(INVIERNO, 1839)

  

“Los relojes de Stuttgart acaban de dar las doce de la noche.”

F. CHOPIN

 

Amada Polonia los ojos de Armandine

se parecen a los tuyos: tienen grandes valles

y espesos montes sin carreteras

el brillo de la nieve esperando un dios descontrolado

los ojos de Armandine con la furia del hombre

que ya ha vencido

el humo de sus cigarros se mezcla

con la histeria ah Polonia esos ojos

nadie sabe retenerlos ni aun el cielo de la Tramontana

derramándose en mí tendrías que pensar

qué durará de ti tras el invierno

volcado a una distancia irascible a esos paseos

frágiles por Montmartre o las mansiones de la mano

de Armandine bajo la airada visión de sus amantes

tendrías que pensar amada Polonia cuánto de ti

aún sangra esta nariz que soporta velozmente sus charcos

y busca apresurada angostos caminos

de una muerte sin importancia

qué podría saber esta copa de plata

que ha pellizcado el seno cauteloso

de tu tierra qué más da el puñado de tierra cansada

y seca que han de instaurar sobre el cadáver

del niño vacío ah Armandine

no estás llegando mientras te pienso

en el tamborileo de las gotas

llueve incluso

llueve desesperadamente sobre esta nube sin signos sin dios

y sin Polonia llueve sobre el largo camino que me aleja de ti

apenas siento un la bemol

golpeando incesantemente en el oído

como un dedo payés que me horroriza

detén ah Armandine la carga esas piedras que te arrancan

voces tediosas de la conciencia como animales

salvajes ah Armandine tras la Polonia que me asiste

en caminos angostos hasta una cima mental

hasta una puerta que conduce a ningún sitio

al hambre en esta noche de brazos caídos

al centro de la mesa entíbiame los pies

apenas llegues apenas rompas el estar solo

con la enorme oscuridad que también te abarcaría

ah Armandine con tus labios de pólvora

si tus ojos no están no existe Polonia

ni esa bahía que me paro a contemplar

mientras toso fuertemente y una lluvia fría invade mi esperanza

sombra fría cal viajando dentro de mí

como caballo de fuego

como lenguas de cerdos de almavisca y grana

puntuales como la hora sagrada en los relojes de Stuttgart

que se posan en la ermita de la Trinidad

pronto seré uno más sonreiré en la fila armoniosa de los elegidos

y desde allí ah Armandine tus ojos sabrán la anhelante belleza

de un blanco guante que no ha estado en las teclas

de mi piano y este invierno lleno de naranjos fértiles

desde la primavera de Botticelli instalada en los parterres

de la razón en esta celda número cuatro

donde el polvo se va tragando la fuga

no apareces si te pienso

que ninguna verdad se parece a tus ojos

aún habrás de acudir con el veneno estoy

perdido en el tintineo de la gota de agua

que romperá el techo violará mi carne

entrará en el angosto camino en la usada Polonia

para ver al caballo de fuego

orinando mi noche como a una alcancía de eternidades

que se cierran intactas en tus ojos.

 

 

***Tomado de La Devastación (La imaginación de la Bestia), Valladolid: Fundación Jorge Guillén, 2006, p. 22-24

~ por Félix Hangelini en julio 18, 2008.

2 comentarios to “(INVIERNO, 1839)”

  1. Acerca de la dudas sobre la libertad de la invisibilidad, Borges en “Postulación de la realidad” cita a Wells en El hombre Invisaible: “Ese personaje -un estudiante solitario de química, en el desesperado invierno de Londres- acaba por reconocer que los privilegios del estado invisible no cubren los inconvenientes. Tiene que ir descalzo y desnudo para que un sobretodo apresurado y unas botas autónomas no afiebren la ciudad. Un revólver, en su transparente mano, es de ocultación imposible. Antes de asimilados, también lo son los alimentos deglutidos por él. Desde el amanecer sus párpados nominales no detienen la luz y debe acostumbrarse a dormir como con los ojos abiertos. Inútil asimismo hechar el brazo afantasmado sobre los ojos. En la calle los accidentes de tránsito lo prefieren y siempre está con el temor de morir aplastado. Tiene que huir de Londres. Tiene que refugiarse en pelucas, en quevedos ahumados, en narices de carnaval, en sospechosas barbas, en guantes, para que no vean que es invisible. Descubierto, inicia en un villorrio de tierra adentro, un miserable Reino del Terror. Hiere, para que lo respeten, a un hombre. Entonces, el comisario lo hace rastrear por perros. Lo acorralan cerca de la estación y lo matan.

  2. Me he puesto a pensar por qué se me ocurrió escribir sobre esto. Y aunque tengo un texto que trabaja tangencialmente el tema, en prosa (“Ciertos inocentes hipopótamos blancos”), la verdad es que pienso que la idea me habrá venido de alguna forma sobre la inversión del tema de Baudelaire en Les Fleurs du Mal:

    XCIII. — À UNE PASSANTE

    “La rue assourdissante autour de moi hurlait.
    Longue, mince, en grand deuil, douleur majestueuse,
    Une femme passa, d’une main fastueuse
    Soulevant, balançant le feston et l’ourlet ;

    Agile et noble, avec sa jambe de statue.
    Moi, je buvais, crispé comme un extravagant,
    Dans son œil, ciel livide où germe l’ouragan,
    La douceur qui fascine et le plaisir qui tue.

    Un éclair… puis la nuit ! — Fugitive beauté
    Dont le regard m’a fait soudainement renaître,
    Ne te verrai-je plus que dans l’éternité ?

    Ailleurs, bien loin d’ici ! trop tard ! jamais peut-être !
    Car j’ignore où tu fuis, tu ne sais où je vais,
    Ô toi que j’eusse aimée, ô toi qui le savais !”

    De todos modos, el origen del texto en sí es bastante indefinido… es la Posibilidad que se escapa. Las miles de vidas que visitamos y que no nos ven. Y a veces esas vidas que pensamos habitar y donde terminamos perdiéndonos en la invisibilidad.
    Quizás desde este punto de vista, no es una invisibilidad física, sino mental. O sea, constamos como cifra, como estadística, formamos parte del cuadro, de la imagen, pero nadie se detiene a ponernos rostros. No es una invisibilidad real: existimos libremente dentro de la anulación. Transfiriéndolo a la imagen fílmica, no es siquiera un papel secundario: tenemos la misma libertad de acción que el figurante no enfocado por la pantalla.

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