LOS CONTINUOS REENCUENTROS

Esta mañana, antes de ir a dormir (sí, porque suelo trasnochar bastante), estuve oyendo música. Suelo dejar que mis ideas se ahoguen en melodías antes de irme a la cama, para no tener una tormenta cerebral previa al descanso. Oí dos arias de Händel, una de Partenope y otra de Ariodante, interpretadas por un amigo a quien no veo desde hace dos años, desde que incómodas circunstancias (y lenguas malintencionadas) hicieron que nos alejáramos, sin fecha pactada de reencuentro. Durante siete meses el año pasado viví a cinco minutos de su casa en París, y nunca le avisé, nunca nos tropezamos, nunca coincidimos en ningún sitio del barrio, y luego regresé a Barcelona y seguí mi vida normalmente. A veces me visita una discreta melancolía por lo vivido, que no me afecta pero sí me roza, me recuerda que el presente es lo más importante que tenemos y que cuando se sonríe y se es feliz hay que agarrar esos momentos con las dos manos y saber que mañana formarán parte del gran álbum de recuerdos.

Media hora después de haberme ido a la cama esta mañana, al filo de las siete y cuando creía haber ya conciliado el sueño, suena mi móvil con dos mensajes: una llamada perdida y un mensaje de texto donde, de manera surrealista (por lo no habitual), un amigo en Madrid me pedía que lo llamara si estaba despierto. Automáticamente, y sin haber leído bien o comprendido su mensaje, le devolví la llamada. Este amigo cubano en Madrid estaba en el apartamento alquilado por mi otro amigo, el que hacía casi dos años que yo no veía ni tenía contacto. Cuando le dijo que estaba hablando conmigo, el otro se echó a reír y se llevó las manos a la cara. Y me lo pasó al teléfono. De pronto, casi dos años fueron borrados por la misma empatía, por el mismo afecto, aunque quizás motivados un poco por el alcohol (su caso) o la vigilia (el mío).

Tengo que reconocer que tras esa llamada algo dentro de mí sintió un profundo alivio. No sólo por saber que todo seguía su curso, sino por salvar un momento amargo: el del reencuentro, el de las explicaciones, el de las conversaciones pendientes. Ahora todo eso se ha esfumado, nada existe ya. El día que volvamos a encontrarnos cara a cara, será como si estos dos años no hubieran transcurrido porque, cuando se quiere a un amigo de forma sincera, todo fluye más fácilmente. Un amigo te alivia de toda carga, te hace más fácil el aire, te abre esa ventana que necesitas ver y saber abierta. Aún sueño con otros reencuentros, que no sé si ocurrirán, pero he vivido algunos importantes, y la sensación es plácida… como saber que el sol que un día te dio fuerzas, aún sigue en el mismo sitio, sin quemarte, después de una larga estación oscura.

Curiosamente, mi pensamiento lo trajo anoche conmigo antes de dormir. O las coincidencias. O las deudas cósmicas por desencuentros absurdos. El caso es que hoy recuerdo aquel viaje que compartimos hace casi tres años, cuando éramos aún dos muchachos rondando la treintena a quienes el revisor les pedía sus billetes de descuento para jóvenes y se quedaba absorto ante nuestras caras de niños. Y nos recuerdo a ambos, comiendo en las terrazas llenas de viento, parando taxis como novatos, quejándonos de tantas falsas miradas, bromeando con otros cantantes, o antes de tomar el tren hacia París, tarareando juntos algunas arias de Charpentier o Rameau, o repitiendo la gestualidad marcada para su personaje en la ópera de Stefano Landi, una melodía que desde que la escuché por primera vez se quedó grabada en mi cabeza, como el punto culminante de esa composición histórica de 1632.

Este sábado sin dudas es un sábado mejor.

O Morte gradita,
ti bramo, ti aspetto;
dal duolo al diletto
tuo calle m’invita,
o Morte gradita.
Dal carcer umano
tu sola fai piano
il varco alla vita,
o Morte gradita.

O Morte soave,
de’ giusti conforto,
tu guidi nel porto
d’ogni alma la nave,
o Morte soave.
Il viver secondo
tu n’apri nel mondo,
con gelida chiave,
o Morte soave.

~ por Félix Hangelini en abril 17, 2010.

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