BELLEZA

A los quince años se sentó en su cama del albergue en el internado. Sin televisión ni móviles ni ordenadores, ni siquiera radio ni fax, sólo un teléfono institucional con acceso limitado que usó una sola vez en tres años. Todavía nadie imaginaba lo que podía ser internet: los laboratorios de computación eran ya de por sí noticia, como aprender a programar en Turbo Pascal en aquellas máquinas con pantallas de fondo negro. Sólo libros, papeles, lápices, apuntes para exámenes (un examen cada semana, trece materias distintas al año), libretas rústicas sin ningún tipo de dibujo añadido. En el albergue, duchas de agua fría (cuando subía el agua al cuarto piso), colchonetas de guata de 5 cm de grosor, frazadas de piso en ripios y un uniforme (con una sola camisa de repuesto) para casi dos semanas. El pelo corto, las taquillas sin candados, los baños sin puertas, la comida escondida (de ladrones e insectos), las botas de trabajo con restos de tierra descansando en una zona oculta sobre unos periódicos viejos. La cama tendida, la sábana impecable, con olor a limpio agrio (a jabón sin procesar). Las toallas semiharapientas colgadas al costado de la cama. El aire del campo metiéndose por los ventanales y celosías y el olor a fango, a sol y a veces a estiércol o hierba quemada atravesando paredes. Ni una sola nevera, ni un calentador de agua, ni un ventilador siquiera. El incesante ruido nocturno de los mosquitos y las colonias de ranas y murciélagos.

Tenía quince años y a su alrededor sus compañeros crecían, correteaban, estudiaban, explotaban la juventud, jugaban a pasatiempos inventados (con monedas, dados, cubiletes o con simples pelotas de goma), esculpían sus cuerpos, hablaban de novias y amores platónicos, casi ninguno de futuro. El futuro a los quince años no es más que un día, una semana, un mes o como mucho un verano después. No se es consciente de la belleza de esa edad, la belleza propia de la piel, de la mirada, de la propia inocencia, de la idea espontánea. Nos detenemos demasiado en escudriñar el entorno con aires de gente mayor, queriendo siempre crecer, romper todo obstáculo; es evidente que entonces todo parecía más fácil, se manejaba siempre una vía más directa y una solución más lógica para todo. Sufrir era otra cosa: quizás la imposibilidad de no tener lo que uno soñaba, la ansiedad de todo límite. Se tiene un inmenso pánico a la fustración.

Tenía quince años. No era un chico hermoso, probablemente nunca lo fue. Delgado, con gafas, demasiado común, demasiado blanco, de labios gruesos y boca grande, ni siquiera con vello facial suficiente para una cuchilla de afeitar. No conocía el amor. No entendía esos códigos, aunque siempre diera los mejores consejos a sus amigos. Jamás soltó un taco. Le llegaron a tomar mucho afecto. Gente que no ha vuelto a ver, otras que sí, nada fuera de lo habitual.

A los quince años se sentó en su cama y pensó que la única belleza que entonces necesitaba estaba en sus libros. En llegar a entender toda aquella realidad, la propia y la ajena. Todo lo demás le sobraba. Incluido su propio cuerpo.

A los quince años -según las normas del mundo posterior- eligió el camino equivocado. (La felicidad siempre es otra cosa.)

~ por Félix Hangelini en noviembre 6, 2011.

2 comentarios to “TODO LO QUE NECESITAS ES UN POCO DE BELLEZA”

  1. Me ha impactado tu descripción, pero más que nada la imagen de la ventana de esa barraca/albergue de la escuela al campo.

  2. Jajaja, tú mejor que nadie sabes que es un Emilio Sánchez!!! Por ti lo conocí!😉

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