PUERTO SIN PRÍNCIPES

Fotografía: Ivanoh Demers/AP

El pasado 12 de enero me fui a la cama con la enorme tristeza y preocupación del terremoto recién ocurrido entonces en Haití, que estremeció no sólo la pequeña nación hermana, sino toda la isla La Española, parte de Jamaica, Bahamas y la región oriental de mi país, en las provincias de Holguín, Guantánamo y Santiago de Cuba. Temía lo que ha ocurrido luego: con las horas se ha revelado una catástrofe humana en un país miserable, hundido en una enorme crisis política, económica y social… una nación que hace más de dos siglos sirvió de ejemplo a todo el continente americano y al mundo occidental al ser la primera en sublevarse contra la afrenta de la esclavitud y sentar las bases para su abolición, y que hoy naufraga, olvidada por casi todos, en la más absoluta desolación, en la más innombrable pobreza.

Ayer conversaba con mi madre, y ella me relataba la forma en que los cubanos mirábamos ya a nuestros vecinos más cercanos hacia mediados del siglo pasado (Haití se encuentra sólo a 77 kilómetros al este de Punta de Quemados, Maisí, extremo oriental de la isla de Cuba). Mi madre recuerda la pequeña colonia de haitianos que existía muy cerca de las propiedades de mi familia, en el centro de Cuba, en la antigua provincia de Camagüey. Muchos haitianos emigraban a tierras cubanas en busca de la prosperidad económica que no podían alcanzar en su país natal, trabajando muy duro y en condiciones lamentables la mayoría de las veces. (Hoy los haitianos siguen emigrando, pero hacia otros lugares, del mismo modo que los cubanos nos hemos convertido también en pueblo emigrante.) Pero dentro de la población cubana quedan vestigios de esa emigración haitiana en una importante cantidad de descendientes. Algunos de esos descendientes han alcanzado renombre internacional, aunque hoy los veamos como cubanos de origen.

Me contaba mi madre que muchas veces a los haitianos se les miraba con lástima, sobre todo en la finca familiar. Porque eran personas humildísimas, dispuestas a trabajar en lo que fuera y que apenas exigían retribución económica. Vivían en chozas muy elementales y jamás pedían absolutamente nada, sino que trabajaban de sol a sol para ganarse un simple sustento. No ambicionaban riquezas y jamás se oyó en el pueblo un solo reproche sobre sus actitudes cívicas, ni siquiera un simple hurto por necesidad de comer. Tenían fama de personas nobles, de una amabilidad que sólo otorga la melancolía del desplazado. Conservaban sus tradiciones, su cultura, y al mismo tiempo se adaptaban muy bien a las condiciones del sitio donde habían emigrado.

Cuenta mi madre también que a la finca de mi familia iba un haitiano muy anciano, que mi abuelo contrataba para que ayudara en la limpieza de los patios. El sueldo no era demasiado alto; siendo franco, creo que mi abuelo le pagaba menos de lo que debió pagarle por limpiar aquellos patios enormes. Mi malograda abuela -que murió muy joven- le tenía siempre su jarrito, su cuchara, su plato, preparados para la hora del almuerzo en la finca, donde se quedaba a comer, y mi abuelo le regalaba tabacos (mi abuelo fue un excelente tabaquero) y algún que otro producto de la finca. Con la obsesión de los niños pequeños por lo desconocido y por el ambiente festivo, mi madre pedía asistir a los bembés -las fiestas religiosas en honor a los orishas que celebraban los haitianos en sus casas- pero mi familia nunca la autorizó. Por puro prejuicio y porque en mi familia se profesaba la fe católica.

Haití ha sido arrasada, devastada, por un fenómeno natural que no avisa, que castiga sin piedad y que no cree en estructuras, ni materiales ni sociales. Todos somos iguales ante Dios o ante la naturaleza, según el credo de cada cual. Los muertos no tienen clases. En un país como Haití, la tragedia es -por desgracia- una palabra de uso frecuente. Esa tristeza que se ha apoderado del pueblo haitiano, que se plasma en su forma de mirar, de vivir, de sentir, de comprender la realidad, es hoy la tristeza del mundo que mira, que asiste con la mayor de las impotencias al espectáculo cruel y fatídico de las diferencias sociales. Porque las catástrofes son dolorosas donde quiera que ocurran, pero en los países más pobres, se convierten en el lamento inasible del alma humana, ese grito silencioso que no somos capaces de entender ni controlar.

Hoy Puerto Príncipe es una ciudad aún más caótica, aún más desolada, con personas viviendo a la intemperie, escapando de los incendios, gente calcinándose, hacinada en plena calle ante las sacudidas de las réplicas, llorando, temiendo, sin agua, sin comida, sin servicios básicos, y aún más triste, sin fe, sin futuro, sin esperanza. Es un puerto donde hoy no hay príncipes -ni los ha habido desde hace muchas décadas-, sino humanos que sufren, que sobreviven. Que respiran, bajo un cielo negro, ese aire viciado de toda devastación.

Suelo pensar de noche, al apagar la luz de mi lámpara, que no todas las almas humanas son ciegas.

~ por Félix Hangelini en enero 14, 2010.

8 comentarios to “PUERTO SIN PRÍNCIPES”

  1. Me impactó mucho ese escrito. La realidad haitiana es tan penosa, que tuve la oportunidad de constastarla en los 12 años que vivi en Dominicana.Es algo irreal,verdaderamente insólito.Haiti ha quedado a merced del tiempo y la caridad humana; como bien tu dices es un país donde la fe y la esperanza hace mucho tiempo que se marcharon.

  2. Vivo en Dominicana, y he podido constatar como se les rechaza, se les hace blanco de culpas, pese a que la gran mayoria busca sobrevivir. Trabajan mucho, en oficios duros y hay que ver que en las noches les quedan ganas de bailar. Tienen en la mirada orgullo de nacion, inteligencia, ganas y una sonrisa facil, una vez que les demuestras que eres un igual.

  3. Bienvenida al blog, Mariana. Creo que nos conocemos de antes, de hace mucho tiempo.

    Desgraciadamente, los más pobres, y sobre todo los negros -tratándose del continente americano- han sido culpados de muchas cosas a lo largo de las décadas. Nada más hay que recordar en la historia del colonialismo en América cómo las propias potencias lo que más temían era que ocurriera una revolución como la de Haití a finales del XVIII e inicios del XIX. Causaba un auténtico pánico. Históricamente han sido siempre un pueblo avasallado, y sobre todo, repudiado e infravalorado. Queda demasiado racismo en el mundo.

    Los haitianos han sido siempre pobres, con una estructura social inestable donde ha primado el caudillismo. Han sido saqueados sin piedad hasta convertirlos en un pueblo de desplazados. Y su pobreza es tal que aún hoy en el argot cubano, para referirnos a la pobreza extrema de una casa, la nombramos “un barracón de haitianos”. Es un tema muy sensible.

    Después de escribir estas líneas, recibí la noticia de que tres amigos de mi familia se encuentran aún desaparecidos en Port-Au-Prince. Un matrimonio con su hija pequeña de 4 años. Ella es una doctora cubana, y su familia está desesperada y sin noticias en La Habana. Muy triste todo.

    Me ha sorprendido gratamente, no obstante, la solidaridad de muchos españoles haciendo donativos, al igual que la movilización de parte de la sociedad norteamericana, sobre todo los residentes en la Florida. Los cubanos que vivimos en España también nos hemos movilizado y cada cual está aportando lo que puede. Son estas cosas las que te hacen seguir creyendo.

  4. Lamento Mariana que solo veas una cara de la moneda. Si bien es cierto que hay discriminación por parte de algunos dominicanos, no es la generalidad ni la posición del gobierno ni del liderazgo dominicano. Quizás hayas podido viajar por la frontera y hayas podido percibir como dominicanos y haitianos conviven en armonía, como tienen un comercio fronterizo que asciende a miles de millones de dóllares, como en Puerto Príncipe viven alrededor de 6000 dominicanos en excelente convivencia con los haitianos. Que hacen trabajos duros, es cierto y que muchos oportunistas avariciosos se aprovechan de la desgracia humana del inmigrante para sacarle el jugo (fenómeno que no solo se ve en Dominicana, las grandes potencias económicas son muy ilustrativas);una gran cantidad de embarazadas haitianas paren en República Dominicana y conozco muchos estudiantes haitianos que estudian en la Universidad Autónoma de Santo Domingo,entre muchísimos ejemplos mas. República Dominicana es un país pobre,tercer mundista, con limitados recursos y por muchos años las nacionades desarrolladas se han hecho los de la vista gorda acerca de la situación de Haíti y Dominicana ha tenido que afrontarlo en aras de su propia estabilidad.

  5. Me da mucha tristeza que una catástrofe de estas dimensiones haya acaecido justamente en una sociedad de estas características. La vida no es justa y me produce mucha impotencia no poder tomar control de estas situaciones. Solo nos queda colaborar con los afectados y agradecer lo bueno que nos da la vida, que siempre nos quejamos de tonterías cuando hay gente que de verdad vive en desgracia.

  6. Yo no puedo dejar de pensar en los niños, en esos niños agonizando bajo los escombros, indefensos. Niños tan pequeños… incapaces de verbalizar nada. Dichosa empatía… y desde aquí nada podemos hacer.

  7. He intentado no poner imágenes demasiado duras, porque ya se encarga la prensa. Recuerdo una especialmente cruda, en que un hombre lanzaba el cadáver de un niño de tres años sobre el montón de cadáveres apilados. Es realmente estremecedor. Y ¿sabes que es lo más triste? Que ni siquiera estando allí se puede hacer mucho. Porque ni siquiera se puede transitar por las calles…

    Ayer la CNN pasó el reportaje de un equipo de salvamento rescatando de los escombros a una niña de once años, que estaba atrapada porque encima de su pie cayó un bloque de cemento. Es la cara de la desolación. Los niños son casi siempre los más afectados por estos golpes, porque un adulto ya conoce los sinsabores de la vida y se inventa artilugios psicológicos, pero a los niños se les queda tatuado el terror en su personalidad para siempre.

  8. Félix, estas en lo cierto, nos conocemos de hace ya un tiempito, mis saludos,
    Alejandro, comprendo que el tema Haití-RD, o más bien, Haitianos en RD, va mucho más allá de mis observaciones, pero intento no ver una sola cara de la moneda, en efecto he ido a la frontera y ciertamente es allí donde más armonía se respira en términos de convivencia, pero en la capital, donde vivo actualmente, no es ese el clima, al menos en mi experiencia, he visto y oído cosas de todo tipo referidos a los haitianos, lo ultimo fue que este desastre es producto de la maldad de los haitianos (referido a su religión predominante), en fin… puntos de vista.
    Asi mismo te comento que el fin de semana, en la Cruz Roja, había muchos muchos jóvenes dominicanos que fueron a donar su sangre por Haití, sabemos que nuestro mundo no es de un sólo color.

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