TRATADO SOBRE LA SOLEDAD

Entre 1862 y 1886 tuvo lugar una de las relaciones epistolares más famosas y enriquecedoras de la literatura norteamericana. Una chica de pueblo, de apenas pasada la treintena, soltera, de familia protestante, recluida en su mansión de Amherst, se anima a escribirle a un coronel que por entonces había publicado un artículo en The Atlantic Monthly, el cual inspiró confianza en la furtiva escritora, y la esperanza de que finalmente un perfecto desconocido pudiera evaluar sin prejuicios su obra poética, conservada largamente en cuadernillos y apuntes secretos en los baúles de casa. La chica de 31 años se llamaba Emily Elizabeth Dickinson; el coronel, un teólogo graduado en Harvard llamado Thomas Wentworth Higginson, a quien se le exigió demasiado: convertirse en preceptor de la figura literaria más enigmática y compleja de las letras estadounidenses. Lo que sobrevino tras la primera carta del 15 de abril de 1862, fueron veintitrés años de correspondencia pausada, con pocos y breves encuentros que a Higginson llegaron a parecerles instantes de profunda incomodidad, no sólo por no haber comprendido la esencia de la poesía dickinsoniana, sino por no entender su forma de ser, de vivir, de expresarse la poeta, tal y como le cuenta a su esposa en una de las cartas que aún hoy se conservan.

De todo el cúmulo epistolar -que representa una minúscula parte del conjunto de cartas escritas por Emily a lo largo de su vida, sobre todo durante los treinta y dos años de reclusión voluntaria en Homestead, en Amherst, Massachusetts-, han sobrevivido pocas de las escritas por el propio Higginson. Esta tarde he estado leyendo parte de esta correspondencia, y quiero traer dos escritos que dialogan entre ellos. El primero, del propio Higginson (recogido por Thomas H. Johnson y Theodora Ward con el número 330a), insistiendo por tercera vez para que Dickinson saliera de su casa y viajara a Boston para encontrarse; el segundo, la respuesta que le da Dickinson (recogida como la carta 330 en la misma edición de Johnson y Ward). Si después de leerlas en traducción os interesan los originales, podéis pedírmelos en comentario y os las transcribiré. (Las traducciones están tomadas de la edición de Paul S. Derrick y Cristina Blanco, Cartas a T. W. Higginson, 1999, p. 49-51.)

Voy a dejar que estas dos sombras -en el punto en que escriben estas líneas, aún desconocidas entre sí- conversen una vez más entre ellas esta noche…

330a
De T. W. Higginson

En ocasiones saco sus cartas y versos, querida amiga, y cuando siento su extraño poder, no es extraño que encuentre difícil escribir y que pasen largos meses. Tengo el mayor deseo de verla, sintiendo siempre que si pudiera tomarla de la mano por una vez podría yo ser algo para Ud.; pero hasta entonces sólo se envuelve Ud. en esta niebla de fuego y yo no puedo alcanzarla, sino recrearme tan sólo en los escasos destellos de luz. Cada año pienso que podré arreglármelas de alguna manera para ir a Amherst y verla. Pero eso es difícil puesto que, a menudo, he de salir para dar conferencias etc, y pocas veces puedo viajar por placer. Estaría encantado de ir a Boston, en cualquier momento posible, para verla. Siempre he sido el mismo con respecto a Ud. y nunca ha decaído mi interés por lo que me envía. Me gustaría saber de Ud. muy a menudo pero he sentido pudor por temor a que lo que escribo resultara un despropósito y errara en el delicado filo de su pensamiento. Sería tan fácil, me temo, equivocarse con Ud. Sin embargo, como ve, lo intento. Creo que si pudiera verla una vez y saber que es real, podría salir mejor parado. Incluso el saber que tenía un tío de carne y hueso [?] me hizo sentirla más cercana aunque a duras penas puedo imaginar a dos personas menos parecidas que Ud [y?] él. Pero no lo he visto [desde hace] varios años, aunque he visto [a una dama] que hace tiempo la conoció a Ud., pero [no] pudo contarme mucho.

Es duro [para mí] entender cómo puede vivir tan sola con pensamientos de tal índole aflorando en Ud. sin tan siquiera la compañía de su perro. Sin embargo uno se aísla en cualquier parte cuando sus pensamientos rebasan un cierto límite o tiene flashes tan luminosos como los que a Ud. se le presentan -así que quizás el lugar no sea tan importante.

¿No tiene Ud. que venir a Boston algunas veces? Todas las señoras lo hacen. Me pregunto si sería posible tentarla [con] las tertulias del tercer Lunes de cada mes en casa de la Sra. [Sa]rgent, en Chesnut St, 13, a las 10 de la mañana -donde alguien lee [un] ensayo y los demás hablan o escuchan. El Sr. Emerson lee el próximo Lunes y después, a las 3 1/2 de la tarde, habrá una reunión en el Club de Mujeres en Tremont Place, 3, donde yo leeré un ensayo sobre las diosas griegas. Ésa sería una buena oportunidad para que Ud. viniese aunque yo prefiriría sin duda recibirla un día que no estuviese tan ocupado -dado que mi objetivo es verla, más que entretenerla. También estaré en Boston durante la semana del aniversario, el 25 y el 28 de Junio o quizás le tentaría el Festival de Música de Junio. Ya ve que hablo en serio. O es que no necesita Ud. de la brisa marina en verano. Escríbame y cuénteme algo en prosa o en verso y yo seré menos quisquilloso en el futuro y estaré dispuesto a escribir cosas torpes mejor que nada.

Su seguro amigo
[firma cortada]

330
Junio de 1869

Querido amigo

En una Carta siempre presiento la inmortalidad porque es la mente sola sin amigo corpóreo. En deuda en nuestra charla con la actitud y el acento, parece haber en el pensamiento un poder espectral que camina solo – Me gustaría agradecerle su gran amabilidad pero nunca intentaría levantar palabras que no puedo sostener.

Si viniera Ud. a Amherst, podría yo conseguirlo, aunque la Gratitud es el tímido bien de quienes nada poseen. Estoy segura de que Ud. dice la verdad, porque así lo hacen los nobles, pero sus cartas siempre me sorprenden. Mi vida ha sido demasiado sencilla y severa como para azorar a nadie.

“Visto de los Ángeles” apenas es responsabilidad mía

Es difícil no ser ficticio en un lugar tan bello, pero a todos se les admiten las duras reparaciones del examen.

De muy Niña recuerdo haber oído ese pasaje memorable y haber preferido el “Poder”, no sabiendo entonces que el “Reino” y la “Gloria” estaban incluidos.

Ud. reparó en mi vida solitaria – Para un Emigrante, el País es indiferente a no ser que se trate del suyo propio. Habla Ud. amablemente de verme. Si su conveniencia pudiera complacerme viniendo hasta Amherst me alegraría mucho, pero yo no cruzo las tierras de mi Padre camino de Casa o ciudad alguna.

De nuestras más grandes acciones somos ignorantes –

No supo Ud. que me había salvado la Vida. Darle las gracias en persona ha sido desde entonces uno de mis pocos anhelos. El niño que pregunta a mi flor “Quieres”, dice – “Quieres” – y por eso para pedir lo que quiero no conozco otra manera.

¿Me excusará cada cosa que digo, puesto que nadie más me enseñó?

Dickinson

~ por Félix Hangelini en marzo 28, 2010.

2 comentarios to “TRATADO SOBRE LA SOLEDAD”

  1. Hola: Me gustaria saber tu opinión sobre su aislamiento, ¿por enfermedad ? ¿ decisión propia ?. Maravilloso mundo el de la literatura epistolar. Un beso

  2. Hola Pilar. Existen grandes polémicas sobre la razón del confinamiento de la Dickinson; algunos hablan de agorafobia y de fobia social que se agravó con los años, y no creo que anden por mal camino porque treinta y dos años de reclusión, aunque sea voluntaria, condicionan la salud mental. La llamaban “la loca de Amherst” o “la bella de Amherst” los propios habitantes de su pueblo. De hecho no se dejaba ver, se escurría por los corredores de la casa cuando alguien visitaba a su hermana (porque vivía con su hermana Lavinia, ambas solteronas, que se quedaron cuidando a sus padres hasta el final de sus días) y su única vida social la hizo con su cuñada, con quien sostuvo una correspondencia durante 36 años… con la salvedad de que la cuñada vivía en la casa de al lado, The Evergreens.
    A pesar de que todos los que la conocieron en vida (familiares y sus pocos amigos), dijeron que su retiro no fue inducido por ningún trauma ni enfermedad mental, sino que fue totalmente elegido -y yo les creo-, supongo que algo debe haber incidido o acentuado en su carácter. En esos 32 años sólo se le vio salir de casa para una visita a Boston al oftalmólogo, y la noche de la muerte de su sobrino Gilbert, que atravesó el jardín para visitar a su hermano y su cuñada.
    La lectura de esas cartas nos ofrece la imagen de una mujer muy preclara, segura e inteligente, que manejaba el verbo como nadie, y sobre todo, los enigmas. Eso es lo que ha hecho de su poesía uno de los materiales más difíciles de interpretar desde el punto de vista literario. Su universo, complejo y microscópico, reducido a los límites de su propia casa y de lo que desde ella podía ver, es al mismo tiempo, un universo gigante, sencillamente porque crece dentro de una inmensa inteligencia.
    Lo mejor de todo es que fue descubierta después de que muriera, por la traición de su hermana Lavinia. Debió entonces quemar los papeles de la difunta, pero le pareció que esos poemas tenía el mundo que conocerlos. Y no se equivocó. Pero en cierto sentido, eso fue traicionar la memoria de su propia hermana, quien un día afirmó que “La Publicación es la Subasta de la Mente del Hombre”.

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