E TI PERDONO AMORE…

Un día cualquiera en una ciudad cualquiera: esto puede ser el resumen de mis últimas semanas. Y al mismo tiempo no lo es. No son días cualquieras, y París tampoco es una ciudad cualquiera, aunque lo parezca. A pesar de que esté ahí fuera, oyéndome, tentándome y yo no responda a sus gritos.

París, dicen, es la Ciudad del Amor. En primavera, cuando empieza a reverdecer, hay un peso lascivo que lo contamina todo. Mi compañero de piso dice que lo ve, que lo siente en todas partes: el olor de las mujeres, las formas de mirar, la voluptuosidad que late debajo de las ropas, el contacto en el metro o las calles y avenidas, los rostros nocturnos, un modo pícaro de sonreír. Sin embargo, yo no lo veo, no lo palpo. Debe ser que todo está en los ojos del que mira. Buscamos nexos con la realidad a partir de la realidad que nos creamos. Nos inventamos universos convenientes, frases convenientes, miradas convenientes. Tergiversamos discursos, modos. Nos pasamos interpretando según nuestro lenguaje (humano) todo aquello que nos rodea. Es algo completamente legítimo y al mismo tiempo, inevitable.

Sin embargo, no hallo a mi alrededor esa esencia que todos ven. Proyecto la visión hacia sitios más distantes, donde ni siquiera mi mente es capaz de imaginar. Y pienso que el amor está allí, clavado en valles ajenos, hablando lenguas incomprensibles, o en montañas ásperas desde donde le cuesta acercarse. Debe ser que la idea en sí misma me resulta cómoda. Como me resulta cómodo no esperar nada. Duermo en paz al saber que nadie me piensa.

Detenerse a apreciar el amor en los demás es también perdonar los fracasos que uno ha tenido, aprender a recordarlos con cierta ternura (la nostalgia nunca es bálsamo), y por qué no, reconstruir esos espacios donde uno ha sido feliz. Es el peaje que pagamos. En esa evocación recomponemos las piezas de nuestra historia. Y la observación de las historias de los otros -no como mero acto voyeurista– también te muestra lo que eres, por qué estás donde estás, por qué has alcanzado estos árboles y cruzado tantos ríos.

En cierto sentido, todos seguimos vivos en ese pasado que ya no nos pertenece, pero que nos tiene atrapados para siempre. Y con ese pasado, con delicadeza, con dulzura, hemos de aprender a convivir. Como un cuadro palpitante y sin rencor, que adorna el salón principal de casa.

 

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~ por Félix Hangelini en mayo 21, 2009.

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