LUZ SIGILOSA

dsc011682

El martes en Barcelona, en el viaje de regreso a París, al bajarme en la estación de Passeig de Gràcia en tránsito al aeropuerto, escuché: “Eó, eó!” Estas sílabas no tendrían la menor importancia si no hubiera alzado la vista, en respuesta a un llamado casi primitivo. Son esos pequeños momentos los que cambian todo. El “Eó, eó!” no era un llamado, sino el tarareo de una canción que desconozco, una canción cualquiera, un pretexto. Alzar la vista me descubrió un rostro de una belleza sobrehumana, de unos ojos azules penetrantes, y unos acentuados rizos rubios, amparados en el calor de una primavera que intenta parecerse ya al verano, o al menos lo simula bastante bien.

Entonces recordé cuando hace unos días en el Théâtre du Châtelet acudí a ver Die Fenn, de Richard Wagner. Y me sorprendió durante los dos entreactos, con la misma candidez inesperada, otra hada de ojos más oscuros, pero no dentro de la escena (nunca me han interesado las construcciones escénicas), sino en una de las barras del vestíbulo de la primera planta. Su rostro estuvo clavado en mi pensamiento todo el fin de semana posterior, su forma de mirar y sonreír. Son las pequeñas cosas que probablemente no vuelvan a ocurrir -o al menos no con idéntida intensidad- porque dependen de un momento, de un estado profundo de indefensión, de una necesidad, de una armonía de los elementos.

No sé si en realidad quiero hablar, escribir largamente sobre esto. Creo que a medida que voy viviendo un poco más en esta ciudad, empiezo a entender mejor a Baudelaire. A creérmelo, si es que antes tuve alguna duda. París despierta una sensibilidad -o una hiperestesia- difícil de explicar. Se mueve entre las calles, el olor a siglos, la enorme distancia -amanerada y neurótica-  de los parisinos, el tacto de las piedras, la humedad, un sol que me persigue, y las omnipresentes nubes del atardecer.  Es esto acaso lo que mencionaba Maurice Bouchor en “Le temps des lilas”?

Esta tarde hace sol de nuevo. Los rayos entran con fuerza dentro de mi habitación, aunque son casi las seis. Corro la cortina, no sea que el exceso de sol termine por arruinar mi pantalla, y por quemarme la piel. Aunque el sol en París es aparentemente inofensivo y jovial, no aconsejo la sobreexposición.

Escribe Dickinson en 1874, “The broadest words are so narrow we can easily cross them- but there is water deeper than those wich has no Bridge”. Hace unos años escribí a una amiga que ya no está -y que creo no alcanzó a entender el significado de la frase-: “hay palabras tan grandes que es preciso olvidar su peso para entenderlas”.

Me detengo ante el talento de lo indescriptible. “C’est l’heure exquise…”

Debajo, sigue bullendo Saint-Denis.

Anuncios

~ por Félix Hangelini en abril 24, 2009.

Una respuesta to “LUZ SIGILOSA”

  1. Qué grande eres, Félix, qué sensibilidad. Me encanta!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: