POSTAL SIN DESTINO

Hoy cumples 36 años. Cuando nos conocimos, recién habías cumplido 24. Quiero pensar que no ha pasado demasiado tiempo entre aquel año y este, pero la realidad es otra: sí ha transcurrido mucho, demasiado. En esta sensación de vida detenida, en este sosiego que dejan la distancia y el silencio, la oscuridad y la idea, hay algo que no alcanzo a entender: ¿por qué aún no vivimos en paz con nosotros mismos? ¿por qué siempre me queda esta insoportable necesidad de tener que decirte algo?

Cierro los ojos y confirmo los blancos de esta enorme separación, espacios que ya nunca llenaré, animales que no podrán ser liberados, sitios que no me dirán absolutamente nada, fechas sin importancia, palabras que no están vivas. Un día escribí, en algún poema que yace aún entre mi papelería inédita, que “las palabras son trampas donde amarrar la razón”. Mis palabras, como mis razones, a veces se extravían. Quizás por eso escribo esto hoy. Una carta a nadie, a ninguna parte.

Tengo la seguridad de que contigo conocí un mundo que no existía. Y lo curioso es que tengo esa misma seguridad en sentido contrario: conmigo conociste algo que no volverá ya a existir. En ese brevísimo tiempo que compartimos todo fue grande, hiperbólico, y a la vez minúsculo como el ramaje de la sutileza. Contigo aprendí a respirar y a morir al mismo tiempo. A separarme de todo lo que amaba para luego agarrarlo con fuerza de modo que no huyera. No confundí ninguno de los términos; no los confundiste tú. Y a la vez nos confundimos ambos, me confundí en todo. Me gustaría poderte pedir perdón por eso. Devolverte los poemas. Quemar los otros cien. No me cuesta nada, créeme, como no me cuesta pensar en ti tantos años después, sacarte de mis sótanos en la forma de ensueño y no de monstruo.

Soy un hombre cobarde. Debería estar levantando ese teléfono y marcando el número que tú ignoras que sé, para intentar decirte todo esto directamente. Pero no es eso lo que deseo. Deseo, si algún día vuelvo a oír tu voz o tu respiración al menos, poder reírnos del azar, volver a trivializarlo todo, contar las cosas buenas (que son tantas), olvidar las malas (que son iguales en número), decirte que te extraño, pero con una impronta de ternura a la vez despojada de cualquier drama o melancolía. Ser como éramos entonces, un par de muchachos bajo el sol tropical para quienes el futuro no era más que una construcción remota, una forma de justificación, una tropelía más. Porque “la vida es una mierda… pero hay que vivirla.”

(Sigo sin querer que sepa nadie quién fuiste, lo que dejaste, ni cómo te llamas. Lo prefiero así. Los que lo saben no tienen derecho de nombrarte. Los que te aprecian, no te nombran. Sólo en mí te materializas como hace tantos años. Quién eres hoy, no lo sé. Ha transcurrido demasiado tiempo y han nacido y muerto demasiadas personas en nuestro camino.)

Antes de conocerte, tan sólo unas semanas antes, escribí mi texto de renuncia. La vida es muy puñetera; cuando renuncias, a veces te da lo que habías pedido. Recuerdo haber cerrado los ojos y haber pedido nuestra amistad, aunque durara poco. Ese deseo me fue concedido, al pie de la letra. Un día cualquiera te conocí, y dejó de ser un día cualquiera. Tenías 24 años… hoy cumples 36. Si la felicidad está contigo, es algo que ignoro y creo que seguiré ignorando, pero con esto de la vida nunca se sabe. De momento, recupero aquellas ya viejas páginas que escribí a finales de 1997, ese extenso poema que fue “Visiones extraordinarias”, mi primer poema publicado (aunque sólo se publicaran dos fragmentos de éste), y me cito, para que sirva de evocación, de hermosa y poderosa evocación de todo lo que sentí y viví contigo y por ti (un día de estos te daré las gracias):

IV

En mi botella azul caben los muertos todos,
cerrado antro solitario, laberíntico sueño
en que todo se escapa con dejar de mirarlo.
En mi botella azul, aquí bajo mis uñas.
Los muertos ya se han ido y a lo lejos son frágiles,
y el humo que los baña ha regresado a mí
con su magia de aceites y nubes excitantes,
y ya no necesito la infausta lejanía
para sentir que el fuego y el aire son rebeldes
y que es rebelde el patio infértil de hierbajos
y es rebelde el último y más oculto hormiguero,
y es rebelde el sombrío y solitario sueño donde existes
y donde existe alguien, como yo, que te recuerda.

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~ por Félix Hangelini en marzo 17, 2010.

6 comentarios to “POSTAL SIN DESTINO”

  1. Que hermoso texto!! Cuánta sensibilidad, sin palabras…

  2. Félix, sé que no es un consuelo pero alégrate al menos por los que disfrutamos leyéndote, aunque para eso sea necesario tu melancolía.

    Leyéndote me ha recordado a este poema de Ángel González al que adoro:

    Muerte en el olvido

    Yo sé que existo
    porque tu me imaginas.
    Soy alto porque tu me crees
    alto, y limpio porque tú me miras
    con buenos ojos,
    con mirada limpia.
    Tu pensamiento me hace
    inteligente, y en tu sencilla
    ternura, yo soy también sencillo
    y bondadoso.
    Pero si tú me olvidas
    quedaré muerto sin que nadie
    lo sepa. Verán viva
    mi carne, pero será otro hombre
    -oscuro, torpe, malo- el que la habita…

    Un abrazo, una vez más desde Texas.

  3. Levanta el teléfono y haz la llamada. Quizás logres quitarte una piedra más en tu carga.

  4. No he respondido porque preferí que pasara el tiempo… Hay cosas que es mejor que encuentren solas su camino. No levanté el teléfono, Alejo, porque hace once años le prometí que jamás lo haría y lo voy a cumplir. Siempre miro al pozo los 17 de marzo, es ya algo habitual que he incorporado a mi calendario.
    Y sobre el poema de Ángel González -un buen poeta con quien se puede comulgar-, Ignacio, hay una entrada de mi blog con un poema que trata sobre algo parecido: “Existo con suficiente libertad”. Sólo que lo que en González es amor, presencia, en mi texto es todo lo que te regala la ausencia. Espero que Texas te esté resultando propicia.
    Un abrazo a ambos.
    Y otro a Mariana, por leerme.

  5. Releyendo cosas tuyas me he encontrado con este post, que no es tan tuyo como lo es mío, caro amigo.

    Demasiada verdad cual gotas de lluvia frente a la ventana.

    Tomo un trozo de tu comentario:

    “(…) No levanté el teléfono, Alejo, porque hace once años le prometí que jamás lo haría y lo voy a cumplir. Siempre miro al pozo los 17 de marzo, es ya algo habitual que he incorporado a mi calendario. (…) “

  6. Son los círculos del sino, caro Gabi. Un abrazo grande.

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