LA DEVASTACIÓN

Va a hacer cinco años que escribí La Devastación (La imaginación de la Bestia)*** como un ejercicio para exorcizar mis monstruos interiores, esos que insistentemente me persiguieron durante tanto tiempo, que no me dejaban aire para respirar, ni siquiera me dejaron derecho a latir. Hizo falta que me conscienciara de tanta pérdida para expulsar tantos demonios. O quizás era sólo uno, pero tan poderoso que ocupaba todo. Entonces recordé lo que vale la vida, algo que a veces solemos perder de vista. Estamos aquí aún por algún motivo. No critico a quienes deciden marcharse antes, pero los que nos decidimos a quedarnos creemos que siempre hay un motivo para seguir. Hasta el final. Hasta el agotamiento absoluto.

El 21 de diciembre de 2003, en un coche que viajaba de Valldemossa a Sóller, casi tuve un accidente mortal. En el momento en que el coche -que no era conducido por mí- se salió de la carretera, no pensé en nada. El corazón no latió, permanecí impávido, como si no me percatara de lo que estaba ocurriendo; de hecho creo que ni me percaté. Fueron segundos o milésimas de segundo. Alejandro, el chico que conducía, pudo maniobrar tan rápidamente que no caímos directamente en aquel abismo sobre el mar. Todo el que ha hecho ese trayecto conoce la sinuosidad y las pendientes. No pensé en nada, ni siquiera en el peligro que se advertía desde que salimos de la Ermita de la Trinidad. Más tarde, de noche en casa, pensé que pudo haber sido mi final, un final para el que no estaba preparado. Pero, ¿quién lo está?

Horas más tarde, de regreso a Palma, escribí “En la carretera de Sóller” pensando en el texto de Pessoa, aquel que lo hizo salir en su coche de Sintra rumbo a Lisboa, cual símbolo de un destino invariable, como renuncia definitiva (o parcial) ante lo que se deja, ante lo que representa dejar atrás ciertas cosas de la vida que uno cree verdaderamente trascendentes.

Nadie supo jamás que el accidente en la carretera de Sóller pudo ocurrir, sencillamente porque nunca ocurrió. Olvidamos todo aquello que no acontece, de la misma forma que olvidamos un amor que nunca fue. Pero indiscutiblemente algo desapareció también aquel día (¿alguna clase de miedo quizás?). Y decidí entonces que era hora de echar manos a la obra para despachar tantos demonios internos. Costó dos años acabar el libro. (Aunque sigan apareciendo en el camino demonios por exorcizar, lo cual de algún modo me inquieta y me tranquiliza, paradójicamente.)

La aventura comienza un 21 de diciembre de 2003, en la Isla de Mallorca. En la carretera de Sóller… pero a diferencia de mí, el sujeto, el personaje poético, no corre la misma suerte que corrí yo entonces en la vida “real”. (O… ¿cuál será entonces la verdadera “realidad”?)

EN LA CARRETERA DE SÓLLER

En la carretera de Cintra
F. PESSOA
En la carretera de Sóller
(que conduce únicamente a Sóller)
voy persiguiendo rostros y señales
a través de curvas cada vez más cerradas
dejo atrás el promontorio y la ermita de la Trinidad
con sus tres monjes de barbas negras
haciéndonos salir con su pasto mágico
en los ojos dejo atrás esas zonas
que caen sobre el mar como los últimos relámpagos
sobre la carretera donde sopla el viento de Valldemossa
y el viento de Sóller como una tentación hacia el abismo
a través de curvas cada vez más cerradas
cada vez más sombrías entre el desfiladero y los cipreses
en la carretera donde vi el primer ciprés y supe distinguirlo
de toda compañía de la primera palabra para la fuga
aún vamos sobre ruedas como en una carroza
en giros obligatorios la otra parte
de nosotros mismos ha quedado allá arriba
huertos sin gaviotas a expensas de las piedras
el cielo con una enorme cicatriz
el paisaje con tres monjes sodomitas
cae sobre las curvas que se suceden
en la carretera de Sóller
con alguien a mi lado presumiendo una luz que desconozco
un lento varadero entre tablas
es estrecha la vía y Sóller aparecerá
cuando el verde se desprenda de la máscara
de los grandes troncos
que levantan puentes y pendones de fieltro
y el muérdago sobre el cristal
que sedimenta el aire
en la carretera de Sóller
a más de quinientos metros sobre el nivel del mar
donde todos los peces se pierden se parecen
y están las negras barbas de los ermitaños
echándonos al tiempo cerrándonos la puerta
hacia la carretera
donde Sóller espera
hacia el asfalto que inicia el final del recorrido
donde el brezo y el mirlo se apresuran
sobre mi cuerpo roto
prolongado hacia Sóller hacia un deseo
demasiado ajeno a la luz o a los destrozos
del carro que cede de pronto al precipicio
tras la fragancia de las curvas
y Sóller al fondo
recibe al visitante con flashes y sonrisas
y algunas excesivas rosas depositadas sobre ti como por descuido
en la carretera en Sóller
entrando triunfal como un silbo a punto de desaparecer.
***Hangelini, Félix. La Devastación. (La imaginación de la Bestia). Valladolid: Fundación Jorge Guillén, 2006. Colección Cortalaire, 61. (61 págs.) Premio de la Academia Castellana y Leonesa de la Poesía, 2005.

~ por Félix Hangelini en febrero 8, 2010.

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