ÉLÉGIE

París tiene estas cosas: abres la ventana por la mañana, el sol inunda la habitación (aunque oficialmente la primavera comience en dos días), y de pronto una melodía te visita. Hoy, para recordar primaveras pasadas, paisajes abandonados, presencias incorpóreas. Los versos de “Mareas”,  “y una puerta con rayas de entusiasmo/ y una vela encendida/ al lado de mi cama/ darán aviso justo cuando la muerte se/ aproxime”, se hacen cada vez más palpables, porque lo que se aproxima cada vez, no es una muerte usual. Cada día que paso en esta ciudad significa el fin de algo. A veces ese fin lo origina una palabra o una conversación. Cada día es una lección, y cada sol que sale la mañana siguiente viene a confirmar el estertor del día anterior.

Desde ayer noche me he puesto a reflexionar sobre el peso literal de la palabra, lo que descarga “desde dentro” (quizás ya lo vio Wilde en su De Profundis). Como si se levantaran tapas de sótanos, las palabras me borran límites, pero no para entrar en nuevas dimensiones (al menos no me lo planteo como “evoluciones naturales” aunque las nuevas dimensiones sin duda sobrevienen), sino para eliminar las previamente existentes. Digo/escribo algo, y deja de existir a la vez la realidad que evoco. Dickinson afirmaba que la vida de una palabra comenzaba en el momento en que se decía, pero pienso que al mismo tiempo uno da muerte a otra dimensión del signo. O si no muerte rotunda, al menos lo niega, lo destierra, lo convierte. Del mismo modo que si aprieto el gatillo de un revólver, la bala comienza su letal recorrido, queda el revólver que ha de ser recargado, pero dentro hay un vacío que otra bala no puede sustituir: esto es, no se podrá reconstruir ya el mismo punto inicial. La misma bala en el mismo revólver; aunque se rescate del cuerpo físico donde se deposita tras el disparo y se reinstaure al arma, el peso original (del acto y del elemento) se ha “perdido” definitivamente.

Quizás lo que me planteo no es más que la obvia aceptación de que la materia se transforma. Ayer, por ejemplo, escribí una carta a una persona muy querida donde precisamente le manifestaba cuánto representa para mí, y le explicaba las formas extrañas en que he llegado a quererla. Sólo horas más tarde -y sin recibir aún respuesta de esa carta- siento que lo he dicho todo, que me he vaciado, que no tengo ya nada que decirle. Entonces he empezado a cuestionarme la legitimidad -y la sinceridad- de ese afecto. Las palabras me lo han arrancado. La “materia” se transformó.

El sol en París me produce estas extrañas cavilaciones, que abandono apenas salgo a la calle. Hoy he abierto mi ventana y he escuchado a Massenet insistiéndome en el oído con las notas de su “Élégie”. Y oía la voz de Rosa Ponselle, una y otra vez. Suele ocurrirme esto con la música. Y no puedo deshacerme de ese motivo hasta que no lo materializo. Hasta que no reproduzco, exterior a mi pensamiento, “otra” Ponselle y “otro” Massenet, ejecutando, ellos mismos y como los oí originalmente, esa “Élégie”. Pero lo que mi cabeza reconstruye ya es otra cosa que no tiene nada que ver con la Ponselle y el Massenet que acallan mi necesidad de melodía.

~ por Félix Hangelini en marzo 20, 2009.

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