LAS SIETE EN PUNTO

•diciembre 8, 2011 • 4 comentarios

Un poema de uno de los mayores escritores cubanos del siglo XX, Virgilio Piñera (1912-1979), recitado/leído por él mismo e incluido en la edición de 1969 de La vida entera. Una voz para acompañar el invierno neblinoso de Madrid, recordando La Habana de los años sesenta del siglo pasado.

LAS SIETE EN PUNTO, Virgilio Piñera

Las tres y media de la tarde.
Las paredes, los cuadros, el sillón,
el escritorio lleno de papeles,
el cenicero lleno de colillas,
el timbre de la puerta, sin sonido.
En la siesta soñé que el timbre era
un timbre con sonido, y desperté.
Ya no sueño. ¿Y acaso he despertado?
¿O soy el que en el sueño
jura y perjura que despierto está?
Habrá que despertarse un poco más.
Así, medio dormido y resoñado,
si el teléfono suena,
yo sería el teléfono,
y él, como si fuera yo, diciendo: ¡Oigo!
Despierto con café o con la muerte.
En la cocina el colador, mojado,
me llama al orden: ¡Vamos, a despertar
y a despertarme! –porque también
yo estoy dormido.
Las paredes, los cuadros, el sillón
ahora son verdaderos,
y me siento, los cuadros miro, las paredes toco.
¿Te imaginas tú mismo mirando lo que has sido,
sentado en algo que no sienta a nadie?
Con vida aún, pero ya casi muerto
salgo de la cocina. Son las cuatro y diez.
Ahora a darme un duchazo.
Entono letanías bajo el agua:
¡Qué lejos, qué lejos de la vida,
tan lejos que casi no estoy;
qué cerca, qué cerca de la muerte,
tan cerca que casi no soy!
A mil novecientos veintiséis
desde el baño lo veo, en un papel que dice:
“Me salvé de ir a clases,
la maestra está enferma de los nervios…”
Me seco con cuidado.
Un viejo que se cae, cae todo,
y en su caída arrastra la toalla
en un coito final de grito y tumba.
Ahora el desodorante,
pero antes mira la hora en el reloj.
Tenla presente en medio de tu infierno,
hacia el último norte ella es tu brújula:
Muertenorte que mata los relojes.
Encima de la cómoda hay una foto:
soy yo en el veintiocho en una playa.
¿Cómo estás tú? –le digo al personaje–
¿Fría el agua? Pero él no me responde,
entre el cielo y el mar se tiene ausente;
le digo que se acerca el postrer viaje,
que se vaya vistiendo, que es inútil
seguir en esa playa imaginaria.
Pero él se queda en la fotografía.
Las cinco y veinte. Ahora la corbata.
Ante el espejo los dos somos iguales
mientras me hago el nudo:
los cuellos se distienden o contraen,
las cuatro manos ahorcan el presente,
las dos narices huelen el futuro,
las cuatro orejas oyen la sentencia,
y dos pares de ojos ven dos lenguas
salir como ratones de sus cuevas.
Vamos, apúrate, esperándote están,
deja de contemplarte, perfecto el nudo está,
nunca más volverás a hacer otro mejor.
Rápido: los pantalones, ahora el saco.
Las seis y media. ¿Por qué puerta salgo?
¿Por ésta que da al baño o por ésa
que el comedor separa de la sala?
Vestido ya. Las siete menos veinte.
Choco con las paredes, revuelvo las colillas
con la mano derecha, y con la izquierda
me cojo la corbata, tiro de ella,
caigo de espaldas, me doy con el sillón.
Se mece solo este sillón maldito.
La lengua se me preña y pare lengua
de idiota, toda envuelta en baba;
los ojos van a ser piedras preciosas,
pero antes de brillar se apagarán.

A mis oídos llegan las palabras
que antes nunca escuché:
son de un idioma intraducible, son palabras.
Las siete en punto y ni una hora más.
Ahora ya me posé. Que entren los fotógrafos.

MEMORIA SELECTIVA

•noviembre 29, 2011 • Dejar un comentario

La memoria te abandona entre la luz y ninguna parte. Te trata como a los niños pequeños, a quienes no les es permitido juguetear, hacer varias cosas a la vez, escurrirse en los corredores. Puedes luchar contra todo pero no contra tu propia memoria. Una vez que te deja desamparado, te pierdes a ti mismo. Por eso creo que a veces escribo en este blog, para ir dejando hilos de las costuras de mi memoria que quizás algún día reencuentre si me deja solo. Reconozco que me produce pavor. Reconozco que es una posibilidad.

Pero la memoria también es una barrera que protege del paso del tiempo. A pesar de todo te regala una inmensa alegría por lo vivido, te enseña quién fuiste, quién eres, hacia dónde caminas, con quién. Sobre todo con quién.

Hoy voy a contaros algunas cosas sin aparente conexión, pero que me apetece relacionar así, a renglón seguido. No quiero olvidarlas, a pesar de su circunstancia efímera o insignificante:

-El 29 de noviembre de 1987 -según fechado a mano- escribí “Tren de amor”, el primer texto mío que conservo, escrito para un concurso infantil del centro de trabajo de mi madre. Solía recordar siempre esa fecha como una especie de declaración de amor a la literatura, como el momento en que elegí una novia a la que sería fiel el resto de mis días. Cuatro estrofas de siete versos con alternancia de rima consonante y asonante y un verso suelto de vuelta o enlace. Todo lo que escribí anteriormente a ese poema, se extravió.

-El 29 de noviembre de 1993 me tocó entrar al internado donde cursaba el bachillerato. Recuerdo perfectamente que era de noche y llovía. No sé por qué recuerdo con tanta exactitud ese día cualquiera. El olor a hierba era muy intenso y caminé a través de los trillos de piedra con mucho cuidado para no ensuciarme el único pantalón limpio que tenía para la oncena.

-El 29 de noviembre de 1997, al mediodía, salí de la Facultad de Artes y Letras rumbo a casa, por la acera del comedor universitario. En aquel trozo de acera donde casi se repetiría el mismo suceso cinco años después, te vi. Ibas con una compañera de clase. Me miraste fijamente mientras pasaba a tu lado. Te había descubierto un mes atrás, en un kiosco, casi por casualidad. Pero aquel mediodía toda mi vida cambió, y lo que ha venido posteriormente es una consecuencia ineludible de aquel momento. No sé si te maldigo hoy o si me alegro. Supongo y quiero creer que me alegro.

-El 29 de noviembre de 1998 no creí que el año siguiente te fueras a morir. Más tarde supe que nunca te escribiría un poema mientras estuvieras viva, por mucho que me lo pidieses. No pude. No sé por qué.

-El 29 de noviembre de 2003 no sé qué hacía ni qué ocurría en el mundo exterior. Quizás pensaba demasiado en ti, tanto como para decidir que en menos de una semana me iría a intentar cambiar mi destino a Palma de Mallorca. Fracasé. Por suerte. Apenas un mes después regresé a Barcelona, en uno de esos pequeños actos heroicos que uno descubre con los años.

-Este último sábado al filo de la madrugada regresé de mi viaje relámpago a Paris. Tomé la línea 6 de metro de camino a casa, y en la parada de O’Donnell se subió un chico solitario de unos catorce o quince años, rubio, de pelo largo y liso y ojos azules y gafas, con una maleta, que se sentó frente a mí y me miró fijamente durante todo el trayecto hasta que me bajé. Llegué entonces a casa, encendí el ordenador y se me antojó escuchar a Marian Anderson. Entonces intuí que el 29 de noviembre de 2011 sería un día frío y tranquilo. Como de hecho. Y en cierto modo apenas en estas primeras horas del día sigo atrapado, con la Anderson, entre la luz y ninguna parte y escuchando sus graves:

LATINOAMÉRICA

•noviembre 11, 2011 • 1 comentario

“Latinoamérica”, una canción política de Calle 13, ganadora la pasada madrugada del Grammy Latino a la mejor canción y la grabación del año 2011, parte del disco Entren los que quieran, también mejor disco del año según la Academia Latina de Artes y Ciencias. Su letra me recuerda aquellos tiempos de la canción protesta y militante latinoamericana, que dispara directamente al corazón de un subcontinente.

Soy,
soy lo que dejaron,
soy toda la sobra de lo que se robaron.
Un pueblo escondido en la cima,
mi piel es de cuero por eso aguanta cualquier clima.
Soy una fábrica de humo,
mano de obra campesina para tu consumo.
Frente de frío en el medio del verano,
el amor en los tiempos del cólera, mi hermano.
El sol que nace y el día que muere,
con los mejores atardeceres.
Soy el desarrollo en carne viva,
un discurso político sin saliva.
Las caras más bonitas que he conocido,
soy la fotografía de un desaparecido.
La sangre dentro de tus venas,
soy un pedazo de tierra que vale la pena.
Una canasta con frijoles,
soy Maradona contra Inglaterra anotándote dos goles.
Soy lo que sostiene mi bandera,
la espina dorsal del planeta es mi cordillera.
Soy lo que me enseñó mi padre,
el que no quiere a su patria no quiere a su madre.
Soy América Latina,
un pueblo sin piernas pero que camina.

Tú no puedes comprar al viento.
Tú no puedes comprar al sol.
Tú no puedes comprar la lluvia.
Tú no puedes comprar el calor.
Tú no puedes comprar las nubes.
Tú no puedes comprar los colores.
Tú no puedes comprar mi alegría.
Tú no puedes comprar mis dolores.

Tengo los lagos, tengo los ríos.
Tengo mis dientes pa’ cuando me sonrío.
La nieve que maquilla mis montañas.
Tengo el sol que me seca y la lluvia que me baña.
Un desierto embriagado con peyotes, un trago de pulque
para cantar con los coyotes, todo lo que necesito.
Tengo mis pulmones respirando azul clarito.
La altura que sofoca.
Soy las muelas de mi boca mascando coca.
El otoño con sus hojas desmayadas.
Los versos escritos bajo la noche estrellada.
Una viña repleta de uvas.
Un cañaveral bajo el sol en Cuba.
Soy el mar Caribe que vigila las casitas,
haciendo rituales de agua bendita.
El viento que peina mi cabello.
Soy todos los santos que cuelgan de mi cuello.
El jugo de mi lucha no es artificial,
porque el abono de mi tierra es natural.

Você não pode comprar o vento
Você não pode comprar o sol
Você não pode comprar chuva
Você não pode comprar o calor
Você não pode comprar as nuvens
Você não pode comprar as cores
Você não pode comprar minha felicidade
Você não pode comprar minha tristeza

No puedes comprar al sol.
No puedes comprar la lluvia.
(Vamos dibujando el camino,
vamos caminando.)
No puedes comprar mi vida.
Mi tierra no se vende.

Trabajo en bruto pero con orgullo,
aquí se comparte, lo mío es tuyo.
Este pueblo no se ahoga con marullos,
y si se derrumba yo lo reconstruyo.
Tampoco pestañeo cuando te miro
para que te acuerdes de mi apellido.
La Operación Cóndor invadiendo mi nido,
¡Perdono pero nunca olvido!

(Vamos caminando)
Aquí se respira lucha.
(Vamos caminando)
Yo canto porque se escucha.

Aquí estamos de pie
¡Que viva la América!

No puedes comprar mi vida.

APRENDER A PERDER

•noviembre 11, 2011 • 1 comentario

Una de las lecciones que uno recibe con los años es la de que no todo lo que uno quiere o sueña es posible. No es un discurso desde el pesimismo sino desde lo realista. El inconformismo permitió a muchos superarse, buscar siempre más allá; gracias a él se han hecho posibles cosas que parecían imposibles. Pero el desgaste continuo y la experiencia me demuestran que la no aceptación de ciertos fracasos sólo es una fuente de desazón y angustia, y por lo tanto, el camino no lleva a ninguna parte sana.

Vivir es un juego enorme donde cada cosa que ocurre ha de tener su justo valor en su justo momento. Cuando el contratiempo es (o lo considero según mi percepción) una injusticia, suelo luchar como una fiera y me defiendo hasta donde me den las fuerzas. Cuando se genera desde un acto que no es responsabilidad directa, sino que se debe al carácter o personalidad de otros, (si ya no tiene remedio) hago hasta lo imposible por pasar, a sabiendas de que cada cual es libre de escoger y marcar un camino y las personas que los acompañen, como también lo soy yo, y -esto es importante- es mi responsabilidad aparecer y también desaparecer de la vida de alguien. Cuando es un simple antojo de mi competitividad, asumo el fracaso con carácter deportivo, este mundo es tan cíclico y siempre puede originarte nuevas oportunidades en el futuro. Como dice el refrán, quien no se consuela es porque no quiere. (También dicen que todo lo que sube baja.)

Pero pienso que una de las mejores enseñanzas que he tenido hasta ahora es haber aprendido a perder, o al menos haber conseguido tener conciencia de ello. Y sin que pase nada, sin tragedias. Saber que hay amistades que no se dan, por mucho que a uno le interese y ponga empeño. Que hay planes que no pueden culminarse por mucho que se intenten. Sueños que no pueden darse en una misma vida. Que hay amores imposibles, por mucho que uno luche o espere o resista; porque uno no es la elección de otra persona y es absolutamente respetable. Calibrar las verdaderas posibilidades, saber hasta dónde es posible o no llegar para no empantanarse o desgastarse en vano. También en mi profesión. Aceptar mi inutilidad, mis defectos, todo lo que no puedo hacer y, aunque parezca paradójico, aprender que nada está realmente perdido cuando se asimila una pérdida. Esto me ha hecho más fuerte como persona, aunque no haya borrado de mí la sed de expansión, el ansia de crecer y de seguir adelante. Si muchos aprendiéramos a perder, estaríamos más preparados para ganar todas aquellas cosas que el día después nos ofrecerá. La perserverancia es siempre una virtud; el encaprichamiento, un lastre del carácter.

Y el día que me quede sin pelo en la cabeza -si es que llega a ocurrir-, pues tendré que acostumbrarme a ser calvo con una sonrisa. Y nada más. Que hay cosas verdaderamente importantes en la vida y que no solemos ver porque vivimos demasiado entretenidos en ciertas trivialidades.

GALERÍA DE POETAS

•noviembre 7, 2011 • 3 comentarios

En una entrada reciente -”Retrato del monstruo”- hablaba de los escritores como aquellos seres que respiraban y trabajaban en la sombra porque históricamente nunca han vivido de su imagen pública. Cuando uno piensa en un escritor, tal vez se lo imagine calvo o feo, con un cigarrillo en la mano, con mirada profunda, o bien ante una máquina de escribir, con pose intelectual, circunspecta. Ninguna de estas imágenes que sobrevienen lindan con las de un modelo o una estrella de cine o un cantante, por ejemplo. No se les presume apostura. Todos saben que Pablo Neruda atraía a las mujeres por sus versos y actos de caballerosidad, o que Allen Ginsberg vivía tan al límite como le fue posible. Las conquistas amorosas de cada uno de ellos han estado más asociadas siempre a un poder de atracción verbal, a una puesta en escena privada, de enigmáticos signos, rituales y sobre todo, palabras. Wilde decía que los hombres se enamoran a través de los ojos y las mujeres a través del oído. Aunque ciertos códigos han cambiado, en el fondo el irlandés lleva su parte de razón.

Hoy quiero traeros una pequeña galería de veintiún retratos de (en su momento) jóvenes escritores y escritoras que a su forma cumplieron con los cánones de belleza de su tiempo (y del nuestro, creo, aunque ya se sabe sobre la subjetividad de toda belleza). Voy a sacarlos de su oscuridad para romper un poco el mito del escritor-horrible, de la bestia escondida, recluida para el cumplimiento de la obra. Muchos de ellos son hoy literatura en sí mismos; sus vidas, lo que se conoce, lo que se deduce…

1. Anna Ajmátova (1889-1966) en su juventud. De ella escribió Joseph Brodsky: “Su sola mirada te cortaba el aliento. Alta, de pelo oscuro, morena, esbelta y ágil, con los ojos verdosos de un tigre polar, durante medio siglo la ha dibujado, pintado, esculpido en yeso y mármol, fotografiado un sinnúmero de personas.”

2. Robert Frost (1874-1963), junto con Whitman el poeta mayor de los Estados Unidos. El que siempre me acompaña con su “The Road Not Taken” o “Stopping By Woods on a Snowy Evening.”

3. El poeta ruso Vladimir Maiakovski (1893-1930). Todo un punto de partida de la poesía del siglo XX.

4. La inconfundible Sylvia Plath (1932-1963), intensa y bipolar. Un frágil pajarillo, como confesó su ex-marido Ted Hughes en Cartas de cumpleaños. Prefirió “ser horizontal” y acabó con su vida metiendo su cabeza en un horno de gas.

5. El renombrado escritor alemán Hugo von Hoffmannsthal (1874-1929), que además puso letra a las óperas de Richard Strauss.

6. Una fotografía del joven periodista Ernest Hemingway (1899-1961) antes de marcharse como corresponsal de guerra.

7. Una jovencísima Marguerite Yourcenar (1903-1987), años antes de emprender la escritura de Memorias de Adriano.

8. Una foto autografiada del húngaro Attila József (1905-1937), que murió prematuramente atropellado por un tren en Balatonszárszó. Todavía se especula si fue un suicidio o un accidente.

9. Otra renombrada suicida, Virginia Woolf (1882-1941). Todavía parece que la vemos entrando al río, con sus bolsillos llenos de piedras, para huir de esas voces que la atormentaron.

10. Los años de juventud de Stefan Zweig (1881-1942). Zweig acabaría sus días décadas después en Brasil, suicidándose junto a su esposa.

11. La enigmática Djuna Barnes (1892-1982), una escritora de culto que ha visto incrementar el interés por su obra de forma póstuma, amparada también en sus tormentosas relaciones.

12. La maravillosa Anne Sexton (1928-1974), uno de los hitos de la literatura norteamericana, otra mente atormentada que se suicidó inhalando monóxido de carbono, tras una crisis de angustia.

13. El Premio Nobel de Literatura ruso, Boris Pasternak (1890-1960), en sus años de juventud. Pasternak intentó incluso seducir a Ajmátova. No tuvo éxito.

14. No necesita presentación. El dandy Oscar Wilde (1856-1900) posando años antes de su caída en desgracia en Inglaterra.

15. Una foto de juventud de André Gide (1869-1951), en la época en que conoció a Rimbaud, Verlaine o Wilde. Todo un centro de la literatura europea de finales del XIX y principios del XX.

16. Una fotografía de la bellísima María Teresa León (1903-1988), esposa de Rafael Alberti. Esta fotografía aparece en portada de una de las ediciones de su Memoria de la melancolía.

17. Dylan Thomas (1914-1953), el galés cuya voz enamoró a todo un país.

18. La cubano-francesa nacida en Paris, Anaïs Nin (1903-1977), cuyos diarios han marcado la literatura del siglo XX con una gran impronta erótica.

19. El alemán Klaus Mann (1906-1949), hijo del enorme novelista Thomas Mann y con una relación muy tormentosa con su padre hasta el final de sus días. En esta época aún no había escrito su famosa novela Mephisto.

20. Una jovencísima Simone de Beauvoir (1908-1986), filósofa y paradigma del feminismo contemporáneo. Todos se acercan a ella por su espíritu diletante, su intensa vida amorosa y su relación con Jean Paul Sartre, con quien comparte túmulo en el Cementerio de Montparnasse, en Paris.

21. Esta última fotografía es del “poeta campesino” Sergei Esenin (1895-1925), una de las figuras centrales de la literatura rusa de principios del XX, y quien en tan breve tiempo de vida se casó cinco veces y tuvo cuatro hijos. Entre sus esposas, la archifamosa bailarina Isadora Duncan o la nieta de León Tolstoi, Sofía Andreyevna. Esenin acabó con su vida ahorcándose a los 30 años en un hotel en Inglaterra, el 17 de diciembre de 1925.

TODO LO QUE NECESITAS ES UN POCO DE BELLEZA

•noviembre 6, 2011 • 2 comentarios

A los quince años se sentó en su cama del albergue en el internado. Sin televisión ni móviles ni ordenadores, ni siquiera radio ni fax, sólo un teléfono institucional con acceso limitado que usó una sola vez en tres años. Todavía nadie imaginaba lo que podía ser internet: los laboratorios de computación eran ya de por sí noticia, como aprender a programar en Turbo Pascal en aquellas máquinas con pantallas de fondo negro. Sólo libros, papeles, lápices, apuntes para exámenes (un examen cada semana, trece materias distintas al año), libretas rústicas sin ningún tipo de dibujo añadido. En el albergue, duchas de agua fría (cuando subía el agua al cuarto piso), colchonetas de guata de 5 cm de grosor, frazadas de piso en ripios y un uniforme (con una sola camisa de repuesto) para casi dos semanas. El pelo corto, las taquillas sin candados, los baños sin puertas, la comida escondida (de ladrones e insectos), las botas de trabajo con restos de tierra descansando en una zona oculta sobre unos periódicos viejos. La cama tendida, la sábana impecable, con olor a limpio agrio (a jabón sin procesar). Las toallas semiharapientas colgadas al costado de la cama. El aire del campo metiéndose por los ventanales y celosías y el olor a fango, a sol y a veces a estiércol o hierba quemada atravesando paredes. Ni una sola nevera, ni un calentador de agua, ni un ventilador siquiera. El incesante ruido nocturno de los mosquitos y las colonias de ranas y murciélagos.

Tenía quince años y a su alrededor sus compañeros crecían, correteaban, estudiaban, explotaban la juventud, jugaban a pasatiempos inventados (con monedas, dados, cubiletes o con simples pelotas de goma), esculpían sus cuerpos, hablaban de novias y amores platónicos, casi ninguno de futuro. El futuro a los quince años no es más que un día, una semana, un mes o como mucho un verano después. No se es consciente de la belleza de esa edad, la belleza propia de la piel, de la mirada, de la propia inocencia, de la idea espontánea. Nos detenemos demasiado en escudriñar el entorno con aires de gente mayor, queriendo siempre crecer, romper todo obstáculo; es evidente que entonces todo parecía más fácil, se manejaba siempre una vía más directa y una solución más lógica para todo. Sufrir era otra cosa: quizás la imposibilidad de no tener lo que uno soñaba, la ansiedad de todo límite. Se tiene un inmenso pánico a la fustración.

Tenía quince años. No era un chico hermoso, probablemente nunca lo fue. Delgado, con gafas, demasiado común, demasiado blanco, de labios gruesos y boca grande, ni siquiera con vello facial suficiente para una cuchilla de afeitar. No conocía el amor. No entendía esos códigos, aunque siempre diera los mejores consejos a sus amigos. Jamás soltó un taco. Le llegaron a tomar mucho afecto. Gente que no ha vuelto a ver, otras que sí, nada fuera de lo habitual.

A los quince años se sentó en su cama y pensó que la única belleza que entonces necesitaba estaba en sus libros. En llegar a entender toda aquella realidad, la propia y la ajena. Todo lo demás le sobraba. Incluido su propio cuerpo.

A los quince años -según las normas del mundo posterior- eligió el camino equivocado. (La felicidad siempre es otra cosa.)

RETRATO DEL MONSTRUO

•noviembre 2, 2011 • 8 comentarios

“Mi nombre es K. Tengo 34 años. Soy semivegetariano, abstemio total y no fumador. Jamás he probado el efecto de ninguna droga salvo la literatura que estudio o cierta música del siglo XVIII o XIX. No creo en la virtualidad, para mí las relaciones humanas necesitan de un obvio contacto físico, al nivel que sea. A estas alturas de mi vida lo que piensen los demás sobre mí me da absolutamente igual (siempre me ha importado poco). A los 18 años, recién salido del Servicio Militar Obligatorio, me dejé crecer el pelo casi hasta la cintura (por temporadas lo sigo llevando largo). A los 19 me horadé los lóbulos de las orejas sólo porque lo quise, a contracorriente, aunque sólo llevo un pendiente hoy en recuerdo de mi madre. A esa edad, a los 19, me enamoré por primera vez (algo que sólo ha ocurrido dos veces en toda mi vida, cada vez con mayor intensidad). Siempre he sido muy delgado; sé que me ha afectado en mi autoestima física, y hoy -ya asimilado el hecho de que no engordo ni aunque me llenen de aire- lo veo como un enorme privilegio en relación con los chicos de mi edad. Siempre he sido muy blanco de piel, por eso las alergias y los lunares se me han notado más. Soy una especie de eremita. Soy monógamo. Soy perseverante y extremadamente competitivo. Creo en ciertos conceptos quizás de otras épocas, porque me reconozco fácilmente en los textos que leo, aunque no me hace mucha gracia. En el XIX probablemente hubiese sido un tísico común.”

Si alguna vez alguien se presenta así y te extiende su mano, te aconsejo huir. Huir, de cualquier modo, con cualquier pretexto. Quien así habla es un monstruo que se ha inventado a sí mismo a lo largo de los años, y no tendrá absolutamente ninguna piedad contigo ni con lo que piensas. Ni siquiera con tu olor. Diseccionará tus gustos cuando menos te lo esperes y te dejará en la total desprotección una vez que te fíes. Aunque no hará escarnio público de lo que le confieses (eso sí, este tipo de monstruo es sumamente leal y generoso por naturaleza), recordará todas y cada una de tus palabras, incluso cuando tú mismo las hayas olvidado. Te recitará poemas de memoria como quien lee su propia vida y si te descuidas algún día te tocará una fibra dolorosa que nunca esperaste tener. No podrás mirarle a los ojos sin sentir que te pregunta cosas de las que no has hablado y que no quieres contar o responder. Te invadirá. Te hará sentir que eres lo único que existe, si se lo propone. Te apoyará en todos tus sueños, incluso los imposibles, y a cambio sospechosamente no te pedirá nada. Creerás que la ternura que te da es especial para ti, cuando es otro rasgo de su comportamiento habitual. Creerás que cada palabra que te dice las elige cuidadosamente con algún macabro fin que nunca verás. Te equivocarás frecuentemente. Patinarás siempre entre tantos significados. No será nada de lo que esperas, y si no esperas nada de él, se transformará en todo aquello que te sorprenda.

En esencia, ese tipo de monstruo es la raza más frágil que ha existido. Frágil a la belleza, a pequeños gestos de seducción, frágil a la espontaneidad y a la risa como una bocanada intensa de vida. Casi todos los monstruos que han existido han obrado en ese tipo de sombras. Se esconden en sus refugios a escribir sobre realidades que sólo ellos comprenden, o piensan comprender. Los que aparentemente se han dado a la vida son unos grandes mentirosos; no les creas. Ni Baudelaire pasó su vida en lupanares ni Whitman salió nunca de New York y proximidades… ni siquiera bebía alcohol ni tuvo los amantes que decía. Cada desorden literario implica un orden vital exquisito, meticuloso. Ninguno en realidad fue bello (salvo Keats o Byron; no cuenta la animal simetría de Wilde). Ninguno coqueteó con perfecciones. Ninguno fue feliz o al menos ninguno expresó cabalmente su felicidad. Todos murieron inconformes.

Cuando se acerque un muchacho y te muestre una gran sonrisa, con su pausa introspectiva y la apariencia frágil de un adolescente o de un joven de veintipocos y te diga “¡Hola! Me llamo K. Tengo 34 años…” no le respondas: es una trampa. Un artilugio para que rompa un deslumbramiento. Aunque la trampa que usa para capturarte es la misma que te dejará para siempre en los oscuros laberintos de su imaginación.

 
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