ESPARTO

Los sueños recurrentes, los eróticos, los oscuros, los llenos de colores, los que te enseñan rostros nuevos… los sueños donde al mismo tiempo intentas soñar, o simplemente quedarte dormido mirando una pared ocre, húmeda… los sueños donde ves cientos de desconocidos que de repente, te son familiares… donde aparecen espacios que nunca has visto o que has visto sólo en fotos y a los que imaginas sus olores, su brillantez, como en un montaje escénico. Aquellos donde vuelas, aunque impactes contra las copas de los pinos o evadas las antenas de las enormes azoteas. Todos estos sueños te muestran caminos ya transitados, únicamente te conducen al pasado, aún frente a lo que no puedes explicar, frente a tus deseos o a las expresiones disímiles de éstos.

Y en ese pasado, donde triste o afortunadamente ya no estamos, puede que a veces no signifiquemos nada. Cada persona o acción u objeto alcanzan un sentido en el momento en que los vives, en que los posees, en que compartes un mismo espacio o tiempo. Luego ese significado se transforma, evoluciona, desde su propia no-existencia. Cada instante tiene el provecho que le damos, aunque luego derive en alegría o arrepentimiento o rencor. Nada se borra completamente, por la simple razón de que su existencia representa sólo aquello que le concedemos. Todo recuerdo es una reconstrucción conveniente. La evocación desde el amor o el desprecio convierten al pasado en una fuente poderosa de emisiones afectivas. Lo que rechazas olvidar se transfigura, se idealiza, para bien o mal. También los miedos, la desolación, el hambre, las continuas fugas, que son como vapores que no te dejarán ya ver la verdadera dimensión de lo que has vivido. La felicidad es también una invención. Y la mayoría de recuerdos son falsos. La idea del bosque que no deja ver el bosque.

No estoy especialmente negativo ni especialmente racional. Anoche tuve un sueño extraño que no contaré por pudor. (Además, porque toda confesión tiene un límite y este es un blog de haces reflexivos y no de exhibicionismos.) Y pensé que los mayores, los más intensos recuerdos de mi vida, son de la década de los ochenta. No me planteo si es bueno o malo, pero evocando esos momentos encuentro que me parezco más a mí mismo, a la esencia de mi inocencia que hoy lucho desesperadamente por rescatar… empiezo a entender cosas de mi personalidad, y del entorno donde crecí, que obviamente de niño no alcanzaba a comprender. Y veo que, en el resto de las personas, los patrones son muy similares. Lo único que avanza es el tiempo, y uno envejece mirando hacia todas las direcciones posibles, y a veces se olvida de habitar el presente…

Sigo pensando que en el fondo, soy como el esparto protegiendo los animales pequeños que pasan en medio de las erosiones. Una planta que ha emigrado desde desiertos lejanos para dar cobijo a animales y sueños, a personas y recuerdos, para que no se deterioren, para que no se extingan. O será porque prefiero la naturaleza intrascendente, aquella de la que se construyen los papeles donde otros escribirán sus propios recuerdos.

~ por Félix Hangelini en mayo 23, 2010.

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