ARNIE

Arnie Grape

El otro personaje-niño que clasifica entre mis favoritos, tal vez mi personaje preferido de la historia del cine, es Arnie Grape. Probablemente por el hecho de cuánto me recuerda a uno de mis primos hermanos más queridos, en su faceta entrañable y a la vez incontrolable. Su forma simpática de vivir, de entender la realidad, evidentemente contrasta con su discapacidad. Arnie, como mi primo, estaba destinado a vivir poco. Arnie, como mi primo, ha sobrevivido durante muchos años, y espero que aún durante muchísimos más.

Hay una ternura intrínseca, carente de maldad, en este personaje, que depende casi absolutamente de su hermano mayor Gilbert y de Bonnie, su madre obesa y sus otras dos hermanas, que vieron morir ahorcado a su padre en el sótano de la casa.

Arnie exige demasiada atención, el resto vive su vida volcado sobre él, está acostumbrado a ser el centro y que se le perdonen todas sus travesuras. Su día a día se basa en una rutina, “su” rutina que hay que armarse de paciencia para entender. Entrar a su mundo es aceptar sus reglas de juego.

Pero por encima de todo, Arnie es amor en bruto, la inocencia que jamás se perderá a pesar de sus diecisiete-dieciocho años. Otra visión de la vida, tal como no llegaremos a concebirla. Sus sueños son simples, eternamente simples. Sus horizontes sencillamente no existen, o tal vez se restringen a las paredes de su casa. Es incapaz de comprender el sueño de los otros. Pero no es incapaz de amar, en el más amplio sentido del término, o al menos de sentir afecto hacia lo que conoce, que es donde se siente seguro. En el fondo, nunca llegamos a entender hasta qué punto comprende todo aquello que le rodea. Pero como todos, conserva esa capacidad de desesperación cuando sabe que algo grave ocurre. No lo asimila probablemente como los demás, puesto que sus reacciones son limitadas, en tiempo e intensidad. Pero pueden ser igualmente desproporcionadas, o bien intensamente desgarradoras. Es un lenguaje que hay que saber traducir.

Arnie es el único personaje -con Charlot- que me hace reír y llorar al mismo tiempo. Reírme también de mí mismo y de la realidad. Que me inspira una ternura familiar y a la vez sobreprotectora. Y evoca esa emoción íntima donde el arte se funde con la vida, donde te ves abrigando de noche su indefensión o descubriéndolo en la cocina, oculto, comiéndose su tarta de cumpleaños, a pesar de la pobreza de la familia, y no lo puedes culpar.

Pensar en Flora McGrath y en Arnie Grape me hace a veces olvidar los niños actores que los encarnaron. Pero sólo quiero hablar de los personajes, aquellos que el arte no juzga, que no son juzgados por el arte. Aquí aparecen tal como son, en lo que evocan, en lo que “significan”. O tal vez, de algún modo, porque son los dos caracteres cinematográficos más “vivos” dentro de mi sensibilidad. Los que me enseñan lugares del alma que no he encontrado en tantísimos otros.

~ por Félix Hangelini en enero 8, 2010.

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