LA VENTANA INDISCRETA

“En el pasado, cuando las personas tenían secretos, y esos secretos no deseaban compartirlos, subían a una montaña, buscaban un árbol y tallaban un agujero en él para susurrar el secreto en el agujero, luego lo recubrían con barro: de ese modo nadie más lo descubriría…”

Así comienza 2046, una de mis películas favoritas de una de mis trilogías favoritas, la que además integran las maravillosas In the Mood for Love y  Happy Together, de Wong Kar-Wai.

A pesar de la demoledora experiencia, en Happy Together, de esos dos amantes que dejan Hong Kong para irse a las antípodas a ver juntos las cataratas del Iguazú (un sueño que nunca podrán cumplir), y de sus peripecias en una Buenos Aires brutal que va a poner a prueba -lejos de todo el mundo conocido para ellos- su amor, su instinto de supervivencia, su paciencia y ese eterno retorno de la soledad, el dolor y la necesidad de afecto y de los mecanismos de poder que impone esa misma necesidad… A pesar de esos intersticios que se van eliminando en la relación entre esos dos desconocidos en In the Mood for Love, vecinos en la misma hospedería; de esos encuentros fortuitos y a veces sin importancia, de esas citas tormentosas bajo la lluvia o en la inmensidad y suavidad de unas cortinas rojas de un hotel, en la habitación 2046, mientras aguardan el regreso del otro, ese otro que significa elección en detrimento de la posibilidad… A pesar de esas atmósferas cargadas de un intenso perfume oriental, donde se mezclan también los olores de mi infancia, de los pasillos visitados en mi adolescencia, de los desencuentros, de la ansiedad… hay algo que me remite siempre a 2046, y es esta frase, que el narrador-protagonista nos revela, como quien descubre uno de los secretos de la vida, esos que deben ser tapados con barro en el agujero hecho en el árbol: “El amor es un asunto de coordinación. No sirve de nada encontrar a la persona indicada si el momento no es el adecuado.”

Anoche, antes de irme a dormir, antes de apagar la luz roja de mi habitación y correr las cortinas rojas de mi ventana, miré afuera y vi, bien tarde, a mi vecino  del edificio de enfrente, fumando en su balcón. Fumaba lentamente, pensando, mirando el cielo en paz, sin nubes, y hasta se divisaba la delgada columna de humo por el fondo igualmente rojo de sus cortinas. Muchas veces he pensado si mi vecino piensa lo mismo que yo. Probablemente ni siquiera sepa que lo he visto, quizás jamás hablemos, aunque a veces me ha saludado, porque hemos coincidido, sobre todo en verano cuando el calor aprieta. Pero una vez, en la calle, me crucé con alguien que se parecía muchísimo a él y no nos dijimos nada. Sé que toca el violín, que tiene un gato negro y una novia preciosa, con quien se sienta a conversar o ver la televisión hasta bien tarde, porque es normal ver su salón encendido hasta bien entrada la noche. (Esto siempre me hace pensar en Rojo, de Kieslowski, o en La eternidad y un día, de Angelopoulos.)

Ignoro qué pensará mi vecino de mí. Ignoro si me reconoce (la distancia entre nuestros balcones es de unos treinta metros). Pero es curioso compartir un mismo espacio con alguien a quien no llegarás a conocer nunca.

También ignoro si alguien (más) me observa, desde los cincuenta y cuatro ventanales desde donde puede divisarse, de noche, la luz roja de mi habitación. Todo puede ser una gran casualidad, un acto poético, un rostro anónimo, una ventana indiscreta o simplemente el aire, el aire que compartimos, el que nos une y separa al mismo tiempo, y que nos hace comulgar -quizás- con los mismos pensamientos:

Un misterioso tren parte de vez en cuando hacia 2046. Cada pasajero que va a 2046 tiene la misma intención. Quiere recuperar la memoria perdida. Porque nunca nada cambia en 2046. Nadie sabe si esto es verdad. Porque nadie ha regresado. Excepto yo.

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~ por Félix Hangelini en abril 19, 2010.

2 comentarios to “LA VENTANA INDISCRETA”

  1. UI, que canción tan excelente para leer tus textos 🙂

  2. Las escenas de ella subiendo y bajando las escaleras en “In the mood for love” son una maravilla.

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