SOMBRAS CONVOCADAS, SOMBRAS QUE CONVOCAN

Pocas cosas generan tanta nostalgia en un escritor como recordar sus maestros de lengua y literatura de los primeros años. Aquellos que te enseñaron a leer y escribir, de cuyos labios escuchaste por primera vez el nombre de algún autor u obra que luego te dejarían marcado para siempre. El primer poema dictado a conciencia, la primera invitación a degustar la literatura como forma de vida. El primer lector de tus textos, el primer guía, la mirada de asombro y admiración, la primera negativa.

Recuerdo a todos y cada uno de ellos.

Aprendí a leer y escribir a los tres años de edad, de forma autodidacta, aunque mi primera maestra fue mi madre, cuya caligrafía era curiosamente parecida a la de mi primera maestra de primaria. Intenté imitar esos rasgos al punto de que llegué a falsificar la firma de mi madre para ahorrarle a ella el trabajo de tener que firmar la tarjeta donde anotaban mis calificaciones. Y ese afán de mímesis quedó ya impregnado en mis trazos: llegué a imitar casi a la perfección la letra de mi profesora de cuarto y quinto grados, a la de sexto (a quien además, le hacía el favor de transcribirle los planes de clase), a mi profesora de séptimo y octavo, a la de noveno, y luego a mis tres profesoras del bachillerato. Una de las cosas que más me gusta de mí es mi caligrafía, cuando quiere cambiante, precisa, caótica o barroca, pero siempre legible.

Resulta imposible olvidar los rostros y nombres de mis maestros de español de mi etapa escolar: María Gisela Ortega, Andrés Pla, Brígida Cantón, Milagros Oliva, Clara Sánchez, Ibis Falcón, Aleida Marchante, María Elena Soriano, Julia Montesino. Los recuerdo de una forma nítida y cariñosa: el carácter de María Gisela y su paciencia ante mi indisciplina; la jovialidad de Andrés, el primero que me eligió para darme un libro de texto nuevo, sin usar, el primero que me hizo sentir un alumno especial por ese gesto inmerecido; la enorme generosidad y sabiduría de Brígida, quien estaba a punto de jubilarse ya en 1987; la confianza, el respeto, el amor de Milagros, probablemente la mejor maestra que he tenido, porque me enseñó sobre todo a vivir, y a creer más en mí mismo y en todo lo que puedo alcanzar si me entrego. La dulzura interminable y las ganas de ser escritor que me inyectó Clara, ese ángel que me enseñó el verdadero sentido de la palabra “literatura”. La inteligencia y el temple de Ibis; las pruebas tremendas a las que me sometió Aleida, quien me enseñó a no conformarme nunca; la siempre meditada y precisa visión de María Elena. La incalculable amistad de Julia, que me abrió todas las puertas posibles cuando aún no conocía yo el significado de la auténtica felicidad.

Cuando hay demasiado silencio, sus imágenes acuden a visitarme, no me dejan solo, no puedo quedarme solo cuando hay tanto que hacer y escribir. Ya no recuerdo siquiera muchos de sus consejos, mas sí sus voces. Es como una música que se mantiene intacta, como pequeñas lecciones de vida de las que es imposible prescindir. Se juntan de un modo que jamás pensaron para sí; la mayoría ni siquiera se conocen entre ellos, pero un poco el azar y un poco el destino los unen hoy en esta cadena en la cual cada uno tiene un peso y un color.

Hoy no sé qué será de ellos. No sé siquiera si viven, espero que sí. Todos eran relativamente jóvenes, salvo mi maestra Brígida, la de la letra estilo Palmer que tanto me impresionó y a la que llegué a arrancar una enorme carcajada cuando vio que mi libreta de español era un calco casi perfecto de sus apuntes personales.

Una tarde de abril de 1990, mi maestra Clara me llevó a su casa y me enseñó una foto de su madre. Clara Sánchez Morales era la hija de Clara Morales, una cantante cubana muy popular, fallecida a temprana edad por un cáncer de garganta. Mi maestra Clara (“Clarita”) me dio acceso a esa parte humana, donde el ángel se revelaba una persona muy fuerte, marcada por la vida. Desde entonces, para mí ver a Clara Morales en las viejas grabaciones junto a Mario Rodríguez -el famoso dúo Clara y Mario, el más popular en Cuba en los setenta- fue como asistir al dolor, a la alegría y al recuerdo de mi maestra. Ella siempre me decía que sentía un enorme privilegio al poder escuchar y ver a su madre, viva en aquellas grabaciones, pues no todo el mundo tenía la opción de que una imagen apoyara su recuerdo. El adolescente que yo era, entendió entonces a medias.

Esta noche me he tropezado con mi canción favorita de Clara y Mario. Observo desde mi distancia los ojos de Clara, y veo en ella los ojos de mi maestra, su forma de mirar, de enseñarme; el parecido físico también es asombroso. (Qué extraña forma de recordarte, Clarita.)

Sirva esta canción para evocar a mis maestros. Donde quiera que estén hoy, no sé si les alcance saber que siempre les estaré profundamente agradecido. Los quiero. Para ustedes, mi mayor reverencia.

~ por Félix Hangelini en mayo 29, 2009.

3 comentarios to “SOMBRAS CONVOCADAS, SOMBRAS QUE CONVOCAN”

  1. Niño: Siempre paso, aunque silencioso, por el bosque que escribes. Un abrazo.

  2. Qué sorpresa maravillosa.
    No pases tan silencioso, que estoy tan entretenido escuchando el viento, que no te veo.
    Un abrazo.

  3. Hijo: Eres maravilloso! Tu forma de recordar a todos los que te brindaron atención, sabiduría y entrega te hizo ser muy especial y lo demuestras día a día. Te agradezco esa valoración que haces de aquellas personas que desde muy pequeñín te enseñaron, te ayudaron y te soportaron todas tus indisciplinas, dadas porque te aburrías en clases, como con María Gisela, cuando abrías el libro de lectura de primer grado en la letra S porque te gustaban los dibujitos ya que te lo sabías todo al dedillo, y no dejabas a tus compañeros atender, cada día había una queja diferente de ella y justo después me dijiste el por qué, como cuando Andrés me dijo que te dejara en sus manos que él sabría como ayudarte a mejorar tu intranquilidad y empezó a darte tareas para ayudar a tus compañeros rezagados, algo que hiciste siempre con tanto afán! de ahí tus dotes de maestro?? porque tú también eres un maestro y algún día recibirás el reconocimiento de aquellos que te recuerden de la misma manera que tú honras hoy a los tuyos, también lo mereces. Sé a cuántos has ayudado y enseñado y ahora soy yo quien te reconoce por ello, esas virtudes las aprendiste de aquellos que hace tiempo atrás te mostraron el verdadero camino del bien y de la sabiduría. Recuerdo también cuando la apendicitis, tus maestras iban a la casa para que no perdieras clases y no perdiste tus excelentes calificaciones, fue cuando Milagros me dijo que siempre brillarías con tu luz propia, que era lo único que nada ni nadie podría quitarte! cuán sabia fue! Recuerdo cuando Clarita te buscaba en la casa para llevarte a pasear con su esposo, su dulzura y cariño hacia tí se notaban y yo me sentía orgullosa de ti, y luego cuando empezaste el preuniversitario, en aquella beca de la Vocacional, que me dijiste al principio que tu profesora Aleida no se llevaba bien contigo. Y ya! porque sé muy bien que me regañarás…..perdón hijo mio!!! pero los que lean tu blog, también deben conocer de tí cosillas sueltas, siempre fuiste un niño muy talentoso, también te gusta enseñar y mereces por tanto un reconocimiento, y el mejor? el de tu medre, la que te conoce desde que abriste los ojitos a este mundo!! La que te desea con tanta sinceridad, con tanto fervor y con el amor más grande que existe, mucha salud y mucha suerte para todo lo que emprendas, tu triunfo o tu derrota serán siempre respaldados, justificados y acompañados por mi, estés donde estés.
    Te Amo Hijo Mio!!! Tu mami.

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