RETRATO DEL MONSTRUO

“Mi nombre es K. Tengo 34 años. Soy semivegetariano, abstemio total y no fumador. Jamás he probado el efecto de ninguna droga salvo la literatura que estudio o cierta música del siglo XVIII o XIX. No creo en la virtualidad, para mí las relaciones humanas necesitan de un obvio contacto físico, al nivel que sea. A estas alturas de mi vida lo que piensen los demás sobre mí me da absolutamente igual (siempre me ha importado poco). A los 18 años, recién salido del Servicio Militar Obligatorio, me dejé crecer el pelo casi hasta la cintura (por temporadas lo sigo llevando largo). A los 19 me horadé los lóbulos de las orejas sólo porque lo quise, a contracorriente, aunque sólo llevo un pendiente hoy en recuerdo de mi madre. A esa edad, a los 19, me enamoré por primera vez (algo que sólo ha ocurrido dos veces en toda mi vida, cada vez con mayor intensidad). Siempre he sido muy delgado; sé que me ha afectado en mi autoestima física, y hoy -ya asimilado el hecho de que no engordo ni aunque me llenen de aire- lo veo como un enorme privilegio en relación con los chicos de mi edad. Siempre he sido muy blanco de piel, por eso las alergias y los lunares se me han notado más. Soy una especie de eremita. Soy monógamo. Soy perseverante y extremadamente competitivo. Creo en ciertos conceptos quizás de otras épocas, porque me reconozco fácilmente en los textos que leo, aunque no me hace mucha gracia. En el XIX probablemente hubiese sido un tísico común.”

Si alguna vez alguien se presenta así y te extiende su mano, te aconsejo huir. Huir, de cualquier modo, con cualquier pretexto. Quien así habla es un monstruo que se ha inventado a sí mismo a lo largo de los años, y no tendrá absolutamente ninguna piedad contigo ni con lo que piensas. Ni siquiera con tu olor. Diseccionará tus gustos cuando menos te lo esperes y te dejará en la total desprotección una vez que te fíes. Aunque no hará escarnio público de lo que le confieses (eso sí, este tipo de monstruo es sumamente leal y generoso por naturaleza), recordará todas y cada una de tus palabras, incluso cuando tú mismo las hayas olvidado. Te recitará poemas de memoria como quien lee su propia vida y si te descuidas algún día te tocará una fibra dolorosa que nunca esperaste tener. No podrás mirarle a los ojos sin sentir que te pregunta cosas de las que no has hablado y que no quieres contar o responder. Te invadirá. Te hará sentir que eres lo único que existe, si se lo propone. Te apoyará en todos tus sueños, incluso los imposibles, y a cambio sospechosamente no te pedirá nada. Creerás que la ternura que te da es especial para ti, cuando es otro rasgo de su comportamiento habitual. Creerás que cada palabra que te dice las elige cuidadosamente con algún macabro fin que nunca verás. Te equivocarás frecuentemente. Patinarás siempre entre tantos significados. No será nada de lo que esperas, y si no esperas nada de él, se transformará en todo aquello que te sorprenda.

En esencia, ese tipo de monstruo es la raza más frágil que ha existido. Frágil a la belleza, a pequeños gestos de seducción, frágil a la espontaneidad y a la risa como una bocanada intensa de vida. Casi todos los monstruos que han existido han obrado en ese tipo de sombras. Se esconden en sus refugios a escribir sobre realidades que sólo ellos comprenden, o piensan comprender. Los que aparentemente se han dado a la vida son unos grandes mentirosos; no les creas. Ni Baudelaire pasó su vida en lupanares ni Whitman salió nunca de New York y proximidades… ni siquiera bebía alcohol ni tuvo los amantes que decía. Cada desorden literario implica un orden vital exquisito, meticuloso. Ninguno en realidad fue bello (salvo Keats o Byron; no cuenta la animal simetría de Wilde). Ninguno coqueteó con perfecciones. Ninguno fue feliz o al menos ninguno expresó cabalmente su felicidad. Todos murieron inconformes.

Cuando se acerque un muchacho y te muestre una gran sonrisa, con su pausa introspectiva y la apariencia frágil de un adolescente o de un joven de veintipocos y te diga “¡Hola! Me llamo K. Tengo 34 años…” no le respondas: es una trampa. Un artilugio para que rompa un deslumbramiento. Aunque la trampa que usa para capturarte es la misma que te dejará para siempre en los oscuros laberintos de su imaginación.

~ por Félix Hangelini en noviembre 2, 2011.

8 comentarios to “RETRATO DEL MONSTRUO”

  1. Chapeau! Félix, menudo monstruo, enamora. Dónde has dicho que se le puede ver?
    Un abrazo

    • Joaquim: hacedme caso y huid, que sé lo que os digo. Yo huiría, aunque sólo fuera por pena. Ahora entre nos, me gustan las reacciones encontradas que ha tenido esta entrada, escrita ex profeso con cierto lenguaje de la paranoia. Siempre digo que hay que aprender a leer entre líneas, sobre todo a textos escritos de forma ‘monstruosa’. Un abrazo!

  2. Es extraño. Si el monstruo era Hyde (creo que) también tengo parte de Jekyll (pero) cada vez en menor proporción (o eso me han dicho).

    Por otra parte no sé si es tan malo vivir otras vidas y probarme otros nombres, colándome en el traje y la piel de todos los hombres (parafraseando a Sabina). Quizás sea una forma de supervivencia (que no escapismo) creada inconcientemente.

    Un abrazo!

  3. Gabi, no había caído en que tú también tienes 34 años, ¿me equivoco? Al final no es como parece. Este monstruo no tiene un Jekyll y un Hyde, no oculta nada salvo su profunda observación y silenciosa asimilación. El supuesto peligro radica en la inquietud que genera, cuando casi todos los personajes del mundo de hoy responden a estereotipos fijos y el monstruo se sale del cuadro. Un abrazo!

    • Que me faltan 3 todavía, y si se cumple la predicción maya no llegaré (pero eso no depende de mí)😉

      Lo desconocido, aquello que perturba y mueve los cimientos de los preconceptos siempre es peligroso, y quizás por ello atrayente, una vía de escape a lo preestablecido. En la grecia antigua a los “monstruos” se los llamaba “prodigios”.

  4. No creo en tal monstruo, sino en alguien muy muy muy especial que como todos necesita ser feliz, y si fuera un monstruo lo es de la belleza, de la justicia, de la entereza en todos los aspectos, de la verdad, de esa que tantas veces duele escuchar o sentir.
    Quizás aparezca otro “monstruo” que lo entienda y le haga pensar diferente.
    Besos y un abrazote…

  5. Ese perfil de monstruo es de los que hacen que un sapiosexual ancle. 🙂

  6. Es un placer conocerte, K!

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