NI UN SAUCE NI UN CIPRÉS

Pocas páginas hay más duras y emotivas que las que escribiera Juan Clemente Zenea (1832-1871) en Diario de un mártir, su último texto que no alcanzó siquiera a pulir, y que tuvo que ser revisado en New York por su amigo personal Rafael Pombo, y en menor medida por Enrique Piñeyro, según consta en el libro Vida y escritos de Juan Clemente Zenea, que Piñeyro publicase a principios del siglo XX. Tan famoso por su elegía “Fidelia” -considerada la mayor de la literatura cubana, trono que comparte con “La vuelta al bosque”, de Luisa Pérez de Zambrana-, Zenea fue un poeta desgraciado, incomprendido, con una sensibilidad extrema y visionaria. Muchos años pasaron para que fuera venerado como el gran poeta romántico que fue, a pesar del enorme respeto que le tenían los poetas de su tiempo, y la activa participación en las publicaciones de entonces.

Hace un par de días regresaba a dos textos de Zenea, “En días de esclavitud” y “A una golondrina”, y me sorprendió la triste coincidencia de su tono con el de mucha literatura que vendría más tarde. Zenea, el más afrancesado y anglófilo, el más inteligente a la hora de apropiarse de la experiencia poética europea y norteamericana, el más erudito e intertextual de los románticos cubanos, escribe “A una golondrina” tras largos meses de cárcel, en los días previos a su fusilamiento en el Foso de los Laureles, en la tristemente célebre Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, un monumento que evoca épocas tan distintas, y que trae recuerdos tan desagradables y sonrojantes.

Casualmente, Zenea ingresa a la prisión de La Cabaña un 12 de enero, de 1871, hace exactamente ciento cuarenta años. Para quien había sido condenado ya a muerte en 1853 por sus ideas contra la dominación colonial española de Cuba -y salvado por una amnistía-, para quien había tenido que salir al exilio en Estados Unidos por sus actividades subversivas, y quien había vuelto al fragor del inicio de las guerras de independencia de 1868, la idea de la muerte no le era completamente ajena. Eso es lo que se infiere de sus presagios en Diario de un mártir, publicado póstumamente en 1874.

La génesis de esos poemas ocurre en un oscuro calabozo de La Cabaña. Cuenta Piñeyro que Zenea, en sus últimos días, arrastraba llagas malignas en sus piernas, exacerbadas por la excesiva humedad del calabozo, para las que se le negaba auxilio. Al Capitán General de la Isla, el Conde de Valmaseda, quien recién había asumido su cargo en 1871, no le importó la distinción intelectual de Zenea, ni siquiera la confirmación del salvoconducto con el que había entrado a la Isla. Tampoco se hizo uso para mediar, del pasaporte norteamericano del que el poeta disponía (aunque poco hubiera valido ante el gobierno de la colonia). El 26 de agosto de 1871, el Diario de la Marina publicaba la siguiente nota:

EJECUCCION. A las siete de la mañana se ha cumplido en los fosos de la Cabaña la sentencia del Consejo de guerra, que condenó a la pena capital a don Juan Clemente Zenea. Según nos ha referido un testigo presencial, tanto en la capilla como en el lugar de la ejecución, se manifestó profundamente resignado. Manifestó que sus manos no se habían manchado con sangre, pero que se creía responsable de parte de la que se había derramado, por haber trabajado y escrito incitando a la rebelión. Dio las gracias al sr. Gobernador de la fortaleza, jefes y Voluntarios, por las muchas consideraciones que le habían tenido, y pidió que le permitieran no arrodillarse, lo que se le concedió, porque tenía una úlcera en una pierna. ¡Haya Dios tenido piedad de su alma!

Hoy traigo el poema que me ha reconducido a Zenea estas frías tardes de invierno en tierras castellanas; y también el testimonio de esos lugares desde donde Zenea escribió sus últimos textos, un fragmento de los últimos paisajes que vio. En su memoria, que es también la memoria de la poesía cubana del XIX.

A UNA GOLONDRINA, Juan Clemente Zenea

Mensajera peregrina
que al pie de mi bartolina
revolando alegre estás,
¿de do vienes, golondrina?
Golondrina ¿a dónde vas?

Has venido a esta región
en pos de flores y espumas,
y yo clamo en mi prisión
por las nieves y las brumas
del cielo del Septentrión.

¡Bien quisiera contemplar
lo que tú dejar quisiste;
quisiera hallarme en el mar,
ver de nuevo el Norte triste,
ser golondrina y volar!

Quisiera a mi hogar volver,
y allí, según mi costumbre,
sin desdichas que temer,
verme al amor de la lumbre
con mi niña y mi mujer.

Si el dulce bien que perdí
contigo manda un mensaje,
cuando tornes por aquí,
golondrina, sigue el viaje,
y no te acuerdes de mí.

Que si buscas, peregrina,
do su frente un sauce inclina,
sobre el polvo del que fue,
golondrina, golondrina,
no lo habrá donde yo esté.

No busques volando inquieta,
mi tumba oscura y secreta.
Golondrina ¿no lo ves?
En la tumba del poeta
no hay un sauce ni un ciprés.

~ por Félix Hangelini en enero 12, 2011.

2 comentarios to “NI UN SAUCE NI UN CIPRÉS”

  1. Hermoso Félix, no conocia este poeta. Cuando dice en su poema que quiere ver el triste norte, imaginate como entendi ese alma aconjogada.

    Siempre tan interesantes tus temas y tu escritura. Muchos carinos

    Mabel

  2. Un abrazo grande, Mabel. Zenea es la figura más importante de este momento, junto con Luisa Pérez de Zambrana. La segunda generación de románticos cubanos tuvo un destino bastante triste, y condicionado en alguna medida por las guerras de independencia. Zenea murió fusilado; Mendive fue exiliado y regresó luego para morir en La Habana, al margen prácticamente de la vida literaria; y entre las mujeres Úrsula Céspedes murió de tuberculosis, al igual que Julia Pérez Montes de Oca. Luisa Pérez sobrevivió a todos ellos. En cierto sentido no sé si fue una suerte o una maldición.

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