UNA CIUDAD CRUEL

Miami es justo como pensaba, como siempre la había imaginado: amplias avenidas bañadas de sol, letreros verdes, semáforos aburridos, coches a toda velocidad, un conglomerado de cemento y árboles y pequeños lagos que se anuncian o se esconden al viajero. Miami es gris y a la vez pintoresca. Desde niño siempre creí que este era un sitio donde la gente intenta vivir una vida que ni siquiera soñó, y al mismo tiempo alcanza ciertas cosas que nunca pudo tener. Miami no es tan latinoamericana como me decían: es tan cubana como pensaba. Desde el mismo instante en que se pisa el aeropuerto, uno parece estar llegando a un sitio semejante a La Habana, de una naturaleza sospechosamente idéntica, un mundo donde los excluidos intentan hacerse crecer las alas y construirse a sí mismos un concepto que al menos linde con la felicidad.

No sé si me gusta o no esta ciudad, precisamente porque es justo lo que había pensado de ella. Nada me sorprende, ni a favor ni en contra. Camino por una geografía familiar, en un clima completamente conocido, aunque simule ser “otro”. Miami representa quizás esa ansiedad de un país, la necesidad de la alternativa y la falsa realización de quienes no se percatan de que, como decía Kavafis, la ciudad va con uno, y si uno “arruina” su vida en el origen, la ha arruinado para siempre donde quiera que va.

Miami, no obstante, es una ciudad cruel. Tras horas y horas en un avión que se mece con las turbulencias atlánticas, Miami aparece en un mapa de navegación, y cerca, muy cerca, asoman dos nombres: La Habana y Cuba. Saber que uno se acerca a una ciudad a apenas doscientos kilómetros de Cuba, y no poder pisar la Isla, es ya un acto severo de crueldad. Entonces Miami se revela como una sutil tortura y al mismo tiempo un remanso de tranquilidad: te advierte de aquello que no vas a pisar, y al mismo tiempo el aire de la Isla sigue aquí y nos acaricia. Saber que La Habana está ahí, a un paso, produce un indefinible dolor.

Miami es como esa vecina inquieta y chismosa que mira constantemente a La Habana y presume de opulencia, color y prosperidad. La Habana es la antigua señora desvencijada que se mece en su sillón con el viejo trono entre las manos. Miami tiene de algún modo, el halo de La Habana de los años 30 y 40. A mí, no obstante, me seduce todo lo antiguo.

Miami es una ciudad que sonríe, que coquetea y crece. Pero este sol… este intensísimo sol no tiene nada que ver conmigo.

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~ por Félix Hangelini en mayo 3, 2011.

4 comentarios to “UNA CIUDAD CRUEL”

  1. Algunas de estas ideas las he creído desde siempre, sin haber visitado esa ciudad, y no tienen tanto que ver con el entorno geográfico, sino con el entorno social, ese que define y rige nuestra vida más que el biológico. Somos animales políticos. A diferencia de ti, a mí me produce mucha tristeza ciertas constataciones. Me pasa siempre. Con frecuencia lo que sabía de antemano me golpea como un muro que surge de pronto, y me desajusta más que lo desconocido, más que lo inesperado. Toda falsa realización es más dolorosa que la imperfección y pobreza de toda una vida. Porque la falsedad necesita de la máscara que se vuelve mueca, de ademanes que, más que teatrales, esconden la verdadera miseria detrás de los carteles lumínicos, y de la misma intensa y dolorosa luz de la isla.

  2. Me encantó este post, Félix. Suerte y se te extraña

  3. Interesante como ves Miami en tan corto tiempo. Yo no logro salir de esa impresión tras ocho largos años.

  4. Bienvenida, Marianne. Sobre nuestra común impresión sobre Miami, pienso como Szymborska en su parábola, que “las verdades generales tienen ese problema” cuando se las mira sin visos de idealización. Un saludo.

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