SIN IR MÁS LEJOS

Los recuerdos más intensos que tengo de mi niñez son olfativos. Caminar por las populosísimas calles de La Habana y respirar todo ese aire cargadísimo, caliente. Desde los solares de Regla hasta el olor a gas y a humedad del sótano del edificio donde nací, en el Vedado. Es curioso cómo siendo niño ya tenía una conciencia futura del recuerdo: me parece estar aún subiendo (creo que por única vez) la escalera mecánica de la tienda Fin de Siglo, o pararme frente a una de esas vidrieras de las calles San Rafael o Galiano, con sus escaparates que me parecían tan ajenos, los maniquíes cogiendo polvo, los mostradores con sus tapas de cristal grueso y el aire cargado de un olor a madera o a cajas de cartón o cola de pegar. Entonces me decía: “esto mismo algún día lo podré recordar con nitidez, así que presta atención a cada cosa”. Obispo y San Rafael dejan una sensación parecida en mi memoria: la enorme oleada de personas, con sus olores respectivos (talcos, desodorantes, perfumes, colonias, lociones, sudores) caminando en direcciones opuestas, los huecos de las calles y aceras con sus incrustaciones de churre, algún que otro charco, el eco tremendo repicando en los edificios antiguos de una piedra porosa, un eco parecido al de un hormiguero mezclado con los silbatos de los afiladores de cuchillos, los pregones de los vendedores de periódicos o los gritos del vecindario. Y en medio de aquella ola, un intenso olor a comida, a frijoles ablandándose, a especias, a sirope de granizado, a musgo en la pared, a zanja y agua albañal, que se lanzaba sobre mí con la lengua de fuego del trópico.

No podría olvidar nunca el implacable olor de la bahía, el petróleo que se adosaba a la parte inferior de las lanchas o a los pilotes y los muros… olor que llegaba hasta mi propia casa en días de cierta brisa. Tampoco el del humo contaminante y asfixiante de las guaguas, cuyos motores recuerdo aún, empinándose en medio de las calles. O la grasa de los pollos y cartones de los Pío Pío, el claustrofóbico olor de los ascensores de principios de siglo, la exquisita fragancia de violetas que mi madre guardaba en uno de los aparadores; el olor a limpio, entonces asociado con los jabones Nácar y Lux y los champús Fiesta; el olor a chícharo y huevo y marquesitas de la cocina de mi escuela primaria, el olor a tierra húmeda y papas del puesto de viandas y vegetales del doblar de mi casa; el olor del palmiche de la única palma sobreviviente del Parque de Las Madres; el de los tanques de aceite del puerto, donde solíamos ir a jugar a escondidas de nuestros padres; el olor a queso fundido y tomate de la pizzería Portobello o el de la letrina colectiva de mis primeros años en Rafaelli.

De alguna manera siento que mi niñez ha sido un evento necesariamente olfativo. Que mis recuerdos no serían los mismos si no estuvieran asociados con un perfume, una esencia, una fetidez o un simple olor que no pretendo clasificar. Esos mismos olores regresan a mí constantemente, como si me dieran una bienvenida continua al pasado. Y a pesar de sus distintos perfiles, todos son olores dulces que me conceden respuestas, que me enseñan el privilegio de haber sido testigo de un tiempo valioso. El privilegio de haber vivido y de poder contar con tanto detalle todos los eventos, los paisajes, las personas que vi y conocí. Como en esta canción de Martha Valdés cantada por Elena Burke, parece que esos recuerdos también apuntan hacia mí: “las cosas más absurdas me resultan claras, camino cuadras y cuadras cantando en voz alta, nadie se explica, nada me pasa…”

~ por Félix Hangelini en septiembre 10, 2011.

9 comentarios to “SIN IR MÁS LEJOS”

  1. Qué de recuerdos que me han traído esos olores! Gracias.

  2. Me alegro mucho, Marianne. Si lo deseas, puedes compartir los tuyos. Un abrazo.

  3. He olido contigo, Félix. Tienes una memoria impresionante. Me acordé del Pío Pío y el de la bahía muy fuerte.Un beso

  4. regreso para ponerte cuatro olores: el de la escalera de mi casa cuando bajaba mi vecina los sábados en la noche (era olor a perfume “bueno”); el olor de la bodega, que era olor a saco de yute; el olor a la ropa usada que me regalaba una amiga puerrtorriqueña (que ahora reconozco como olor a suavizante de ropas) y el olor más cercano a la navidad que tuve en la infancia, el olor a manzanas en la bodega. Ese último, no deja de sorprenderme siempre cuando voy al mercado y me lleva la bodega de 10 y Línea en la tarde noche, con su luz amarilla (si mal no recuerdo, costaba 5 pesos la libra de manzanas).

  5. Chary, sólo el que lo ha vivido lo sabe, ¿no es cierto? Lo del olor a saco de yute era muy típico también de mi bodega, junto con el olor a alcohol y a jabón de lavar y café en paqueticos. Y el olor a nevera y leche congelada de la lechería. Yo no recuerdo manzanas en mi infancia, pero sí recuerdo las compotas de manzana.

  6. Félix no hi ha dubte que quan sentim una olor que ens evoca records i imatges és un moment màgic. Com l’olor dels rostolls cremats que de seguida em fa pensar en les meves estades al poble dels meus pares, la d’una colonia infantil que de primer em portava la meva infantesa i amb els any m’ha portat la dels meus fills – aquesta fragància sembla que perdurarà al llarg dels anys-. La del bon cafè acabat de fer. La de la terra mullada després d’un bon xàfec, és de les millors, sembla que tu també hagis de fer net juntament amb la natura. Per acabar una de les més intenses: quan una persona estimada la relacionaves amb una colonia o perfum i després quan ja no hi és i en el teu viure del dia a dia, retrobes aquella olor en una altra persona… gairebé fa mal.
    Una abraçada

    • Carme, es increíble, yo recuerdo mucho el olor de mi abuela paterna y el de las dos bisabuelas que conocí. Sobre todo el de mi bisabuela Emelina, que era un olor muy dulce que al recordar me trae muchísima paz. Cuando pienso en ella, recuerdo también el olor de la zambumbia, que mi bisabuela hacía de la borra del café para que yo tomara siendo niño. 🙂

      • Les olors de la natura donen pau. Les olors que ens evoquen persones estimades, que de vegades ja no hi són, trasbalsen però cal rebel’s com regals que ens dóna el viure i és que els nostres sentits són això, la VIDA. Una abraçada

  7. Qué bonita entrada ésta.
    Y sabes cuál olor siento yo constantemente? el olor a ti, el de pequeñito, el de niño grande, el de hijo lejos….
    Te quiero mucho!!!

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