EL CAZADOR DE CONEJOS

Un poema de Ted Hughes (1930-1998), dedicado a su primera esposa, Sylvia Plath, y recogido en su libro Birthday Letters, traducido por Luis Antonio de Villena para la edición de Lumen (Cartas de cumpleaños, edición bilingüe, Barcelona, Editorial Lumen, 1999, pp. 331-335). Los entresijos de esa historia, tan machacada en busca de culpables y víctimas, se respiran a través de líneas como estas, de una hermosa narratividad.

EL CAZADOR DE CONEJOS, Ted Hughes

Era mayo. ¿Cómo había empezado? ¿Qué desnudó
nuestros filos? ¿Qué caprichoso sesgo
de la hoja de la luna nos puso, tan temprano,
a herirnos mutuamente? ¿Qué hice yo? Por alguna razón
entendí algo mal. Inaccesible
en tu furia endemoniada, arrojados
los bebés dentro del coche, tú conducías. Seguramente
pretendimos hacer una excursión
por algún lugar de la costa, explorar algo —
Empezaste a conducir.
Recuerdo que
pensaba: Hará una locura. Y abrí la puerta de golpe
y de un salto me senté a tu lado.
Íbamos hacia el oeste. Al oeste. Recuerdo
los senderos de Cornualles, una tregua a fuego lento,
mientras mirabas, con hierro en el rostro,
algún remoto paisaje tronante
de alguna guerra no de este mundo. Yo sencillamente
te acompañaba con pies de plomo, llevaba a los bebés
y esperaba que volvieses a tu ser.
Intentamos encontrar la costa. Tú
rabiabas contra nuestra inglesa codicia en lo privado
que cerraba con vallas todos los accesos a esa costa,
ocultando el mar desde la carretera, tierra adentro.
Despreciaste los aspectos mugrientos de Inglaterra cuando al fin
llegamos.

Aquel día perteneció a las furias. Busqué en el mapa
cómo atravesar granjas y reinos privados.
Al fin una entrada. Era un día fresco,
en pleno mayo. En algún lugar compré comida.
Cruzamos un campo y llegamos a un promontorio
azul abierto al viento marino. Un acantilado de tojo,

desfiladeros llenos de zarzas y abigarrados robles.
Encontramos
un hueco de águilas, justo bajo lo alto del acantilado.
Me pareció perfecto. Alimentando a los bebés,
tu ceño germánico, moldeado como un yelmo,
no quiso traducirse. Me senté pasmado.
Yo era como una mosca fuera de la ventana
de mi propio drama doméstico. Rechazaste tumbarte ahí
indolente, odiabas el sitio.
Aquel plato plano lleno de corrientes de aire no era el océano.
Tenías que apartarte y te fuiste. Y yo
fui detrás como un perro, por el borde de lo alto del acantilado,
encima de un bosque de robles que enmarañaba el viento —
y encontré una trampa de lazo.
El relucir de un alambre de cobre, cuerda marrón, ingenio
humano,
recién puesta. Sin mediar palabra
la arrancaste y la tiraste sobre los árboles.

Estaba horrorizado. Fiel
a mis dioses campestres — vi profanada
la santidad de la cuerda de una trampa.
Tú viste dedos gordezuelos, con sangre en las cutículas,
agarrando una taza azul. Yo vi
la pobreza campesina ganando un penique,
llenando la olla del domingo. Viste con ojos de bebé
a inocentes en la asfixia, yo vi antiguas
costumbres sagradas. Veías una trampa tras otra
y seguiste arrancándolas de sus raíces
y tirándolas al bosque. Te vi arrancar
árboles nuevos, precarios y preciosos
de mi herencia, concesiones a duras penas ganadas
a la horca y el destierro
para poder vivir de la tierra. Gritaste: “¡Asesinos!”
Llorabas con una rabia
a la que en realidad no importaban los conejos. Estabas encerrada
dentro de una cámara peleando por el oxígeno
donde no pude encontrarte, ni siquiera oírte,
ni mucho menos comprenderte.
En aquellas trampas
habías capturado algo.
¿Habías capturado algo mío,
algo desconocido y nocturno en mi interior? ¿O fue
tu propio yo torturado, tu yo condenado y lloroso
que se asfixiaba? Fuera lo que fuese,
aquellos dedos terribles e hipersensitivos
de tu verso lo encerraron
y lo sintieron vivo. Los poemas, como humeantes vísceras,
llegaron blandos a tus manos.

~ por Félix Hangelini en abril 15, 2011.

2 comentarios to “EL CAZADOR DE CONEJOS”

  1. Maravilloso poema, que transluce la zanja de silencio que a todos nos aísla. Las verdades, los pensamientos, los sentimientos, no encuentran vía de expresión más que en el verso…..a quienes por privilegio o condena aún les queda ese arma

  2. Efectivamente, Eva. Y sobre todo porque muestra cómo dos personas que se aman pueden tener puntos de vista tan opuestos sobre una misma cosa. Para ella, la trampa del cazador de conejos era una afrenta a seres indefensos; para él, una tradición milenaria. En esas verdades enfrentadas coexistían. Y esa diferencia (que entendemos o no) con el otro es la que genera el mejor poema: el de él, este; y los de ella. Son dos formas muy distintas, además, de defenderse.

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