EL MUNDO DESDE MI KODAK

Un buen día amaneció allí, en el balcón, sin que nadie la esperara. Una planta silvestre, de flores amarillas. Fue al inicio de la primavera de 2004 y se mantuvo hasta casi el 2005.

Siempre recuerdo que las flores amarillas eran las favoritas de mi malograda abuela… y de mi malograda tía. Mi bisabuela Nana, que vivió 99 años, cuando yo era pequeño me llevaba por entre las flores del jardín de casa y me enseñaba cada planta. Se detenía en sus claveles (las flores que más cuidaba) y sus rosas. Había rosas de todos los colores: blancas, anaranjadas, rojo intenso, rojo suave, rosadas… y amarillas. Cada vez que pasaba cerca de las amarillas me insistía, como si le doliera hablar: “estas eran las flores favoritas de mi hija, tu abuela”. No sé si ha sido casual, pero desde entonces también las rosas amarillas son mis flores favoritas. No creo en el simbolismo de los colores, sino en el potencial afectivo que cada color evoca en cada uno.

De vez en cuando cruzo imaginariamente el jardín de mi bisabuela y me la encuentro allí, mi hermosa Emelina perdida entre las vicarias y margaritas, los tilos y las manzanillas, o bajo el árbol de guayaba o el cocotero, o regañando a la cotorra, o evitando que el cundeamor se apoderara de los espacios de otras flores de mayor ralea… o llevándome un jarrito de sambumbia mañanera muy aguada porque “los niños no beben café”. También tenía su hierbabuena, y el limonero, y sus plantas de ají, y otras más que hoy apenas puedo recordar. Cuando mi bisabuela dejó de vivir permanentemente en aquella casa de Morón, cuando la edad la obligó a renunciar a toda labor doméstica, todo desapareció. Incluso dejó de crecer el romerillo y el pequeño jardín delantero se convirtió en una fría acera sin sentido y el verdadero jardín se volvió erial.

Por eso creo que son las presencias las que hacen que las cosas tengan un valor. Las ausencias sólo anulan. Lo ausente no aporta más que la posibilidad de lo que no fue o que no será.

Desde mi Kodak, que hoy conserva mi madre consigo, una mañana quise ver el mundo a través de estas flores que crecieron un día en el balcón de mi piso en la calle Londres, en Barcelona. A través de las rejas de ese quinto piso desde donde la calle parecía tan cerca, desde donde el amarillo buscaba la luz, hacia afuera, como queriendo escapar.

Me queda la sensación de que uno, como las plantas silvestres, llega, crece y escapa siempre que quiere.

~ por Félix Hangelini en marzo 24, 2010.

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